domingo, 2 de junio de 2013

Cosas de la vida (Primera parte)


COSAS DE LA VIDA  (Primera parte)



Mis queridos y ausentes colocotrocos, hoy he decidido pasar al ataque. Os voy a meter en vena -con vuestro permiso, por supuesto-, una historia en tres capítulos. Le puse como título "Cosas de la vida" y, aunque no sé si es el correcto, o el más apropiado, me resultaría pedante en grado sumo, considerar que las vicisitudes que relato, no son tales... "Cosas de la vida". 
Espero que os guste








            Esta mañana no se había dado bien y Resa, lejos de estar disgustada, sentía un cierto sentimiento de satisfacción. Hay que vivir el día, -pensaba- Salir a buscar alimento para los críos y el resto de las mujeres es arriesgado y bastante suerte es volver todas y sin ningún hueso roto. Se encuentra cansada y un poco dolorida; ensimismada en sus sueños, pierde la vista en el techo de la cueva como si buscara encontrar el hilo a un pasado que se esfuerza por estar siempre presente. Lejos están los tiempos en que su fuerza y su energía bastaban para mantener el grupo unido. Una voz, un gesto, cualquier lenguaje le servía para mantener el orden, pero ahora… ¡como han cambiado las cosas! Cada día que pasa le cuesta más vencer la resistencia de las jóvenes y gestionar su hambre y sus ganas de prosperar dentro del grupo. Hasta su hija mayor, Mila, le ha planteado el abandono del poder como opción cercana… Pero no es el tiempo; no ha llegado aún el momento. Son días duros, de escasez, donde la supervivencia necesita de mucha experiencia y más crueldad y Resa sabe que no debe dejar descansar tanto peso sobre espaldas que no sean las suyas.
Resa salió de sus pensamientos para comprobar que Desta, su hermana, se había sentado a su lado e intentaba entrar en su mundo.
Por la mirada y el gesto supo lo que quería decirle: la carne y las raíces que habían traído no son suficientes para todos; sólo algunas de nosotras comeremos hoy, el resto y los niños se quedarán sin nada; ya se sabe, lo de siempre, primero la jefa, después las buscadoras de comida y luego… todos los demás son prescindibles. Ladeó la cabeza con serena tranquilidad y por un momento siguió con la mirada al palo que se mueve. No podía permitirse la preocupación; por hoy, al grupo de caza ya no le quedaban fuerzas y, junto al asfixiante calor, hacen que nada más pueda hacerse hasta mañana.
Frente a su mirada y tras la boca de la cueva, un sol despiadado iluminaba su extenso territorio; grande, árido y hosco, con poca comida que ofrecer a  tan exigua prole. Tierra dura e insoportable esta en la que les toca vivir. Encinas, pinos y enebros contenidos en un mar de jaras y donde las retamas se dejan ver de vez en cuando. Mucho paisaje para dar escaso cobijo a una corte de animales que malviven de aprovechar lo que el monte les da y de comerse unos a otros… ¡Cosas de la vida!... y allá, a lo lejos, la sempiterna línea negra del horizonte.
 Uno de los niños ha abandonado el grupo de juego y la toma con su desnudo pie usándolo cual acérrimo enemigo; lo agarra intentando voltearlo, le muerde los dedos. Con el otro pié, Resa lo aparta de un suave empujón; no necesitaba más el crío para saber que debe alejarse y volver con sus compañeros –Resa, la jefa, no está para juegos-.
            Desta se ha ido a sentar con las encargadas de cuidar a los chicos. Sus hijas Lía, Lina y Dora se ocupan de eso. Así pueden descansar lo suficiente como para encargarse de buscar comida mañana; todas menos Dora que está recién parida y bastante tiene con dar de mamar a sus dos hijos. Las cosas están tranquilas ahora; siempre están tranquilas cuando cada una conoce su sitio y no pretende más… Salvo los niños, nada se mueve en la cueva. Mila, está sentada contra la pared de la cueva y recuesta su cabeza contra la dura piedra. Tiene los ojos entrecerrados y el sudor resbala cuello abajo abriéndose paso entre el polvo y los pechos para perderse en el vello púbico. Lía, preñada de poco tiempo, se ocupa en despiojar la enredada cabellera de Lina  y Dora dormita con la cabeza apoyada en el vientre de su madre, Desta.
