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domingo, 11 de agosto de 2013

Crónicas ganimedianas -011- ¡Quien dijo miedo!




Ganímedes, 2 de junio de 2.808

    Como un reloj, AGFO se personó en las dependencias de los polizotes de Kara Van Chel. Su jefecillo, el ínclito CLON, no puso demasiadas objeciones a la licencia en la mina cuando le relató el motivo. -Espero que tu actitud cambie y deje de darnos problemas... -le dijo- en cualquier caso, se te descontará del sueldo el tiempo que faltes al trabajo. -Escarmentado, AGFO calló. Una nueva bronca es lo último que necesita.
    La polizotería es un edificio deprimente, como todos aquellos donde ir es obligatorio, y está lleno de plasmones. A primera vista no aparece ni un humano. -Mal empezamos. -piensa AGFO- al que, como sabemos ya, este tipo de personal le disgusta enormemente. A continuación de la sala de recepción se extiende un pasillo que parece no tener fin; no tiene ningún tipo de abalorio o adorno que le de algo de vida por lo que, sobre su color verde desvaído, destaca sobremanera el azul de los plasmones que deambulan por allí como si en ello les fuera la vida. AGFO espera firme y quieto a que alguno de los artefactos le atienda. No espera mucho hasta ver como una mancha de color blanco se le aproxima desde el fondo del infinito pasillo. Es una joven, alta y estupenda. La larga y lisa melena rubia se mece al compás que marcan sus caderas y la gorepiel le sienta tan bien como los mejillones a la paella. Cuando llega a su altura, comprueba que le supera en altura.

viernes, 2 de agosto de 2013

Crónicas ganimedianas -008- ¡Virgencita, que me quede como estaba!



Ganímedes, 28 de mayo de 2.808 (por la noche)

