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viernes, 22 de enero de 2016

La increíble soledad del que no sabe explicarse.



            Si ves que mira a los que polemizan acaloradamente y, si acaso, balbucea, y cuando consigue la palabra trastoca el devenir de lo que un día alguien dijo que debía hacerse con el lenguaje; si compruebas que a medida que acaba con cada frase, como que se enfada consigo mismo y la siguiente empeora la anterior; si se justifica a cada momento, si acude a razones del más allá o acá para que le entendáis, si entra pero no sale del tirabuzón en el que sólo él se introdujo, estáis ante uno de esos que piensa más rápido de lo que consigue explicarse; uno de esos de los que cuando quiere retomar el hilo, este se le complicó tanto que mejor le valdría comprarse el jersey ya hecho.

lunes, 30 de noviembre de 2015

Lo importante.




Hoy me levanto trascendente e inconformista.
De salida, intento girar la cabeza intentando escuchar el clik que marque el ajuste correcto; ese punto de ancla desde donde analizar este batiburrillo de vida sin que se te muevan los pies y, la verdad, cuesta un potosí.
Todo el mundo opina, todos quieren tener razón y -visto lo visto- no hay sitio para tanto acierto. Oí una vez que no merecía la pena perder el tiempo en llevarse el gato al agua, que eso de pretender estar siempre en lo cierto es, cuando menos, derrochar lo que no se tiene, porque la mayoría de las veces esa perentoria necesidad lo es sobre asuntos de una nimiedad absoluta y que tanto interés en esas vaciedades devalúa nuestras entendederas. Toda esta disquisición me lleva a pensar que lo centrado es discriminar lo fútil de lo importante, sacar a flote aquello que realmente deba prevalecer y enfocar atención y esfuerzo en eso… y poco más; lo que cada uno consideremos así, o sea, importante, es como los colores, al gusto.


Luis F. de Castro

domingo, 5 de julio de 2015

La medida de la virtud

      Como en casi todas las cosas de este mundo, la medida es el indicativo que separa lo bueno de lo no tanto. Tópicas virtudes que se convierten en defecto cuando sobrepasan determinado punto: La valentía, la paciencia, la generosidad, y otras muchas que, llevadas a determinado grado, se transforman en cargas tan pesadas que mejor vivir sin ellas; cargas que algunas veces para otros y siempre para uno mismo desearías no llevar.
     Es el orgullo una de esas.
     ¿Merece la pena tener razón en algunos casos?
     Cuántas desgracias cayeron sobre el que no supo retirarse a tiempo, cuantas. Cuantas sobre el que, orgulloso, puso su pensamiento por encima de su vida.
     ¡Que estupidez!
     No gana el que tiene razón, sino el que aguanta... y siempre aguanta más el que se retira a tiempo.


                                  Luis de Castro

viernes, 19 de junio de 2015

Estúpido dolor


Agitada y vacua noche sin rumbo.
A lomos de un caballo loco se alinean, una tras otra, escenas sin razón ni motivo; improntas de un agitado pensamiento empeñado en joderme por la vía dolorosa; inasequible al desánimo, persistente y tenaz, invade mis dominios sin compasión, haciendo de la “tierra quemada” su trofeo y mi derrota.
Quien pudiera horadar la sien y profanar esa manteca dolorosa con una cucharilla de café; sacar uno tras otro esos centímetros cúbicos de molesta materia gris y dejar que el viento recorra ese espacio como lo haría si nada lo ocupase.
Pasa la noche y esa luz que vaga entre horas encuentra, por fin, donde posarse. Mis ojos toman tierra y el díscolo mundo de la oscuridad adquiere relevancia física.
Bienvenido sea.



Luis F. de Castro Llera

sábado, 25 de abril de 2015

Solos

        http://4.bp.blogspot.comg

 Como todos los días, Nacho es el primero en llegar. Pide la primera de las tres cervezas con limón que caerán esta tarde y –al igual que siempre- sienta su corpachón a la vera de la mesa desde donde mejor se ve la tele. Sus cincuenta años y la invalidez permanente por esquizofrenia dejan mucho tiempo y gran parte de él, lo derrocha esperando. Es un tipo poco hablador; prefiere observar y sonreír mientras escucha las diatribas que se cruzan entre José y Daniel. Sus dos amigos no le requieren al diálogo: le conocen bien y a lo sumo, le preguntarán algo que con un monosílabo como respuesta, va que se las pela. Ellos saben que es difícil rebuscar en sus pensamientos; los tiene bien escondidos en el último estofado de lentejas que hizo su mujer antes de abandonarle. Tal vez un mínimo gesto, un ademán, una pasajera mueca podría indicarnos el camino hacia su interior… pero no: dos escuetas palabras sirven para informarte que has errado, que su mente va por derroteros esquivos dejándote la impronta de que algo sabe -y lo calla-.

viernes, 27 de marzo de 2015

El deshumorador nocturno



 Silencioso merodeador que aprovecha la oscuridad para vagar de habitación en habitación tanteando a los durmientes. Etéreo vagabundo que rellena su holganza trasteando entre los pensamientos de unos y otros y que rebusca entre ellos en pos de los que alegran o enaltecen el ánimo para desmenuzarlos y emborronarlos. ¿Quien será esa presencia tan intensa y que tanta importancia se arroga? ¿Quien esa que localiza débiles y sumisas mentes para saquear gestos y demudar semblantes? Es el Deshumorador nocturno; es ese “porculero” maleante que se lleva la sonrisa mañanera de aquellos a los que saquea y les deja una nube negra y desabrida sobre sus cabezas. Una nube que persiste hasta que el viento se la lleva entre quejas y quejidos dejando, por fin, el natural semblante a la luz del sol. Pobres aquellas víctimas de ese cabrón desorejado -mi hija, por ejemplo- que inadvertidamente son saqueadas y pobres aquellas otras -yo, para más señas- que, sin serlo, tienen que soportarlas. Ver a tu querido ser convertido en un cactus maloliente, en una alimaña vil y contestona a la que no le sirven paños calientes y cuyos únicos bálsamos son el tiempo – a Dios gracias, poco- y el silencio, es un puñetero castigo difícilmente soportable.
Menos mal que dura poco y tan intensa como fugaz, la obra del desgraciado Deshumorador nocturno se desvanece como la construyó: sin saber porqué.