            Más allá de la boca de la cueva, más allá del río que pasa ante esta y más allá del bosque de encinas, el cielo parece oscuro, extrañamente oscuro. Por la línea negra del horizonte viene tormenta para la noche –Especula Desta, aguzando la vista- Uno de los niños, con una pierna visiblemente más corta que la otra, se acerca tambaleante a Dora y se tiende encima asiéndose a la única de sus tetas que tiene pezón; el otro lo perdió de una dentellada que el dio un tío y de recuerdo sólo le queda una fea cicatriz.. Dora responde con un leve cambio de postura. Otro chiquillo abandona el grupo de los juegos y sigue los pasos del primero; cuando comprueba que a Dora no le queda pezón de donde mamar, se dirige a la boca de la cueva y mea en la misma entrada. No tiene un año, es más grande y anda mejor que su hermano… Desta lo mira con cierta inquietud; sabe que no puede traspasar la entrada del abrigo rocoso e internarse en el monte sin que le acompañe alguna de las mujeres.
            Todo esta tranquilo, demasiado tranquilo… De pronto, entre parpadeos ve como una sombra sale de un lado de la boca de la cueva, cruza por delante y asiendo al niño por un brazo, desaparece por el otro. Desta da un respingo que saca a Dora de su duermevela y a su niño de la teta.  Lo que antes era silencio y paz, es ahora un arremolinado montón de mujeres sabiendo qué y como hacerlo. Resa la jefa y Mila le han tomado la delantera y corren tras la sombra de la que sólo ven como mueve los matorrales por donde pasa. Mila, más rápida y ágil que las otras dos perseguidoras, les saca terreno perdiéndose tras el rastro. Entre jadeos y resoplidos, algo hace que todo se quede silencioso de golpe. La desenfrenada carrera ha parado de improviso. Resa y Desta caminan ahora despacio, muy despacio, sigilosamente, apartando los arbustos suavemente con manos y palos; saben que no deben continuar derrochando valiosa energía anunciando su presencia. A los pocos pasos ven la espalda de Mila que quieta, de pié y mirando al suelo, jadea aparatosamente. Cuando llegan a su altura comprueban que han fracasado: el chiquillo esta inmóvil sobre la hojarasca; la postura antinatural les dice que no hay nada que hacer. Abundante sangre mana de su cabeza abierta… Tras unos segundos, y como si de un acto cotidiano se tratase, Mila lo coge por un tobillo y arrastrándolo sin más, da la vuelta de regreso a la cueva. El reguerillo de sangre dibuja una línea entre Resa y Desta que regresan también. Pocos metros más allá y sin detenerse, Mila suelta el cadáver. Resa y Desta pasan por encina intentando no pisarlo, ambas saben que lo peor de todo no es la muerte del chico, sino que era el más fuerte de los dos que parió Dora; el otro, es débil y no creen que sobreviva.  Son dos bajas en vez de una.
            De nuevo en la cueva, Dora no necesita preguntar nada para saber que ha pasado; mira de frente al lisiado hijo que le queda y decide no darle más de mamar: no puede malgastar energías para nada.
            Como supuso Resa, la noche es tormentosa y llueve sin parar toda ella. Los rayos caen sin tregua y entre trueno y trueno, la jefa decide cambiar de cueva. Lía y Lina tienen hijos ya mayores y menstrúan normalmente y Dora, tras su decisión de no dar de mamar a su lisiado hijo, no tardará en hacerlo. Hay que preparar un sitio donde recibir a los tíos y escoger los más adecuados. Sabe Resa que si la vida es dura para su grupo de mujeres, más lo es para ellos. Ellas se apoyan unas en otras, colaboran, sufren las miserias juntas, pero los tíos no tienen esa ventaja: solos, siempre solos; se odian unos a otros… nunca dos juntos: se matarían. Si no fuera por la imperiosa necesidad que tienen de matar a los niños, aceptaría alguno en el grupo… ¡Pero no!   Comen mucho, no colaboran, se aprovecharían de nosotras… son así. ¿Por qué serán tan diferentes?
           Justo antes de amanecer, cuando algo clarea ya en el horizonte, Resa levanta su cansado cuerpo y emprende camino. Todo el grupo: mujeres y niños la imitan. No necesitan preguntar, no dudan; saben que hay que seguir a la jefa. En su interior algo les hace saber lo que Resa quiere de ellos. Es fuerte, pero está cansada; tras su lento y pesado caminar todos saben que es capaz de explotar con fuerza y violencia en un instante, pero ya no es lo que era. Hace algún tiempo no hubiera ocurrido lo de ayer; cuando el tío ese se llevó al niño,  Mila la dejó atrás. Ella lo sabe… todos lo saben. Le queda poco como jefa, pero de momento nadie le levantará la mano.