     Cinco minutos después, se presentan los polizotes. CLON comenta algo con ellos que AGFO no puede escuchar, pero que, a todas luces debe ser jocoso, porque los dos tipos ríen a mandíbula batiente; incluso uno de ellos, el más alto, se permite dar una patadita a la campana provocando que esta bambolee de un lado a otro haciendo parecer a nuestro hombre un tentetieso. Allí, sentado en cuclillas con el enfado bullendo en su interior, pasan por su cabezas mil formas de filetear a los tres hijos de puta. Le miran como si fuera un bicho raro del unizoo y mientras tanto, hablan, hablan y ríen. Cuando parece que han tomado una decisión, los uniformados acoplan la campana a su espaciera y emprenden camino a lo desconocido. Dejan atrás al jefecillo que le despide agitando su regordeta mano mientras esgrime una sonrisa en el gesto que no presagia nada bueno. AGFO se debate en dudas sobre su destino hasta que segundos después, aparece su enjambre a la vista. ¡DIOR! ¡No, eso no! Un terror incontenible sacude sus orondas tripas cuando descubre que le llevan a casa, le llevan a la cueva de su demonio particular. La moral y las fuerzas de AGFO ya no pueden más. Esta cansado de resistir y sus grasientos miembros se relajan dejándose caer sobre el fondo de la campana dispuesto a recibir lo que el destino quiera darle.
     GODA está allí, con esos huesos que la gorepiel nunca podrá ocultar, su pelucón rosa y una terrorífica mueca que algunos -los que no la conozcan- podrían definir como una sonrisa. Los polizotes le dicen algo antes de desactivar la campana. Al hacerlo, AGFO, sacando de su interior el poco orgullo que le queda, se pone en pié trabajosamente y se sacude la gorepiel intentando que su aspecto sea lo menos humillante posible... Ahora, el sonido llega a sus oidos.
     -¡Cariño! ¡Por fín en casa! ¡Cuanto te he echado de menos! Dale las gracias a estos señores que han tenido la deferencia de traerte aquí en vez de hacerlo a Mantenimiento Radical.-A la vez que dice esto, soba y resoba descaradamente a uno de los polizotes que por su cara cree -inocentemente, por supuesto- que le está pasando algo bueno.
     -¡Claro está! -interrumpe el otro polizote- Debe usted agradecer a su binaria que se haga cargo de la situación. -Mientras esto dice, con la fusta-laser se da golpecitos en el muslo- Su mala actitud continuada nos pone en el brete de tomar medidas drásticas, pero su binaria, de generosidad poco común, accede a responsabilizarse de sus actos durante el ciclo de confinamiento domiciliario. -¿Comoooo? -AGFFO, a tenor del gesto de asombro, recibe la noticia del castigo como si le hubieran extraído un testículo a bocados.       
     -¿Un ciclo aquí...? ¡con esta!
   -...Y de gracias. -responde el polizote- ¡Ah! Y si su amable binaria nos da alguna queja; del Mantenimiento Radical no le salva ni DIOR.
     -¡Que amables son estos señores, ¿verdad, cariño? -GODA le está dando tal magreo al polizote que este, ciertamente sobrepasado, está empezando a mostrar interés por escapar de allí. AGFO, con la dramática noticia, ha perdido cualquier asomo de ese orgullo que intentó mostrar y se arrodilla ante el polizote agarrándose a sus muslos y suplicando...
     -¡No, no me hagan esto! ¡Deportenme a Europa!, o mejor, a los hornos de cal de Calixto, pero... ¡por favor, no me dejen con esta! -La escena es tan denigrante que los polizotes se miran entre ellos y sin decirse una palabra,llegan a la conclusión de que no cobran para soportar esto y con cuatro interjecciones y tres sacudidas desaparecen en su espaciera oficial. AGFFO se derrumba sobre el suelo gimiendo desconsolado. Instantes después, iza el rostro y comprueba que GOODA, con los brazos en jarras le observa con tal expresión de triunfo que nuestro héroe no tiene por más que mearse de miedo.
     -¡Pobre! Lo mal que lo está pasando... -GODA, suavemente, le ayuda a levantarse- Ahora mismo vas a comer algo y después vamos a descansar, que el día ha sido muy agitado, ¿no?. AGFO se deja llevar hasta el susiento y desparrama resignadamente sus grasas encima. La calva le brilla como cien soles y su mirada se pierde en la lejanía. Instantes después, la mujer aparece con dos capsulas... -Toma, amor: una es de arroz con pollo y la otra de langostinos con ginseng... Que me han dicho que va muy bien para los enamorados... ¡Eh, pillín! -Si alguna vez AGFO se había sentido desgraciado, fue después de oír esto. Con una desgana tan evidente que a cualquiera provocaría el vómito, nuestro hombre se introduce las capsulas en la boca como si fueran de cianuro. Acto seguido y sin que la digestión sea causa atenuante, GODA le coge del brazo y lo acompaña a la dormidera; una vez en ella, despliega las dos sumacas y ayuda a AGFO a recostarse en una de ellas.
     -Ahora, cariño, espérame que voy a ponerme cómoda. No te impacientes, ¿vale?... -Le mira entornando los ojos y pasándose la palma de la manos por las huesudas caderas como si de la danza más excitante de Universo se tratara, pero para AGFO, una araña peluda sería infinitamente más sexy que ella. Acto seguido desaparece de la dormidera en dirección al sanidario.
     Nuestro hombre, a los escasos segundos de verse sólo, recapacita: Han dejado su vida a merced de GODA y trasgredir el confinamiento domiciliario es ya un delito planetario; sería una locura convertirse en un proscrito... Si sólo es cuestión de sexo. ¡Total! dejarse hacer y ya está... Como picado por una boacobra, AGFO salta de la sumaca, extrae su espaciera del bolsillo, la extiende y se escapa raudo y riendo a carcajadas.
     -¡A la mierda! ¡A la mierda! ¡A la mierda todos! -La espaciera se aleja del enjambre hundiéndose en la noche ganimediana mientras da tumbos y hace tirabuzones. 
     ¿Donde irá?: DIOR sabrá donde.

                                                                                                 (Continuará...)


                                                                                                                               Aldade.

miércoles, 31 de julio de 2013

Crónicas ganimedianas -007- Correr es de cobardes.

