miércoles, 2 de julio de 2014

Sobre dictadores y líderes.




Son la vanidad, la petulancia y la altanería atributos básicos del dictador; lo son desde la creencia propia de su superior capacidad y la necesidad de guiar un rebaño que carece de ella.
En el mejor de los casos y en un principio, el dictador se deja llevar por un sentido paternalista que indefectiblemente degenera en jactancia, presunción y engreimiento; circunstancias estas  que conllevan a una patológica aversión al disidente y por ende a su hostigamiento y eliminación.


En todas las sociedades humanas ha habido, hay y habrá dictadores, y es deber de nuestros sistemas de convivencia detectarlos, porque, a pesar de la creencia tópica de su evidencia, los hay ocultos y acechantes; si bien, es imprescindible que tengamos claro el concepto pues, si no fuera así,  correríamos el riesgo de “meter en el mismo saco” a líderes y genios, más o menos talentosos e inspirados…
¿Y como distinguir a unos de otros?
Si consideramos al dictador como aquel que asume poderes sin someterse al control de aquellas normas que no le sean propias o de su gusto, podríamos decir que genio es aquella persona de inteligencia extraordinaria y superior que las expones sin arrogarse la facultad de imponerlas y líder, aquel que se mueve por el poder diferido de otros y que lo aúpan como representante acatando normas democráticas. Ni que decir tiene que la línea que separa a unos de otros es tan fina que cualquier injuriador maledicente puede trastocar el orden sin demasiada dificultad.
En una sociedad tan compleja con esta en la que vivimos, donde es difícil distinguir entre el culo y la témporas, la mayor parte de los dictadores se mimetizan y pasan desapercibidos ejerciendo su actividad soterradamente y apoyados en un conocimiento minucioso de nuestras debilidades. Los tenemos en todos los ámbitos de la vida; incluso dentro de nosotros mismos sin que, cuando esto ocurre, nos consideremos tales. En la mayor parte de los casos, el dictador en un enfermo cuyo discernimiento de la realidad está tan empañado que le lleva a alejarse de toda lógica, pero en otros, aceptan su condición con todo tipo de pronunciamientos de la razón y aplican su voluntad a sabiendas del daño social infligido.
No me queda otra que desear intensamente que nuestra democracia tenga la capacidad de imbuir a  sus representantes y funcionarios públicos la humildad de saberse servidores y educarles en la estética de sus principios básicos; porque desde esa óptica, los excesos y tropelías aparecen como lo que son; obscenos y repugnantes.

¡Ea!


      Luis de Castro

No hay comentarios:

Publicar un comentario