Luis F. de Castro


Imagen: http://hoytele2.blogspot.com.es/2013/02/el-caso-waterclose-espanol.html


jueves, 26 de marzo de 2015

Ayer en el médico

 Ayer, 200 años y 134 días después de la única guerra que deberíamos haber perdido* y motivado por un asunto de pólipos, tuve a bien pasar por la consulta del especialista en digestivo. Llegado al lugar a la hora indicada, me topé con una ventanilla que, a la par que cerrada, se encontraba orlada hasta límites insospechados de carteles informativos. Eran dispares en formas, tamaños y colores: unos nuevos y otros ajados, unos escrupulosamente escritos y otros burdamente garabateados, unos firmados con “gracias” y otros con “la dirección” pero todos, todos, ordenando cosas o imponiendo condiciones para ser atendidos.
Enfrascado en su lectura cual recita salmos del antiguo testamento, no caí en la cuenta del tiempo y mi enano interior y yo nos sumergimos en una disputa justiciera sobre lo soberbio y pedante de sus contenidos: Que si quieres ser atendido, con la tarjeta sanitaria en la boca, que “ojito” con levantar la voz, que si la hora de la cita es de mentirijillas, que si debíamos permanecer sentados, que si los móviles apagados… y un sinfín de memeces más a cual más imperiosa y restrictiva. En esto que me vi levantándome con ímpetu justiciero y –digno y orgulloso- arrancar uno tras otros todos los “papelajos”, me vi increpando al personal sobre su descarada falta de eficiencia, me contemple dándoles lecciones sobre la adecuada atención al público, me sentí querido por los sufridos administrados y aplaudido por ellos, me vi… ¡hay, como me vi!
-Señor, que no tengo todo el día, me da sus papeles o prefiere seguir rezando…
-¡Oh! Si, si, perdone; es que me distraje con estas amables indicaciones. Tenga, tenga.

Luis F. de Castro.


*Refiriéndose a la guerra de independencia española, Napoleón I, en su exilio, declaró:
Esta maldita Guerra de España fue la causa primera de todas las desgracias de Francia. Todas las circunstancias de mis desastres se relacionan con este nudo fatal: destruyó mi autoridad moral en Europa, complicó mis dificultades, abrió una escuela a los soldados ingleses... esta maldita guerra me ha perdido.”

Fraser, Ronald: La maldita guerra de España. Historia social de la guerra de la Independencia, 1808–1814.

viernes, 2 de enero de 2015

Prisionero de si



http://pecorosama.blogspot.com.es/



 Desventurado aquel que persiguiendo pequeños sueños de perfección se queda día tras día en el camino.
Desgraciado el que -como quien busca una excusa- descarga en el todos su frustrada visión del funcionar del mundo.
Pena ver como un batallón de hormigas en su cabeza le roban el descanso sometiéndole a la tortura de una vigilia permanente... y como se desespera al observar que ese al que creen fuerte es el más débil de todos.
Como hacer ver que necesita descansar; relajar esa vorágine de entelequias y unirse a un mundo más sencillo y liviano.
Cómo le gustaría sonreír sin sombras, hablar sin miedo y desterrar la culpa.



Luis F. de Castro

miércoles, 15 de octubre de 2014

La vulgar egagrópila


El hombre, desde que puede llamarse así, ha creado muchas cosas y la principal de ellas es a sí mismo. Se ha creado a golpe de sudor, sangre e ideales. No sé, ni creo llegar a saber nunca, cuando se separó de su mundano devenir biológico para encaminarse por la senda de la cultura, del raciocinio. La vida en su acepción biológica no es justa ni debe serlo. La evolución, desde que el mundo es mundo,  no discurre por la senda de los justos, sino de los supervivientes y ahí apareció el hombre para enmendar la plana a la naturaleza creando conceptos tan alejados de la evolución natural como la ética, la moral y, sobre todo, la justicia… su justicia. No creo que un mundo creado a base de prueba y error, de la  pervivencia del más apto, acepte a una especie que cambia las reglas del juego en mitad de la partida.

Muy probablemente la naturaleza terminará escupiéndonos como si fuéramos una vulgar egagrópila*.

Luis F. de Castro

*Egagrópila: Dícese de las bolas formadas por restos de alimentos no digeridos que algunas aves carnívoras regurgitan.

jueves, 11 de septiembre de 2014

Sobre nuestra manera de gestionar la catástrofe



En su perenne y estúpido egoísmo, en su mezquina prepotencia, se arroga el ser humano ser el creador de la estética y el garante del orden; son estas algunas de las ideas que avocan este minúsculo planeta al caos y la degradación. Nuestra soberbia nos lleva a pensar que todo lo que nos rodea está para servirnos y que –llegado el caso- si no nos sirve bien, “Dios proveerá”, porque hasta en esa torticera pretensión descargamos nuestra responsabilidad en “otro”. Avanzamos descoordinados, a empellones, desarrollando la copa sin preocuparnos de la raíz de este árbol que nos sostiene obviando todos los avisos de descuaje que se nos presentan. Descorazona pensar que la inmensa mayor parte de nosotros navegamos en esa dirección y que la creencia en estos paradigmas, solo hace que colaborar en el derrumbe de nuestra insostenible civilización.

jueves, 14 de agosto de 2014

El gentío

http://www.3viajes.com/fotos-de-san-fermin-2009/san_fermin2009_2/



Ingrávidas líneas que se cruzan.
Sones inconexos en el aire.
Tonos de infausta melodía.
Gritos y siseos.
Rabiosa canción asfixiada
sobre la caliente partitura de asfalto.

Es la mueca la que manda.
Es el gruñido que comunica
que no eres más que un grumo en el torrente.

Ciega la inmisericorde luz del mundo
que no hace más que ocultar el gris.
Gris pasado, presente y porvenir.
Monótono batiburrillo de individuos
en el que sólo el silencio tiene significado.

Es cierto que todos somos mundos en el caos.
Que todos los mundos son uno
y ese mundo está completamente vacío.
Solo.
Ausente.
Triste y lastimoso enjambre de infelices,
entre los cuales, tanto el calor como el color,
murieron con la inocencia de Lucifer.