Ganímedes, 28 de mayo de 2.808 (otra vez por la tarde)



     Dos veces en dos días es todo un récord. A este paso, todas las campanas antidistubios de Ganímedes le van a conocer. AGFO -que lleva diez minutos esperando- se retuerce en el incómodo susiento y mira a su alrededor esperando encontrar algo que le distraiga. CLON aparece como siempre: baboso y sonriente. Parece haber engordado en los dos días que le separan de su anterior visita y la gorepiel ni por asomo consigue disimular las morcillas que le adornan. Nuestro hombre cae en la cuenta que entre los dos lados de la tabla, hay carne para surtir una buena temporada a los animales de unizoo.

domingo, 21 de julio de 2013

Crónicas ganimedianas -003- AGFO se arrepiente un poco.



Ganímedes, 24 de mayo de 2.808

     AGFO espera sentado ante la mesa de su encargado. El duro susiento le incomoda y no deja de moverse; y es que la compañía está dispuesta a dar por el culo en todas las circunstancias, y el susiento es una manera más. Está claro que el asunto del menvisor va a traer cola, pero nuestro ciudadano ya está curtido en estas lides: de hecho, el estar aquí, en Ganímedes, en la mina de hielo de EXAM S.G., no deja de ser un castigo por ser un tipo problemático. Lo cierto y verdad es que es cierto y verdad. AGFO se pasa la vida intentado comprender, y eso está mal visto: Intentando comprender por qué le han mandado a esta luna de mierda, por qué su sueldo tiene que gastarlo obligatoriamente en los estonomatos de la compañía, por qué no le asignan ya una binaria, y así, una cosa detrás de otra, ha llevado a que, por mucho que se esmeren en las clonificaciones, su humor no mejore.

miércoles, 10 de julio de 2013

After earh... o como, no hacer nada, teniéndolo todo. (Crítica cine)





Querido Will: Según este humilde servidor, la creación artística es, de las actividades humanas, la más parecida al trabajo de Dios y tú, eres un artista; o por lo menos, eso creí hasta ayer. Fui a ver tu último trabajo y cuando, al final, se encendieron las luces de la sala, parpadeé intentando dilucidar si eso que había visto era lo que pretendía ver o me había equivocado de sala.  Ese no es el camino, no. No es el camino del éxito, ni de la riqueza, no es el camino; tampoco el de la educación de los hijos, siquiera el de “pasar el tiempo”… sencillamente, no es el camino. Si el dinero y la fama te enturbian la mirada, viste ropas de faena,  ocúltate entre el populacho que paga por ver tus películas y trabaja con ellos; escúchalos, siéntelos y sabrás que se merecen más que eso, mucho más. Lo de Alter earh es una especie de afrenta, un improperio que no debe quedar sin castigo, aunque como mortificación deberías haber oído las risas de la sala durante cierto monólogo teóricamente trascendental y profundo. Estoy plenamente seguro que se te hubiera cerrado la boca del estómago.
“Si haces todo lo que puedes, no estás obligado a hacer más”.
Sé que te rodean los aduladores y que, a sabiendas de que intentan engañarte, los crees. ¡Vaya incongruencia! ¿no? Eso no debería preocuparte del todo. Es una especie tan agresiva y omnipresente que, hoy día, rodea también a los mediocres y por ende, si no perteneces a ese gremio –al de los mediocres, me refiero- los detectas inmediatamente; lo que sí debería preocuparte es la búsqueda de ciertos detalles que, por incontrolables, son más de fiar: Ve de incógnito tus películas, compra periódicos locales, entra de anónimo en páginas de cine… ¡Tú ya sabes!
Si te gusta lo que haces y quieres que tu hijo se gane la vida honradamente como tú, apártalo del camino fácil. Ese no merece la pena.
De momento, los cines de Colocotroco tienen órdenes estrictas de este monarca de devolver el importe del ticket a todo aquel que –tras ver tu trabajo- así lo considere.
                                                                                       

Aldade

sábado, 29 de junio de 2013

La aspirante.

     Mis queridos especímenes humanos: Es mi deber anunciaros que he recibido una proposición deshonesta por parte de una ciudadana; pero, en razón a las altas responsabilidades a las que me debo, la he rechazado. 
     La citada proposición versa sobre el ayuntamiento -carnal o no- de esta señorita que os presento con la pretensión de dotarme de una soberana consorte que alivie mis soledades regias y, hete aquí, que mi humilde persona, argumentando que ya me ayunto bastante con mi querido pueblo, no necesito de ayudas... y además... como para todo necesite tanta pompa y boato, "vamos daos" ¡Cualquiera le pide que le rasque la espalda o le acerque una cerveza del frigo...!


