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miércoles, 8 de octubre de 2014

Un mundo para cada uno... y todos diferentes.

http://www.imagenestotal.com/reflexiones-de-soledad/

Se me hace extraño el mundo en el que vivo.
Día tras día me noto más ausente de él. Es una sensación rara, por momentos desconocida. Mirar a tu alrededor y comprobar que lo que me rodea ni es mío ni está conmigo; es como si estuviera tras un escaparate en el que el cristal se regruesa por momentos haciéndose más opaco y mineral. Aquellos sentimientos colectivos que antaño me embargaban son ahora sensaciones de alienación. Poco de lo que me rodea es de mi agrado, y si lo es, algo en mi interior rebusca motivos para que no lo sea.
Es improbable que el código por el se mueve la humanidad haya cambiado, más me inclino a pensar que ha cambiado el mío y que es tan intensa esa metamorfosis que ser comprensivo, flexible o condescendiente se me hace muy cuesta arriba; y me entristece primero y me indigna, después, pensar que esto no parece tener cura e irá a más.
Alguien dijo una vez que un pesimista es un optimista con experiencia y esa frase podría explicar esta dolencia que me aflige; es como si el cúmulo de experiencias vividas fuera una carga tan pesada que te impidiera levantar la cabeza y proyectarte hacia fuera… ¡una prisión, vamos!
¿Alguien sabría como revertir esta situación?
Ahora comprendo el porqué tantos intentan llevar a cabo los consabidos “empezar de nuevo”, “romper con todo” “mandar todo a la mierda” “rehacer la vida”; es la perentoria necesidad de reiniciar tu sistema operativo reordenando ese disco duro orgánico y doliente que todos llevamos dentro; ese cajón que, de puro lleno, nos impide encontrar nada dentro.
Solo gracias a los asideros que me dio la vida, no me hundo. La familia, los amigos y ese especial mundo interior que me creo todos los días y con el que intento sustituir al desabrido e intratable que se mueve al otro lado del cristal.


Luis F. de Castro

domingo, 22 de junio de 2014

Sobre el cristal que nos ponemos delante para ver las cosas

     

     Es humana condición dar por cierto lo que nos gustaría que lo fuera; tan es así, que nublando nuestro entendimiento y excusando inconscientemente la falta de rigor, dan pábulo a mentiras, imprecisiones y tendenciosidades.
     Porqué, me pregunto.
     En cierta forma y en parte, se podría decir que por vagancia: “Si me satisface ¿para que voy a cerciorarme si puede que la verdad no me guste?” Es como si racionáramos la ética preservándola para tiempos mejores. Otra hipótesis sugeriría que nuestros principios se moldearan acorde nuestras necesidades y una suerte de evolución consiguiera acomodar nuestro raciocinio a la supervivencia; circunstancia esta última que sería razonable si no fuera porque somos –en teoría- seres racionales y no nobles bestias del campo.

     De cualquier manera, considero que esta falla en nuestro humano devenir está íntimamente relacionada con la educación, que nuestro espíritu crítico aumenta con ella a pesar de que en algunos individuos –por más leídos que se consideren- es una entelequia


Luis de Castro.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Lo que vemos en los demás y por ende, en nosotros mismos

            



           Qué eres, sino lo mismo que el otro pero colocado de diferente forma. ¿Tienes algún derecho sobre alguien?, ¿algún poder?; o no eres más que un corpúsculo infinitesimal colocado al lado de otro corpúsculo infinitesimal que espera angustiado que pase algo. Lo deprimente es que cuando acontece cualquier cosa, tu intervención es inane, inútil, intrascendente poco más allá de un tiro de piedra, y a los que afecte, serán igual de insignificantes que tú. Somos fútiles masas pensantes con delirios de grandeza.

            Enfrascados como estamos en adorar las veleidades de la pelusa de nuestro ombligo, se nos olvida que todos tenemos ombligo. Somos miles de millones de ombligos y miles de millones de pelusas exactamente igual de asquerosas y aburridas y que sólo aquel que; -¡Oh sorpresa!- se da cuenta de que tiene dedos que la sostienen, se sale del hatillo, reventándole el conjuro al malhadado brujo que nos tiene encantados. Tanto tiempo evolucionando, puliendo las conexiones neuronales, elaborando un pensamiento superior, para que ese raciocinio sublime y  desarrollado se termine esmerando más en la maldad, el orgullo, la envidia, la ira, la inmodestia, el derroche, la deslealtad, el desamor que en todo lo contrario. Sí; y no son los otros, eres tú, soy yo. El malencarado del semáforo, en funcionario cabrón, el fontanero estafador, el violador, el ocupa, el asesino, el político corrupto, todos somos tú y yo. Y todos aquellos que los sufren sin quejarse, sin alzar siquiera un brazo y que luego crean una atmósfera irrespirable con sus comentarios y actitudes en voz baja. Que también somos tú y yo.

 Cierras la puerta de tu casa con tres vueltas de llave, contratas un seguro que te asegure contra incumplimiento de seguros, te inquietas cuando ves a los guardias, te recoges cuando anochece…Hemos hecho de la vida humana un enorme u cambiante código penal del que no te puedes fiar. Nuestras manos ya no son blancas. La humanidad hipercomunicada, supralegislada, donde los gatos tienen millones de pies, no es viable. Tarde o temprano alguien o algo nos llamará a capítulo y nos dirá a la cara que somos FEOS, TONTOS y MUY POCA COSA y que a lo más que llegaremos es a destruir una parte de la corteza de una motita de un puntito que brilla -y brilla poco- en una galaxia que brilla -y brilla poco- en un rincón olvidado del Universo. 
 
            ¡Ah!, y no les digas a otros lo que crees que son porque te estás insultando a ti mismo.   



                                                       Luis F. de Castro.