Trabajamos,
escupimos,
amamos y morimos...
Todo sin saber, realmente, porqué.
¿Es la muerte el motivo de la vida?
¿Es la vida la razón de la muerte?
¿Somos mínimos efectos de causas imponentes?
 ¿Somos?



 Luis F. de Castro

sábado, 9 de agosto de 2014

Sobre la medida de las cosas



Seguramente habréis oído aquello de  “… y qué es eso comparado con el cariño de una madre” Suele ser una de esas aseveraciones que se hacen para menospreciar -de alguna forma-, frases relativas a  cosas cuya cantidad es notable; y ahora, yo me pregunto: ¿tenemos realmente conciencia de la proporción de las cosas?  Porque el tamaño de lo que nos rodea es un concepto tan abstracto como “la fe” sino es comparado con algo; solo en ese momento consigue nuestra mente darle un valor “razonable”.
Me viene a la cabeza aquella situación por la que una persona –muy enfadada ella- calificaba de irracional, inadmisible y demencial que otra votara a determinado partido político –legal, por demás señas- para, acto seguido, usar exactamente los mismos calificativos para definir al asesino de una niña…  O cuando escuchas a los espectadores de un partido de futbol  dirigirse al árbitro en términos que no usaríamos para James Manson o Adolf Hitler.
Si usáramos el raciocinio para mesurar esos –llamémosles- desfases, nos daríamos cuenta que hay que bajar el listón; hay que reducir el nivel para dejar espacio para que podamos digerir la verdadera medida de las cosas.
La mente humana es la hostia; compleja como pocas cosas en la naturaleza; comprenderla es –en muchos casos- misión imposible y sólo desde esta óptica podremos convivir con nuestros vecinos. Intentar buscar el motivo a cada una de nuestras acciones,  pretender justificar todos nuestros actos es –cuando menos- un derroche de recursos y no se me va de la cabeza la idea de que mejor nos iría si esos recursos los dedicáramos a otras cosas.

Luis F. de Castro

domingo, 13 de julio de 2014

“No ser nadie”


http://www.taringa.net/posts/imagenes/5314514/Perros-de-la-calle.html

Ir donde le lleve la brisa sin rendir cuentas al tiempo.
Disfrutar el aquí y ahora como si no existiera futuro.
Mirar el bocadillo de sardinas como al amor de tu vida.
Acariciar a un perro sin preocuparte de sus pulgas.
Sentirse bien acompañado de uno mismo.
Canjear odio por trastos viejos en el contenedor de basura.
Sonreír a la puta de la esquina sin que te pase presupuesto.
Ser la persona a la que mejor sienta la ropa vieja.
Saber que las cosas solo pueden ir a mejor.
Soportar alguna paliza sin venir a cuento.
Enseñar los papeles diez veces diarias.
Eso y algunas cosas más…


…Vivir en la calle.

sábado, 8 de febrero de 2014

No estoy de humor

http://eltrasterodemimente.files.wordpress.com/2011/05/dolor1-scaled500.jpg?w=500&h=500


Queridos y añorados colocotrocos: No estoy de humor.

            Llevo setenta y dos horas con dolor de cabeza, de las cuales, las últimas doce están consiguiendo socavar la poca dignidad de la que dispongo. En esta puta tesitura intento no caer en la autocompasión y, aunque creo que el simple hecho de pasar estas sensaciones al papel forma parte de esa sintomatología, creo que es una nimia dolencia comparada con otras de las que pululan por mi periferia.

Hace tiempo que confirmé mis sospechas sobre la especial naturaleza del dolor humano. En el Homo sapiens, la base fisiológica del dolor es la misma que en nuestros acompañantes en el devenir natural del planeta, pero hay dos componentes que lo diferencia del resto: El conocimiento consciente de su presencia y la constancia de su utilidad/inutilidad y, ambas circunstancias nos traen más problemas de los que nos solucionan.

El dolor físico es, en el ser humano en exclusiva, la antesala del sufrimiento, y esta circunstancia es característica e inseparable del raciocinio.

Moraleja: A los tontos, todo les duele menos.

                                                            
                                       Luis F. de Castro

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Sobre la corrupción.

Queridos conciudadanos del reino de Colocotroco: Como vuestro Rey que soy, me propongo daros a conocer el mundo que nos rodea y aunque, en nuestro paradisíaco territorio, la mayor parte de estos problemas están erradicados de antiguo, no está de más ponerlos a vuestra consideración como recordatorio de lo que sufren otros por su mala cabeza.



    Es la nuestra una sociedad joven, una sociedad que se encuentra en los primeros estadios de su formación. En los tres o cuatro milenios que lleva siendo tal, se han ido esparciendo por su historia los detritos de un metabolismo basado en la prueba y el error: sistemas de gobierno, de organización, de convivencia al fin, que por su escasa eficacia o sus incoherencia con la idiosincrasia humana han sido desechados o, incluso, métodos y formas que, aun siendo válidos en su momento, dejaron de serlo por su propia evolución o la del grupo al que servía. Con el tiempo, los problemas más importantes e inherentes a esta necesidad de convivencia racional se han ido tamizando y a resultas de la operación, aparecen sobre la batea algunos que, por su persistencia a través del tiempo, han obligado a la humanidad al empleo de ingentes cantidades de recursos: Uno de ellos es la corrupción.
    Básicamente, se puede considerar la corrupción como un sumidero de recursos que condena a la pobreza al grupo social que la padece y por ende -al intentar reconvertir esas situaciones-, a sufrir crisis más o menos traumáticas y de inciertos resultados. Está presente desde que el hombre tuvo la necesidad de formar grupos cooperativos y, por lo tanto, la de elegir individuos con responsabilidades organizativas que con frecuencia, intentaban transformar dichas obligaciones en derechos de beneficio personal.
  Tiene, además, hundidas sus raíces en lo más profundo del comportamiento humano, siendo su implantación en cada individuo una sencilla cuestión de cantidad y oferta de oportunidades, por lo que, con el tiempo, su aparición en una dinámica social concreta, se ha demostrado como de altísima probabilidad. La pretensión de controlarla a base de leyes y normas punitivas se ha demostrado ineficiente a la vista de que son aquellas sociedades con mayor profusión de las mismas, las que tienen esta lacra más extendida y resistente a la erradicación.
    En mi opinión, a corto plazo, poco podemos hacer para expulsarla de nuestro alrededor; sería más fácil extirpar el bazo a todos los individuos que son en el mundo; quizás una educación más centrada en valores éticos, quizás sobrepasar la democracia y profundizar en otros sistemas de gobierno o... no sé. Puede que la corrupción sea como el acné juvenil de una sociedad a la que le queda mucho camino por recorrer y que, esperemos, desaparezca con la edad; siempre que otras afecciones juveniles no la hagan desaparecer antes -a la sociedad, digo-




Luis F. de Castro.

lunes, 1 de julio de 2013

Elucubraciones sin ton ni son.