                                                                                                                                           Dibujo: F. de Castro

jueves, 27 de junio de 2013

Foroso blues

Queridos conciudadanos de Colocotroco: Hoy os traigo una historieta. Pensé en incluirla por entregas; dos o tres, para más señas, pero llegué a la conclusión que el mal trago, de una vez, mejor se pasa. Es divertida y alegre, como todas las mías. Espero que os guste.





                                   FOROSO BLUES



Foroso miraba ávidamente con el ojo que la vida le perdonó. Lo hacía con prisa, con desespero, como intentando no ahogarse respirando claridad. El mísero agujero dejó de arrojar luz a la vez que la palada de tierra resonó, estruendosa contra la tapa de madera del cajón. Quiso rehacer el escueto lucernario hurgando con el índice, pero sólo consiguió que un pedazo de aquella vieja y húmeda tierra cegara el único ojo que alguna vez le sirvió de algo. Ya sólo veía las oscuras sombras de la ceguera. Poco a poco, los golpetazos de la tierra cayendo sobre el improvisado ataúd se alejaban de su oído y, al rato, se quedó solo con sus jadeos, el batir de sus sienes y una desesperación que convertía en yeso la saliva que tragaba. Gritó, golpeó la tapa con toda la furia que su pánico podía desplegar; primero con los puños, luego con la frente, después con ambos. Ni un mísero rayo de luz  acompañaba ya su desesperación. Todo era negro a su alrededor. No sabía si quería morir o matarse… no sabía nada. Todo su cuerpo era miedo, su carne era miedo, su mente también lo era; hasta la escasa atmósfera que le rodeaba estaba hecha de febril e irracional miedo…

Cuando su cuerpo agotó la energía que alimentaba la orgía del pánico, su mente se adentró en las sendas del “por qué  yo”  y lágrimas antinaturales fueron vertidas por su solitario ojo y aquel alma deambuló por un universo de pena y autocompasión.

Tiempo hacía ya que sólo oía los sonidos provocados por él mismo; su respiración acelerada, los latidos de un corazón en abierta estampida y unos pensamientos que le gritaban al oído centraban ya toda su encarcelada existencia. Con lentitud, su yo consciente su fue abriendo paso entre tanta irracionalidad;  algo dentro de sí, le decía que todo era inútil ya, que la vida y la muerte iban camino de juntarse dentro de esa masa de carne y hueso doliente que habitaba el exiguo cajón de madera de pino.  Nada podía ya contra la recalcitrante realidad de los hechos consumados. Y, por fin, tras un indeterminado y eterno puñado de minutos,  pensó en dejarse morir.  Sobre él cayeron de golpe las imágenes de una vida desarrapada y licenciosa que hoy, ahora, hubiera vivido de otra forma.
  
Es tan relativa la importancia de las cosas. Qué es tu muerte para el que ni te conoce ni tiene constancia de tu existencia. ¡A la mierda el efecto mariposa!  En ese momento, allí, quieto y espantado, necesitaba descargar de sí la responsabilidad de ser el único al que le importaba su propia muerte. ¿Y el dolor? Que hacía con el dolor. Cayó en la cuenta que, en realidad, no le dolía nada. Sentía que algunas uñas se habían separado de la carne, que la tierra en el ojo le arañaba con denodada crueldad, que el orín escocía con saña la carne de entre sus muslos… Pero nada era eso comparado con la sensación de encontrarse en una caja, solo, a oscuras, a dos metros bajo tierra y sin posibilidades volver atrás… Ese dolor lo tapaba todo.


De niño -recordó con detalle-, sufría cuando tras marcar gol en los partidos de fútbol del patio, los demás chavales se le echaban encima para celebrarlo. Lo dejaban allí, en el fondo de la montonera, asfixiándose, enterrado, inmóvil entre ruidosa carne infantil. Esa inmovilidad lo enfurecía hasta el punto de intentar deshacerse de ella propinando golpes al azar de una manera descontrolada e irracional. Que curioso, exactamente igual…

La cabeza ardía y los pies se helaban en ese cofre de muerte.

