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miércoles, 6 de agosto de 2014

Juanón y las setas (Continuación 3)



     Nadie podría adivinar si fue la incomodidad de soportar su peso, el cansancio vencido o el “sentirse mojado” lo que hizo que Juanón dejara entrar luz a sus miopes ojillos. Alargando la mano sobre la mesilla, intentó hacerse con las gafas que descansaban en ella... y lo consiguió, no sin antes pasar su rechoncha mano por la grasa que quedaba en el plato de la cena, plato que antes contuvo el filete empanado que ahora Pollo degustaba bajo el somier. Ya incorporado sobre la cama y con los pies en el suelo, intentó recuperar la consciencia meditando sobre la nada. Su mente intentaba encontrar donde sujetarse en el mundo que sucede al sueño y al fin pudo lograrlo cuando comprobó como Pollo lamía su mano pringada intentado extraer la sustancia que el filete no había podido darle. Como el que no tiene prisa, apartó la mano de la boca del perro y oliéndosela continuó lamiendo él los restos de grasa que hacían brillar su dedos.
       -¡Pollo, cabrón! Como siempre, todo para ti. ¿No?
A medida que su cuerpo reaccionaba al nuevo día, recaló en la húmeda mancha que adornaba su pijama hacia la entrepierna.

viernes, 1 de agosto de 2014

"Juanón y las setas" Continuación 2

    

http://www.taringa.net/posts/imagenes/6893644/Los-10-perros-mas-feos-del-mundo.html

(continuación)
    Era Pollo, el perro de Juanón. Al menos con uno de sus ojos miraba a su dormido dueño con fijeza y no hubiera sido necesario ser un entendido en psicología perruna para saber que en algún recóndito lugar de su cerebro, tramaba venganza. Con una mezcla de decisión e indiferencia se giró, levantó una de sus patitas traseras y vació su cargada vejiga sobre su humano compañero. Cuando hubo terminado y con la misma tranquilidad que meara, se subió a la mesilla, hízose con los restos del filete y con una agilidad impropia de semejante animal, saltó al suelo desapareciendo bajo la cama; todo ello mientras el orín resultante del desahogo, humeaba ostensiblemente desde la manta.

jueves, 17 de julio de 2014

Las cosas de Teobaldo (Un pedazzzzito más)

     