Queridos Colocotrocos: Hoy os dejo, a modo de complicación innecesaria, un cúmulo de disquisiciones fuera de momento y lugar. Espero que os desconcierten de la misma forma que lo hicieron conmigo y es que, algunos días estoy que no me aguanto.


ELUCUBRACIONES SIN TON NI SON




Es miseria humana, la envidia, la que nos fue dada sin ser pedida y nos hace imposible ver que tú eres tu propio prójimo. Suspiras con tener, poder, sentir; acaparar lo divino y lo humano sin caer en cuenta la cantidad de trenes que pasan ante ti y no tomas, trenes cargados de eso que desdeñas a la ligera, porque tan enfrascado estás en tus deseos que no te enteras de lo que ocurre alrededor tuya. No te das cuenta de que el niñato que hace ruido en la calle y que tanto irrita, eres tú hace algunos años; que ese señor tan engominado que interviene en la tertulia televisiva y que vierte argumentos con inteligente naturalidad serías tú si no hubieras dejado las clases de la facultad y cultivado el estómago más que la mente… Sí, que ese mierda que está pegando a su mujer en el piso de abajo eres tú;  si no hubieras dejado de salir con aquella gente que bebía tanto. Tratamos a los demás con la lejanía del que se cree inmune y todopoderoso, aplicamos tópicos a diestro y siniestro, catalogamos, encasillamos, sobreseemos o condenamos con tanta ligereza que si no fuera por lo ingrávidos que son nuestros pensamientos y palabras, estos nos aplastarían por justicia física, pero… Y si no fuera así; y si por un “quítame allá esas pajas” aparece gente que te tiene en respeto, que siente lo que dices y escucha lo que piensas, que aprovecha esos buñuelos de viento envenenados de inconsistencia para saciar su hambre de ideas… Pues que acabas de poner una sucia estrella más en esta caótica galaxia, una estrellita muy parecida a las demás y ante la cual no sabrás si está para darte luz y calor o para reventarte en las narices.

Somos subproductos de nuestra propia envidia.

Todos tenemos contraindicaciones y efectos secundarios. Es más, son más profusos y abundantes que los de la peor quimioterapia. Si sumamos los confesables y los inconfesables –vicios y virtudes- seguramente en lo que se refiere a reproches, la raza humana debería ser una especie muda. Por qué y de qué quejarnos sin que nuestro “mini-yo” nos ponga de vuelta y media al más mínimo de los análisis: He aquí el eterno dilema. Lo cierto es que lo criticamos todo, nada se resiste a nuestro personal y “certero” análisis. Criticamos lo hecho, lo por hacer, lo desecho y lo por deshacer; al todo y a la nada, a Dios  y a Satanás. Todo está mal o podría hacerse mucho mejor, pero si además de dejar esto claro, podemos hacer daño, mejor; eso sí, el sujeto de nuestro análisis, tengamos por seguro que no se va a quedar de brazos cruzados y ¡Por Dios! de nuevo todos los ingredientes en la coctelera.: la sempiterna, tediosa y artificial polémica. ¡Qué aburrimiento!

Mil años de Gloria para el que rompa la dinámica. Primero la idea y después el ideólogo. Somos mierdecillas pululantes con muy mala idea y poca visión de futuro a las que hay que reconvertir en seres cuyo fin último sea la obtención de una calidad de vida sostenible para si y para sus descendientes. ¿Qué como se hace eso? Pues con sobredosis de vaselina y sentido común ¡Hombre!... como se hizo siempre. Dejémosnos de psicodestripes, de socioanálisis, de rememoraciones froidianas y demás palabros que por complicadas que parezcan, nunca lo serán tanto como la enrevesada mente de los que nos quieren meter en el lío… Volvamos a la simplicidad de los remedios de la abuela, al cachete inocente y al beso sin malicia, a la mano que no peca y a la mirada sincera… o es imposible ya. No me digan que eso queda sólo en mis recuerdo y que, ajado y desecho, nunca volverá, que tendremos que vivir “per secula seculorum” mirando de reojo a ese vecino cincuentón que da caramelos a nuestra querida hija, o contratando seguros que nos protejan de seguros que no cumplen cuando otro seguro nos deje colgado. Vaya lata dormir con un tapón en el trasero. Somos tan estúpidos que si el adminículo fuera de Gore-tex, lo soportaríamos gustosos. A mí me da que ya estoy un poco cascado para el experimento, que me han vendido las gafas chungas de tapadillo y tengo tendencia a verlo todo como no quiero. Pero… ¡Por los clavos de Cris…! ¿cómo pueden ser tan listos?. Mañana le doy la vuelta a la tortilla. Voy a empezar a dar limosna, ¡ea! y a prestar dinero a los amiguetes aunque vaya pillado y salir a la calle desabrigado dando pecho al relente y… ¡bueno!, voy a ser un inconsciente; tengo que recuperarme de tantos años caminando entre las líneas del libro rojo… y me pondré al lado de las miríadas de  tipos como yo, para ser tan diferente como ellos.

¡En fín! Si has conseguido llegar al final de esta página y media de desatinos y desvaríos es que tienes moral para seguir jugando a vivir y no te importa demasiado perder tiempo…

¡Envidia me das!



                                                                       Aldade

martes, 4 de junio de 2013

Cosas de la vida (Segunda parte)


COSAS DE LA VIDA (Segunda parte)






Estimados Colocotrocos: Espero que esta locura de historia, no sea circunstancia agravante y me echéis más pestes de las que yo pudiera echarme; pero, si bien es verdad, que lo escrito, escrito está; no me vendría mal que me dijerais que os parece. Tened seguro que aquel que diga que no le gustó, tendrá mi más sincero desprecio... -es broma, o no, depende del día-. 