¡Cuánto hubiera dado por tener el mismo seso que aquellas lagartijas que enterraban vivas dentro de un tubo de ensayo! Eran lagartijas… Sus desesperados intentos para liberarse no eran más que una danza con que acompañar las risotadas de la muchachada… Y ahora era él el mísero bicho y los otrora gamberros infantiles son ahora sus alegres enterradores. Se los imaginaba sonrientes, gastando bromas a su cuenta como quien nada tiene que reprocharse.  Así eran los hermanos Gabarrón; Juan y Ezequiel. Juan era un poco tonto; zangolotino mayormente. Su desusada fuerza junto a la estrechez de mollera significaban la herramienta ideal para su hermano Ezequiel. Inteligente, sucio y chisgarabís; nada de fiar. Siempre supo que no debía jugarse los cuartos con ellos, pero la vida da vueltas que a todos pilla desprevenidos –cuanto más a Foroso- que nunca fue un dechado de previsión y mesura. Lo que nació un día como bueno, en nada puede torcerse y, con más razón, si Juan y Ezequiel tenían algo que ver en ello.

Foroso, en su ciega imaginación, los veía sonriendo en el bar de Paco, con los codos apoyados en la barra mirándose de soslayo entre trago y trago. Continuamente se enviaban muecas de contenida jactancia. Paco y el resto de la escasa clientela presuponían que algo malo traían entre manos, pero –como siempre-, nadie se atrevería a levantar la voz para preguntarles nada. Ellos –Juan y Ezequiel- lo sabían y eso alentaba su pretenciosa connivencia.

Estos pensamientos estaban consiguiendo que más lágrimas –esta vez de rabia- saltaran del ojo sano y resbalaran por su sien recalando en la reseca madera de la caja. Los músculos que unían sus mandíbulas se tensaban a punto del colapso.  En su alocada fantasía se imaginó a sí mismo sujetando a Ezequiel por la nuca con una de sus manos mientras con la otra le estrujaba el vaso de orujo contra su mellada boca. Podía sentir como el vidrio rompía sus dientes antes de quebrarse. Podía sentir como el afilado cristal cortaba  la carne y cercenaba las venas dentro de esa cloaca hedionda. Podía ver como, tras aflojar la presión, el truhán inclinaba la cara hacia abajo y dejaba caer al sucio suelo cuajarones de sangre mezclados con carne y dientes.

El aire se hacía pesado dentro del cajón.

¿Por qué no habría prestado oídos a su madre? Vieja, sorda, medio paralítica y siempre malhumorada, no dejó ni un solo día de advertirle que dejara esos tejemanejes, que se apañara con el poco dinero que los jornales en la viña llevaban a su casa. Ni los regalos que con las ganancias del trapicheo le hacía, conseguían de ella una opinión benevolente, siquiera podía comprar un triste y mísero silencio… ¿Cuantas veces se los tiró a la cara?

.- ¡No hagas caso a la vieja! Le decía Ezequiel mientras le daba toquecitos en el pecho como para remarcar su sentencia… Ahora, en su desesperada mente, lo veía tosiendo y escupiendo sangre. Salía a trompicones del bar. Su hermano lo sostenía de un brazo para evitar que diera con sus huesos encima del reguero de sangre que iba desperdiciando. Horrorizado, Juan miraba a un lado y a otro intentando encontrar respuestas. Sin demasiados miramientos le soltó dejando caer el peso de su hermano sobre el pavimento. Este, de rodillas, parecía recobrar el resuello y solo un hilillo de sangre le unía al suelo. Demudado, levantó poco a poco la cara. Desfigurada de rojo y carne, dejaba traslucir odio y miedo a la vez.

.- ¡Maldito cabrón! Pensó Foroso y, en su resuelta ensoñación le clavó las rodillas en la espalda haciendo que toda la fisonomía de Ezequiel tomara contacto con su sucia sangre y, asiéndole del pelo, comenzó a machacar su cara contra el empedrado; primero lentamente y, después, con la cruel saña de una rabia no contenida.

