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sábado, 27 de diciembre de 2014

El viejo tacaño.

       
       Uno, con los años, se hace escueto.
    Cada vez cuesta más mover el cuerpo y a cuenta de ello, reduce sus necesidades en razón a la posibilidad de conseguirlas.
     El tiempo te convence que pasó la hora del gallardo pavoneo, de aparentar aquello que no somos obligándote a ocultar lo que sí. Como resultado, poco a poco te sumes en una dinámica de escaqueo vital, de pasividad contemplativa y expectante que -extrañamente-, en nada tiene que ver con la vagancia o la holgazanería. Es, sencillamente, una búsqueda de la eficacia primordial, la huida de la indiscreta opulencia y el derroche. Llega el momento de preguntarse cuanto papel higiénico es necesario para eso que todos hacemos, o si para beber un sorbo necesita uno el vaso lleno hasta el borde.
     Lo mismo que nos abandona la memoria y nos aborda la torpeza, nos inunda una necesidad perentoria de ahorrar la vida y sus cosas con la ufana pretensión de usarlas en momentos más determinantes. Como si eso fuera posible... ¡pazguatos!
       Llegado el momento, nunca encuentras lo guardado.

Luis F. de Castro

martes, 4 de marzo de 2014

Her -A la cursilería por la vía del aburrimiento.


Me pregunto si los profesionales de la crítica cinematográfica, vieron la misma película que yo: Unanimidad en la consideración de gran obra...
Y yo, en mi personalísima manera de considerar este mundillo, pienso que no es mala, es larga y aburrida, inmensamente aburrida, irremisiblemente aburrida. Entre el director y los guionistas han conseguido machacar un tema prometedor y convertirlo en una pendiente que desciende a los más inconfesables niveles de tedio. 
No se lo digáis a nadie, pero en la sala donde la vi, algunos reían nerviosos ante tanta desgracia y estos no conseguían ocultar los ronquidos de varios bellos/as durmientes que se repartían uniformemente por la platea.