Desta, que ha permanecido todo el tiempo junto a los chiquillos comprueba que uno de ellos, el mayor, hijo de Lina, ha vivido la escena con nerviosismo. No dejó ni un momento de tocarse los órganos sexuales y eso sólo quiere decir una cosa: que no va a pasar mucho tiempo en el grupo; pronto habrá que echarle.
Las siguientes jornadas transcurren con la rutina de la supervivencia. Desta y Dora encontraron un camino nuevo al río menos arriesgado que el que usaron los dos primeros días, pero más largo. En vez de ir directos, rodea el cañaveral y les lleva a una despejada playa de arena gruesa en la que se puede beber sin miedo a que nadie se acerque sin ser visto. 
A los pocos días, en una salida para buscar comida, una serpiente picó a Resa en el muslo y desde ese momento, sólo una vez más bajó a beber al río; de eso hace ya tres días. Desta no para de lamerle la herida, pero el aspecto de la pierna es cada vez peor: sin tomar agua y con la escasa comida que le proporcionan sus compañeras, se debilita día a día. A todo esto hay que sumar el hecho de que el abrigo que ocupan está infectado de chinches y garrapatas y a ningún miembro del grupo se le escapa que ahí, no pueden estar mucho tiempo.
Resa pasa el día sentada y con la mirada fija en la línea negra del horizonte y eso intriga a Mila que, como pidiendo respuestas, se sienta de vez en cuando a su lado. Con el cuerpo, con la mirada, con todo, Resa pide a Mila que lleve al grupo allí: a la lejana línea negra de horizonte que siempre la atrajo tanto… y Mila sabe que obedecerá esta última orden.  Mila es, de hecho, la nueva jefa.  Desta está demasiado vieja para suceder a su hermana y es consciente de ello; si quiera hizo intentos de oponerse a Mila cuando esta comenzó a tomar decisiones.  Al quinto día, Resa empeora. La pierna está morada desde la cadera hasta la rodilla y no puede moverla, aunque lo peor es que, entre el sudor y el sufrimiento, se está dejando morir. Mila y Desta lo saben y no van a hacer nada por remediarlo.
Ese mismo día, al amanecer, el grupo de búsqueda de comida ha matado un toro y junto a las raíces, frutos y otras cosas que  tenían almacenadas, les permitirá mantenerse durante algunas jornadas más. La alegría por la comida supera con mucho al hecho de que Resa haya dejado de moverse y su color sea el de los blancos cantos del río; es más, diríase que aquel cuerpo muerto que va a pudrirse pegado a la pared del abrigo, no hubiera sido nunca nada para el grupo.
Cuando, al poco tiempo acaban con la carne del toro, Resa ya está en irremisible estado de descomposición y ni la cara, el pelo, los pechos…  da pistas sobre la fortaleza que un tiempo atrás, hospedaran.
Mila sabe que hacer y, con el mismo impulso de voluntad que un día usó la difunta Resa, pone en marcha al grupo. Las mujeres, los chicos, y los tíos que siempre las siguen, no necesitan que les concrete nada, no necesitan protocolos ni directrices, hacen lo que Mila cree que deben hacer y… ¡ya está!, sin dilaciones, sin justificarse en nada.
Mila, la nueva jefa, tiene claro el camino. La línea negra le espera allá, al fondo de todo lo que se ve. Nunca antes recuerda haber estado allí; si quiera lo suficientemente cerca como para que dejara de ser una línea negra en el horizonte, pero la atracción que ejercía sobre Resa es el único e intangible legado que esta le dejó y no tiene por más que aprovecharlo. A su básica inteligencia no se le escapa que el camino es largo y, como todo en este maldito mundo, difícil y desagradecido, pero… no tienen otra cosa que hacer.
Las nubes aparecen una buena mañana y Mila interpreta la señal: Buen momento para emprender el camino.  No han llegado aún al río que deben atravesar y la lluvia se les une al trayecto. Copiosa pero amable, la reciben con ilusión y algarabía. Los niños saltan sobre los charcos de la senda y las mujeres se frotan los cabellos y el resto del cuerpo ayudando al agua a desprender la suciedad que se les acumula encima. La piel recupera su color y el pelo negro aparece bajo el barro. El caminar se hace más dinámico y alegre y el habitual silencio se ocupa con una colección de gritos y murmullos poco frecuentes. Los chiquillos al centro, en vanguardia Dora y cerrando el grupo, Mila con el resto de las mujeres.
Cuando llegan al río, comprueban que el chubasco lo ha hecho crecer dificultando su vadeo y cada mujer  ataca aquel caldo violento y marrón con un chiquillo a horcajadas sobre sus hombros; todos menos el niño mayor que, aunque el agua le llega al cuello, se apaña sin ayuda.  Ese y los días siguientes atravesarán otros ríos, grandes y pequeños, zonas desérticas donde el suelo les abrasa los pies, cerrados bosques de pinos y encinas, barrancos… y la línea negra del horizonte sigue allí, impertérrita, como desafiando la voluntariosa misión de Mila y su grupo. A medida que avanzan cambia el paisaje, las plantas, los animales, todo; todo menos los palos que se mueven; esos están siempre ahí llamando ahora la atención de Mila como antes lo hacía de Desta. ¿Por qué no crecen?, ¿Porqué no se marchitan como las otras plantas?; son todos iguales, ni grandes ni pequeños, iguales… Mila no alcanza a comprender muchas cosas de las que rodean su mundo, pero eso ni le quita el sueño ni distrae su responsabilidad de mantener al grupo activo y entero. Mila –sólo hay que verla- no está para preguntarse sobre si su misión en ese mundo es tal o cual, tampoco para encontrar justificación a una vida tan dura e inhóspita, Mila está para lo que está, vivir y ayudar a vivir a su clan; nada más entra en sus pensamientos.
 Comen lo que la tierra les ofrece; poco y sin ninguna cadencia previsible; llevan varios días sin carne y los cardillos se han convertido en los protagonistas de una escasa dieta que complementan con insectos y caracoles.  Al amanecer, escucharon una gran agitación entre los matorrales a poca distancia de donde estaban pernoctando. Olía a hombre y a sangre. Cuando la perturbación había pasado, Dora y Desta salieron a explorar y al poco tiempo regresaron arrastrando por los tobillos el cuerpo de un tío muerto. Era pequeño y escuálido; tenía una pierna mucho más pequeña que la otra, un agujero en el cuello y otro mucho más grande en el estómago. Ese día comen bien. Dora ofrece a Mila el primer bocado: el pene y los testículos de la pieza, como debe ser y el resto de la carne llega hasta el último de los niños.