En su encierro, Foroso no sabía si tenía los ojos abiertos o cerrados. ¡Daba igual! Esporádicamente, algún punto de luz brillante surgía en su oscuro campo de visión -sería la tensión arterial-. Según Ezequiel, algún día la sal acabaría con él. ¿Y qué sacamos de  esta puta vida sin sal en la comida? –se defendía Foroso. ¡Total, de algo hay que palmarla! ¿No?...

Lo que daría por un poco de agua; agua como la dejada por el corto aguacero y que corría pegada al bordillo calle abajo. La sangre de Ezequiel se la imaginaba mezclándose con ella, juntando fuerzas en su viaje hacia las cloacas; sirviendo a las ratas para calmar su sed. La cara del botarate aparecía ya como una masa de carne a medio picar; a estas alturas, tantos y tan fuertes golpes, no podían destrozarla más… Pero el cerdo aún se movía y Foroso se imaginó, a horcajadas como estaba sobre su espalda, metiéndole ambos dedos pulgares por la base del cráneo, apretar hasta el hartazgo y sentir romperse cosas ahí dentro. Como si de un baile se tratara, Ezequiel desplegó una de sus coreografías más originales. El cuerpo del desgraciado se llenó de temblores agónicos y estertores que a Foroso –dentro de la caja donde estaba- le hicieron sonreír de gusto.

…Y Juan; ¿dónde estaba?

Con la excitación del macabro sueño que acababa de terminar, Foroso lo había perdido de vista. ¡Pobre estúpido! Aunque, si cabe, era el peor de los tres. Fuerte como un buey y con la malsana inconsciencia del que ni tiene ni tendrá nunca remordimientos. Siempre dejaba las decisiones en poder de su hermano para, después, convertirse en la feroz, cruel y satisfecha mano ejecutora. Recordó Foroso el día que fueron a cobrar un trapicheo a una casucha de las afueras. El infeliz con el que iban a saldar cuentas se deshizo en súplicas suplicando más tiempo para pagar mientras, al fondo de la estancia, una chica que sostenía en brazos a un niño de dos o tres años, temblaba fuera de sí. Juan, a una leve indicación de su hermano,  se les acercó con lentitud y una sonrisa tierna entre los labios. Con el dedo índice acarició la suave mejilla del crío a la vez que le dirigía palabras amables y cariñosas. Cualquier zote habría supuesto que aquella parafernalia no presagiaba nada bueno. Con suavidad, con esmero, casi con precisión quirúrgica, extrajo al niño de los brazos de la chica que, como si no tuviera otra salida, lo cedió temerosa. Juan, entre palabras de esas que sólo si se dicen a un niño tienen sentido, comenzó a juguetear con una de las blancas manitas del bebé. Se pasaba los dedos por la boca resoplando y haciendo gestos. El niño no dejaba de lloriquear. Ezequiel se divertía con la escena. Pasaron unos segundos y el incierto desenlace se sustanció: Juan, con un gesto instantáneo, intemporal, descargó una brutal dentellada sobre el dedo pulgar del niño. El dedo no se desprendió al momento, Juan tuvo que pegar tres o cuatro fuertes tirones para que el recalcitrante trozo de carne se desprendiera. Cuando fue así, con la pieza entre los dientes y una mueca de hiena ensangrentada, entregó amablemente el niño a la chica que desencajada, mezcló sus gritos con la sangre y el llanto del vástago. ¡Cuánto se rieron a cuenta de aquello!

No sentía el cuerpo; ninguna parte le molestaba por separado. El dolor se había convertido en un todo unido a él. Foroso ya no intentaba moverse; toda su energía se estaba derrochando en pensamientos y ensueños que a fuerza de ser deseados, parecían más reales que la vida misma. Ni los dedos descarnados, ni el ojo, ni la frente quebrada, ni las rodillas en carne viva le molestaban ya. El aire, terriblemente enrarecido, y el calor se habían convertido en el indispensable maná que daba fuerzas a una mente desequilibrada.
 