                                                                  http://www.demiedo.es/asesinato-sangriento/
     

     -Muñeca... yo nunca repito la misma puta... sólo trae problemas, pero en tu caso... en tu caso puedo hacer una excepción. -El hombre, en un principio expectante ante la sumisa actitud de Cornelia, deja caer el maletín, y con recuperado aplomo, acorta de nuevo el espacio que les separa, pasa uno de los brazos por su cintura, la atrae fuertemente hacia él y asiendo por detrás la recogida melena de la mujer, la obliga a mantener su mirada... el bolso de la mujer cae al suelo. Los castaños ojos de Cornelia lucen llorosos; el humo les ha dado un brillo especial, soberbio, ansioso y eso excita tanto al hombre que descerraja un violento beso en su boca. Cornelia siente en sus vísceras una reconocible mezcla de odio y excitación. La saliva, su aliento... tiene un fuerte aroma a tabaco que se mezcla con Fahrenheit para hombre y esto, junto al roce de una barba incipiente y el bulto que se presiona contra su vientre, la sublima, hace hervir su sangre. Las ágiles manos del hombre recorren todo su cuerpo y al llegar a las nalgas, aprietan con furia su carne y Cornelia se estremece de dolor; una punzada intensa recorre su cuerpo que recuerda en el acto lo que ha venido a hacer. La tensión de ambos cuerpos parece descontrolada y, de pronto, el hombre se afloja y sin que nada pueda impedirlo cae al suelo como un pesado saco. Su cabeza golpea en la parte de la pared más pegada al suelo, lo hace con violencia y allí se queda quieto... muy quieto. Desde abajo, con desencajada expresión, mira a la mujer. Cornelia, firme ante él, sostiene un afilado y sangrante escalpelo en su mano derecha. Un incipiente reguero de sangre se extiende incontenible tras su cabeza buscando el centro de la mísera callejuela. El hombre, tendido inerme ante su matarife, busca con ojos de pánico una explicación... una explicación que Cornelia conoce bien: le ha seccionado la médula espinal justo por debajo del cuello y mientras su sangre no se escape del todo, sera consciente de una muerte inapelable. La mujer se pone en cuclillas ante él, lentamente le baja la bragueta del pantalón y con la mano izquierda le saca la polla...
-Es hermosa, ¿verdad? Lástima que sus días de diversión hayan acabado. -Cornelia, la sostiene en su mano y la masajea con lentitud, hace ademán de una lenta masturbación subiendo y bajando la piel del prepucio, acaricia el glande y pasa el dedo pulgar por el meato. La potente erección que tuviera hace unos minutos es historia y como único recuerdo queda un pene grande blando y dócil -Es extraño -se pregunta Cornelia mirando a un lado y a otro la desierta callejuela-, hace unos segundos era el órgano más vivo del universo, y ahora... -Con extremada lentitud, dirige el escalpelo hacia el miembro del hombre cuyos ojos muestran más espanto que el despertado por una simple y dolorosa muerte. Con fría pericia corta piel y músculo hasta que, con un último y sangrante movimiento, lo separa definitivamente de su dueño. Observa como se vacía de sangre en la palma de su mano y con una frialdad pasmosa, sin gestos en la cara ni sentimientos en el corazón, se lo introduce en la boca entero, empujando con fuerza, con profesional saña, hasta que nota en sus dedos que nada más cabe allí. El miedo y su persona son todo uno en el hombre que, debido a la ausencia de aire, empieza por enrojecer para, a los pocos segundos amoratarse y morir... Cornelia, absorta, mira la expresión de sus ojos y, aunque parezca mentira no siente saciada su venganza... no siente nada... su ansiada satisfacción no aparece por ningún sitio, hasta que algo la sujeta por el brazo. Alza la vista para encontrarse con la mirada del malencarado que, adusto y comprometido, tira de ella intentando sacarla de allí. La mujer se limpia las manos y el escalpelo con el faldón de la camisa del muerto, coge su bolso, el maletín y, con premura se alejan buscando el ruidoso zoco.

       Luis de Castro

domingo, 6 de julio de 2014

Las cosas de Teobaldo (fragmento)

     
Dibujo: Felipe de Castro


      Cornelia, al decir de la gente que cree conocerla, es una mujer de armas tomar. Nunca pasa desapercibida; sea por como es, sea por lo que hace o por lo que dice, nadie podría mantenerse a su lado sin caer en la cuenta que está ante alguien poco corriente. Su vida ha sido un interminable rosario de situaciones imprevisibles, incertidumbres, propósitos y despropósitos que, si bien podría aplicarse a cualquier ser humano, no en esas cantidades, no tan excesivo, no tan desorbitado. El resultado es una mujer de cincuenta años, inteligente, locuaz, resuelta hasta la temeridad y tan temible para sus enemigos como para sus amigos; de hecho, no tiene ni unos ni otros, tiene víctimas; así, la naturaleza -sabia en extremo- y al igual que hace con aquellos animales extremadamente venenosos a los que viste de vivos colores, la ha dotado de una fisonomía extraña, especial. No es alta ni baja, de un metro sesenta y cinco más o menos; muy delgada, con una melena negra de pelo rizado que al caer sobre sus hombros lo hace de manera indómita; rasgados, profundos y castaños ojos que contrastan con su piel blanca, muy blanca, y una forma de hablar, sonreír y mirar que intenta prevenir a todo aquel que tenga que ver con ella, del peligro ante el que se enfrenta.

Luis de Castro