Al medio día, con el calor de protagonista y la somnolencia propia de los estómagos llenos, la escena es más relajada que de costumbre; -ni los niños se mueven- hasta que algo solivianta la paz del grupo. Uno de los chicos, el mayor, se ha ido acercando poco a poco a Mía que, tendida de lado en el suelo, duerme placidamente. Con el descaro que da la necesidad, comienza a frotar sus excitados órganos sexuales contra las nalgas de Mía;  esta, al sentirlo, da un respingo y, poniéndose de pie, agarra al chico de la cabellera zarandeándolo con una violencia inusitada; arañando su cara le lanza patadas que buscan sin decoro su entrepierna. Mila y el grupo observan la violenta escena con una cierto y contenido nerviosismo: algo les dice que no deben intervenir. Los niños se arremolinan alrededor de Dora que sin prestarles atención, permite que se refugien bajo sus brazos, entre sus pechos y junto a sus piernas; está rodeada de chiquillos asustados. Como queriendo dar por acabada la paliza, Mía le da un fuerte empujón alejándolo de ella; el chico cae sobre la tierra deslizándose por encima y se queda quieto, como muerto. Mía se ha quedado inmóvil, de pié, como esperando su reacción. Unos instantes pasan hasta que se levanta lentamente;  desolladas las rodillas, sucio y sudoroso, con rabia en el gesto; lanza una mirada a todo el grupo, uno por uno terminando en Mila, la jefa, y tras un sonoro bramido, gira sobre sus pies y corre veloz a perderse entre los matorrales… No volverán a verle más como a un chiquillo.
Ahora, cuando todo ha vuelto a calmarse, Mila piensa que cada vez son menos caminando hacia al línea negra. Desde que iniciaron el viaje las cosas han cambiado bastante: dos chicos han muerto, otro creció  y se fue, Resa, su madre y antigua jefa del grupo, se quedó sin vida en aquel abrigo de piedra, además, Desta, su tía, más que una ayuda es una carga y pronto llegará su hora. Su instinto le dice que deben acelerar el paso; que aunque Mía y Lina estén preñadas, no es suficiente y a esta velocidad de marcha, nadie llegará a ese lejano destino. Ante esta determinación, al grupo no le queda otro remedio que redoblar el esfuerzo aumentando el ritmo.
Durante las jornadas que siguen, el agotamiento hace mella entre algunos. Para Desta, seguirlos es una tortura evidente: el esfuerzo y la escasa o nula alimentación está convirtiendo en un saco de huesos a la otrora fuerte y dinámica mujer. Su estatus ha bajado tanto en el grupo que a la hora de repartir la comida, está –incluso- por detrás de los niños. A una de las chiquillas le ha sorprendido la menstruación y automáticamente dejó sus juegos con el resto de los críos y lo que en otro momento hubiera sido motivo de alegría, ahora es otro problema; los hombres la huelen y, hasta que la preñen, será un ir y venir de tíos peleándose.
Momentos antes del anochecer, a Mila le pareció ver la línea negra más ancha que de costumbre, como si el viaje que habían emprendido empezara a dar sus frutos; llevan mucho tiempo en marcha y desde hace bastantes días, el terreno por donde pasan es completamente nuevo para ella. Cuando al caer la noche, se detienen a descansar, observa con cierta curiosidad como si algunas estrellas se hubieran posado encima de la línea negra formado una procesión perfecta, como si una gran cantidad de luciérnagas estuvieran descansando en el horizonte. La sensación es extraña; hasta ese momento no se había dado cuenta.  Absorta como está, no advierte como Desta, su vieja tía, se interna en el monte. Otros miembros del grupo sí se dan cuenta, pero no hacen nada, todos dan por hecho lo que la vieja mujer pretende… y eso que busca, algo tiene que ver con la muerte. 
Poco antes de amanecer, emprenden nuevamente su viaje. Por la noche han oído a los lobos y  a ninguno de los del clan se les escapa que Desta les ha servido de sustento; ha preferido morir sin sufrir la agonía de su hermana Resa. A nadie entristece la falta de Desta, por que todos saben que la muerte no es más que una fase más de la vida y no son ellos nadie para decidir quien vive y quien muere, además, qué es la muerte para mentes tan ocupadas en el día a día; pensar en otra cosa sería un derroche inexcusable.
La mañana es fresca y algunos árboles de hoja caduca empiezan poco a poco a dejarlas caer al suelo. Mila sabe que si no alcanzan pronto la línea negra, deberán quedarse a pasar el invierno en alguna cueva y abandonar el viaje hasta la siguiente primavera. El frío es de esas cosas que vienen tan de poco en poco que no te das cuenta y, cando lo tienes encima es tarde y ha matado ya a tres o cuatro niños, así es que no deben descansar más de lo necesario; de hecho no se detienen a buscar comida, sólo se alimentan de la que encuentran en el propio camino. Con el agua lo tienen algo mejor; el terreno por el que llevan varios días discurriendo esta salteado por numerosos arroyos y eso, afortunadamente, no es un problema más. Se detienen a beber en uno de ellos cuando un olor reconocible despierta la atención de la jefa. Es humano, pero no de hombre, sino de mujer y prestando la debida atención hacia el lugar de su procedencia, se percata de que los matorrales esconden con dificultad a su dueña. Una cabeza joven se deja ver entre el ramaje; ojos expectantes se esconden asustado. Mila no percibe el olor de más individuos, así que baja su inicial nivel de alerta al no reconocerla como amenaza; a pesar de ello, lanza un grito para asustarla y la cabeza se oculta rápidamente. La operación se repite varias veces con el mismo resultado aunque, progresivamente,  los gritos y aspavientos de Mila son menos amenazadores y su perseguidora tarda, cada vez, más en ocultarse.
