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Gustaba
Juanón de recoger setas. Para su insigne humanidad era como
abstraerse de este cochino mundo, como escaparse hacia las alturas
sin perder de vista el suelo, abominar de interferencias. Solía
salir sin premeditación. Se le ocurría y ya está. De buena mañana,
sin aviso ni proclama, se ponía los calcetines gordos y al campo.
Finales de noviembre es buena época. Todo húmedo, madera muerta,
todo al fresco... Lo justo. A estas alturas, las setas están en
plena reyerta creativa. A Juanón, esto de escudriñar el suelo
buscándolas era como mordisquear un pan de piñones. Encontrar una
grande, oronda, con el sombrerete entero y protector le proporcionaba
la misma sensación que tropezarse con un piñón dulce y agradable
dentro del bollo. Ya reconocía alguna; aunque nunca con la
suficiente seguridad como para comérsela sin más. Tenía un
conocido, que no amigo, el Pacorro, que se las sabía de carrerilla y
de un vistazo -A lo sumo un breve olisqueo- las catalogaba rápido.
La verdad es que Juanón se maravillaba: Nunca le había visto salir
a por ellas. -¿Como coño sabría tanto?- pensaba. Algunas veces,
cuando el Pacorro no estaba en el bar o no podía someterlas a su
“visto bueno”, se armaba de valor y se las comía; no sin antes
encomendarse al demonio y con cierto hormigueo en la boca del
estómago. Era de suponer que su ojo clínico no debía de ser del
todo malo, ya que, a pesar de algún grano intempestivo, continuaba
vivito y coleando.