            Por el camino recogen frutos y bayas que comen al momento. También aprovechan la carne de una garduña que, moribunda, encontraron a su paso. Los palos que se mueven cada vez son más abundantes y Resa se devana los sesos pensando en que podrían aprovecharlos, pero son duros y saben a piedra; de nada sirven. El hijo lisiado de Dora se retrasa; no puede seguir el paso del grupo. Poco a poco la distancia aumenta y en algunos recodos el retoño los pierde de vista.  Dora se detiene momentáneamente y dirige la mirada atrás para comprobar como el chiquillo respira agitadamente y mientras le pide ayuda con la mirada, se deja caer al suelo. Con pesadez, el niño le dirige una mano implorante. Dora sabe que no puede hacer nada y, bajando la mirada, retoma el camino con el resto…
            El sol aprieta con ganas. Llevan un buen rato de camino y Resa se ha detenido en una pequeña explanada al abrigo de un cortado de roca. El  sitio parece agradarla; es llano, algo elevado sobre los alrededores y la pared de piedra a su espalda les protegerá del aire y la lluvia; además esta cerca del río. Mujeres y niños ocupan la zona distribuyéndose por ella.  Desde aquí, Resa podrá controlar mejor a los hombres y escoger mejor a los reproductores; sabe a ciencia cierta que uno de ellos les ha venido siguiendo. Seguramente habrá aliviado de su sufrimiento al chico lisiado que dejamos atrás. -Bien está que carne inútil sacie el hambre de los hombres; así estarán más fuertes y preparados para  hacer su trabajo-. El sol está en lo más alto y  el calor es agobiante y a duras penas la sombra consigue amortiguarlo. Resa comprueba que no es uno, sino dos los tíos que les han seguido. Están al pié de la loma por la que se accede a la base del cortado. Uno a cada lado de la base; -huelen sexo-
Pasan las horas y al sol le queda poco tiempo de estar por encima del horizonte. El día, desde que llegaron, ha sido lento, espeso, como expectante. Los niños sujetos, controlados. Dejarles jugar con esos dos esperando ahí, hubiera sido una temeridad. Las mujeres descansando. Lina, que desde que llegaron y hasta ese momento había permanecido sentada, se levanta y lentamente, con parsimonia, como mostrándose a todos, comienza a descender por la ladera. Llega a la cercanía de uno de los hombres, se para frente a él y le mira. El tío que estaba de rodillas, da un respingo y se pone de pié. La mira fijamente y respirando agitado. Está sexualmente excitado. Lina, lentamente, le da la espalda y se dirige con cadencioso paso hacia el otro tipo. El primero de los machos la sigue a pocos pasos sin acercarse. Cuando Lina llega junto al otro, repite la acción… espera… Con lenta y calculada parsimonia retoma la pendiente y a los pocos pasos se detiene y se sienta en el suelo con las piernas muy abiertas…
Observa a los dos hombres que ha dejado enfrentados.
Desde lo alto, Resa sabe perfectamente lo que va a pasar… y con la naturalidad del que ha visto lo mismo desde siempre, cierra los ojos recostando la cabeza sobre la roca.
Los palos que se mueven no están quietos ni un momento.
Los dos hombre, sucios, con restos de barro y sangre cubriéndoles la piel, con sus órganos sexuales a punto de estallar, saltan uno en pos del otro. La pelea es corta y cruel, sin piedad. Al poco, uno se retira bramando hacia los matorrales y el que queda se gira hacia Lina con violento orgullo. Los ojos desorbitados, el corazón en la garganta y el pene rojo como la sangre; tiene heridas por todo el cuerpo y un pedazo de oreja de su contrincante entre los dientes.
Lina se pone bocabajo,  a cuatro patas, y abre más las piernas…Poco después, cuando el hombre acaba, la mujer se da la vuelta con violencia y le araña la cara y le grita; el tío huye a la espesura y Lina vuelve al grupo para acurrucarse junto a Resa.
Si todo va bien, dentro de unas lunas tendremos uno o dos niños nuevos.
Desta, que ha permanecido todo el tiempo junto a los chiquillos comprueba que uno de ellos, el mayor, hijo de Lina, ha vivido la escena con nerviosismo. No dejó ni un momento de tocarse los órganos sexuales y eso sólo quiere decir una cosa: que no va a pasar mucho tiempo en el grupo; pronto habrá que echarle.  

(seguirá...)

Aldade

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