Pasado el sol de mediodía,  la hembra les sigue descaradamente, sin esconderse en absoluto. Denota un punto de temor evidente; temor que no es capaz de ocultar un cierto orgullo en la forma de caminar y un atisbo de altivez en el gesto. Alta y bien formada, deja ver que ha comido bien últimamente y la larga y enmarañada cabellera negra no da para cubrirle unos inflados pechos; ha parido hace poco y gritan a los cuatro vientos su necesidad de ser mamados. Tiene físico de líder y eso incomoda a Mila. Su recién ganada posición no ha cuajado lo suficiente aún como para sentirse segura de sí en ese aspecto.
A media tarde paran en un sombreado remanso del río y mujeres y niños se acomodan para descansar; todos menos Dora y Mía que se encargan de la vigilancia. La extraña se ha recostado en un árbol y entrecierra los ojos a pocos metros del grupo. Uno de los niños, el más pequeño, llevado por el descaro del que carecen los demás, se acerca a ella sin que es resto se de cuenta y con la aquiescencia de la mujer, comienza a mamar de uno de sus pechos. Al poco, otro de los chiquillos hace lo mismo y un tercero, reparando en que ya no hay pecho al que asirse prorrumpe en un sonoro llanto. Tanto las de guardia -para las que la escena hasta ese momento había pasado desapercibida-, como el resto, se sobresaltan y tras la sorpresa inicial se mantienen expectantes esperando que Mila, la jefa, tome alguna iniciativa. Esta salta sobre sus pies y alcanzando en pocos pasos el lugar de la escena, arranca abruptamente a los niños de su placentera ocupación. Asidos por la cabellera y arrastrados por el suelo son devueltos al grupo de chiquillos  que rompen a llorar solidariamente. Mila se vuelve y mira a la extraña buscando sus ojos; observa como sus pechos se agitan rezumando leche y sin cambiar de postura, le devuelve la mirada con un gesto que denota mitad enfado y mitad preocupación. Tras unos tensos segundos, los niños callan, Mila se sienta  de nuevo en el suelo y la extraña cierra los ojos.
Los palos que se mueven se han vuelto locos; para la jefa no cabe duda: Los palos tienen algo que ver con el grupo: Siempre que sucede algo en él, siempre que algo cambia el diario devenir de las cosas, los palos se agitan, se remueven, es como si el corazón de los integrantes del grupo también bombeara su sabia.
Esa noche salen a cazar. Mila, Lina y Dora forman el grupo de caza y esta última encuentra un rastro que no puede ser más que el de un grupo de venados. Saben de la dificultad que comporta su captura, pero necesitan carne. Son muchos los días a base de vegetales y la falta de grasa se nota descaradamente en la extrema delgadez de los niños. No pasa mucho tiempo hasta que Dora endurece sus facciones y dirige su sensible nariz hacia una zona del bosque de encinas que tienen delante. Las jaras ocultan algo. Si sigilosa era la marcha hasta ese momento, a partir de ahora sus pasos se vuelven imperceptibles. Con el aire en contra y la respiración contenida, sujetan con fuerza los sencillos palos que utilizan como arma y aguzan todos los sentidos. Dora que comanda el grupo se para y con un ligero movimiento de cabeza hace que sus compañeras se dirijan a derecha e izquierda buscando rodear una presa que aún no ven. No bien se han separado diez o doce pasos a cada lado, Dora salta hacia los matorrales dando un sonoro y desgarrador grito. Todo sucede en unos pocos segundos. Los componentes de un grupo de venados que pastaban tranquilamente en el silencio y la paz de la noche, se dispersan huyendo en todas las direcciones. Saltan, brinca, driblan y en nada, desaparecen. Las tres integrantes del grupo de caza confluyen jadeantes en un claro del bosque sin que ningún animal haya sido acorralado. Se miran agitadas y con cierto desconsuelo en sus ojos. Saben que no pueden permitirse derrochar energías en infructuosos ataques como ese; pero también saben que de nada servirá que continúen mucho tiempo mascullando de donde pudo provenir el error. De improviso, un sonoro agitar de matorrales les sobresalta a un lado. Como sopladas por el viento de la necesidad, corren desaforadas en esa dirección y tras apartar los matorrales que le impiden la visión comprueban que alguien les ha ganado esa partida.
La extraña, la mujer que les sigue, está a horcajadas sobre el costado de una cierva que patalea y se agita sin conseguir levantarse. Tiene fuertemente sujeta la cabeza del animal por una oreja y el hocico y mientras mira orgullosa una a una a las sorprendidas mujeres del grupo de caza, retuerce con un rápido movimiento el cuello de la asustada bestia. Inmediatamente la resistencia ceja y la extraña suelta su presa, se reincorpora y, de pié ante su trofeo, la ofrece con un gesto solemne al sorprendido grupo.
Como siempre que hay comida, el humor y el ánimo del clan mejoran ostensiblemente. La recién llegada ha hecho uso de la cierva cazada como quien pone su sello de autoridad. Al regresar al claro, las mujeres y niños la rodean alborozados tocándola, acariciándola y envolviendo su ego en un murmullo de admiración que lejos de agradar a Mila la hiere ostensiblemente. La jefa se mantiene al margen de la bulliciosa ceremonia de glorificación con la que el grupo recibe a la extraña, pero sus ojos no dejan de escudriñar cada uno de los detalles. Camina artificialmente erguida con la ruidosa cohorte girando a su alrededor; los hombros hacia delante, la cabellera, apelmazada de barro y grasa dejan ver entre sus mechones los músculos de una espalda en tensión, mientras tanto e inmediatamente detrás, Lina y Dora transportan con diligencia el despiece del trofeo.
Se está pavoneando.
Después de que el grupo saciara su hambre, todos sus integrantes se desparraman por el claro. Dormitan mientras digieren la carne que les ha proporcionado la extraña. Mila, como líder del clan, ostenta el derecho al hígado y al corazón de la pieza cobrada, pero en vez de consumirlos rápidamente como sería de esperar, sentada como está, los mantiene en el suelo junto a su pierna derecha. No puede despegar su mirada de la extraña que, con el estómago lleno, duerme plácidamente bajo la sombra de un majuelo con varios niños que la utilizan como improvisada almohada. Al poco y como con desgana, comienza a comerse el hígado. Mordisco tras mordisco la desazón inunda su pecho…
Al día siguiente, Mila inicia la marcha aún de noche; ha pasado gran parte de la misma en vela y eso le dio pié a observar la línea negra del horizonte con atención y. algo le pareció ver que se movía sobre ella. Cuando inicia el paso, todos se levantan de sus improvisados lugares de descanso y sin preguntarse por qué –como siempre- la siguen obedientemente, pero unos segundos después del que el último del clan se uniera a la comitiva, un grito se escucha a sus espaldas. Todos, con Mila a la cabeza, se vuelven y comprueban como la extraña les indica con imperiosos gestos que la sigan en dirección opuesta. Todos, incluidas las hermanas de Mila, miran hacia su jefa inquisitivamente y tras ciertas vacilaciones, algunos, vuelven sobre sus pasos en dirección a la extraña.  Como si del salto de una jineta estuviéramos hablando, Mila alcaza a la primera de las mujeres que se había dado la vuelta  y, den un fuerte tirón de la cabellera, la tira al suelo; mira a la extraña y le dirige un furioso y desgarrador grito. Durante unos segundos se palpa la quietud de las expectativas: El clan huele a sangre. Mila, sin perder los ojos de la extraña, vuelve lentamente su cuerpo y comienza a caminar muy lentamente en dirección a la línea negra. La extraña, resoplando y con el ceño fruncido, cede e inicia poco a poco y como si luchara contra un impedimento invisible, el mismo camino que la jefa… Los demás hacen lo mismo.
            Pronto, justo después de amanecer, comprueban que el día les va a castigar con  una buena dosis de calor. Ni una  nube se ve sobre la línea negra del horizonte, ni una ligera brisa sobre la copa de los árboles y la línea ya no es una línea. Parece como un oscuro pasillo que separa el cielo de la tierra; algo así como para que no se mezclen. La perspectiva no permite a Mila calcular la distancia, pero algo dentro de ella le dice que ya no queda tanto camino por recorrer. Cruzan un arroyo bastante caudaloso y sus aguas no son tan limpias como la de otros que han vadeado: huelen mal y su turbiedad impide ver el fondo, pero la gran cantidad de ranas les aporta una buena dosis de comida al grupo y diversión para los niños. Cuando se disponen a abandonar la franja de humedad que acompaña la corriente de agua aparece ante ellos un extenso páramo casi desprovisto de árboles y en el que el sol se enseñorea a conciencia. Mila, con todo el clan expectante a sus espaldas, otea y tras pocos segundos de análisis se sienta al frescor de una gran olivilla. Todos los demás la imitan.
            El sol grita desaforadamente haciendo sudar todo lo vivo y secando todo lo inanimado. La atmósfera es espesa, pesada, viscosa. Las chicharras compiten unas con otras por ser oídas hasta que alertadas por un sonido que no es el suyo, callan al unísono. Uno de los niños, tras un corto gemido se incorpora y vomita todo el grumoso contenido de su estómago sobre la pierna de la extraña. Lo que antes fue su cómoda almohada, es ahora un maloliente engrudo de carne de rana. Algunos abren los ojos con desgana para cerrarlos poco después con un evidente desinterés. La extraña, incorporándose ligeramente, posa la mano sobre el occipucio del chico como intentando apaciguar la acelerada respiración que le queda. Poco a poco, recupera el resuello y con lentitud e indolencia se recuesta de nuevo sin preocuparse de la hedionda plasta a medio digerir sobre la que descansa. La extraña hace lo mismo bajo la mirada de Mila que, con un ligero gesto de furia en la boca y serenidad en los ojos, sabe lo que debe hacer.  Las horas pasan escurriéndose lentamente por la inclinada pendiente vespertina; diríase que quieren emular al sudor que la tórrida tarde extrae de los cuerpos tendidos bajo la olivilla. Sólo las molestas moscas son capaces de provocar algo de movimiento entre los integrantes del clan. Pesadas, inasequibles al desaliento, se empecinan en obtener algún beneficio de la  sucia y ajada piel de los humanos. La reseca vomitona que regurgitara hace rato el chiquillo, las excita, las subleva llevando su orgía alimenticia a extremos dolorosos. La extraña, harta ya de espantar insectos, incorporándose, ase al niño de un brazo y, como si de un objeto se tratara, lo arrastra fuera del alcance del molesto enjambre. Con eficacia instintiva, se tiende colocando a la criatura en su regazo y retoman ambos la pesada siesta.
            …Un ronco grito saca al grupo del pesado sopor en el que estaban inmersos. Mila aparece estrangulando a la intrusa con su musculoso brazo izquierdo. El chiquillo que dormitaba en su regazo da un respingo y se aleja de su protectora buscando cobijo al lado de Dora. Mila sostiene a la intrusa por el cuello; esta patalea y se revuelve con inútil violencia. Su rostro se enrojece por momentos y sus ojos vagan caóticamente dentro de las órbitas. La jefa, con ademán soberbio, resiste sobrada los empellones que la intrusa da intentando liberarse y mirando a sus súbditos,  esgrime los dedos índice y corazón de su mano diestra para arrancar de un rápido movimiento el ojo derecho de su víctima. Una vez en la palma de su mano, lo arroja con violencia a un zarzal cercano. Eternos se hacen los segundos que la reina del clan mantiene presa de su brazo a la intrusa. Cuando esta aminora los ahogados gritos y sus movimientos son apagados por el cansancio, Mila la deja caer al suelo sollozante y ensangrentada. Se oculta la cara con las manos y entre sordos gemidos de dolor, varios hilillos de sangre resbalan entre sus dedos. Mila, jadeante, permanece quieta a la vera de la intrusa. Su mirada ha cambiado y se podría decir que un rayo de compasión atraviesa su real gesto. Poco a poco el brazo que otrora la asfixiara, pasa a acariciar la enmarañada melena de la intrusa. Así permanece hasta que, derrotada por lo vivido, esta deja de emitir ruidos y se rinde cabeza abajo sobre el muslo de Mila.

Sólo el zumbido de los palos que se mueven se eleva sobre un silencio tenso y expectante.


                                                              Aldade
                                (continuará...)