-¡Ah! Ahí esta Juan. Inmóvil, miraba lo que quedaba de su hermano desde el otro lado de la calle. Una mano caía muerta a un costado y la otra se apoyaba en el borde de un metálico y entreabierto contenedor de basura. La boca receptiva y los ojos captando todo lo que el mundo quería enseñarle. Foroso se imaginó acercándose a él, acercándose hasta casi tocar cara con cara, oler su aliento alcohólico y desbocado, sentir su miedo… Asió la pesada tapa del contenedor y con toda la fuerza de su desesperada fantasía,  lo cerró sobre la mano. Juan no cambió de expresión, solo la dirección de su mirada. Con lentitud, casi con teatral parsimonia, contrajo el brazo comprobando sin inmutarse que media palma de su mano izquierda, incluido cuatro dedos, solo se mantenía unida al resto por jirones ensangrentados de naturaleza indefinida. Levantó el destrozo y colocándolo a escasa distancia de su rostro, lo observó embobado durante unos segundos. Los ojos se le salían de sus cuencas. Sin tomarse siquiera un leve descanso, la imaginación de Foroso sacó una pequeña navaja del bolsillo del pantalón y así, cara a cara como se encontraba, se la clavó hasta la empuñadura en la mejilla. Al entrar, la hoja tocó hueso y se partió, quedándose, a pesar de ello, firmemente hundida en la carne. Juan, absorto, sangraba abundantemente por la boca. Y tras unos pocos segundos, giró sus miserias e inició una lenta huída hacia ningún sitio.   

En su claustrofóbico encierro, Foroso esperaba el fin elaborando fantásticas venganzas, ensoñaciones que ponían macabro epílogo a una existencia soez de cabo a rabo. Su mente retorcía los deseos hasta que estos olían a realidad. En los escasos instantes que su percepción se dejaba de fantasiosas ensoñaciones, maldecía su ser, su vida y todo lo que en ella pasó.

-Esos hijos de puta seguirán de fiesta -pensó-.

Sintió un pinchazo en la cuenca vacía. Desde hacía rato no sentía nada y esto le sacó de su fantástico y violento capítulo. ¿Por qué tiene que dar por culo algo que no existe? Si algo le había destrozado la vida, seguro que fue lo del ojo. El trabajo en la agencia de transportes, aunque ocasional, empezaba a dar sus frutos y habían prometido hacerle fijo. “Si te portas bien…”-decían-. Se  había jurado amor eterno con Carlota y tenían  planes… Pero esa puta manifestación. Se fue a la capital como le pidió el sindicato. Había que protestar; no recordaba bien por qué, pero había que protestar… Y así lo hizo hasta que un pelotazo de goma dejó su futuro a oscuras. A partir de ese día en la agencia no hubo trabajo para un tuerto y Carlota se fue del pueblo buscando alguien con más ojo para ganarse la vida. Desechado de todo, se refugió en casa de su madre que, aunque nunca fue muy acogedora para con él, en esa ocasión levantó la mano.  Poco tiempo pasó antes de que el dinero se acabara y la escasamente generosa hospitalidad materna pasó a ser un constante ir y venir de reproches e insultos. Su vida  estaba más vacía de expectativas que la cuenca de su ojo. Sus iniciales búsquedas de trabajo se convirtieron con el tiempo en un motivo para salir de casa y deambular sin destino; ausencia de rumbo que, indefectiblemente, finalizaba en el bar de Paco. Hasta que llegó el maldito día que el mesonero le presentó a los hermanos Gabarrón. Estaban bebiendo y riendo en la barra –como siempre- pero, si bien, nunca habían reparado mutuamente, ahora, con el aumento de visitas al establecimiento por parte de Foroso, fue cuestión de tiempo.

A partir de ese momento, Foroso encontró interlocutores que prestaran oídos a sus desgracias.

Cada vez, el aire dentro del cajón era más y más irrespirable. Seguramente habría alguna mísera filtración a través de la tierra que tenía como fin último prolongar su agónico final.

Los Gabarrón tocaban todos los palos en los que el esfuerzo fuera mínimo y los rendimientos máximos. Putas, drogas, extorsión; nada era suficientemente malo si era suficientemente rentable. En un principio le resultó… digamos,  chocante. “Trabajitos” como dar la primera paliza que a priori podrían resultar complicados, resultaron después gratificantes;  romper controladamente algún hueso, violar alguna tía, se le dieron a conocer poco a poco como la sal y la pimienta de un negocio realmente boyante. Foroso no conseguía recordar exactamente cuanto tiempo había transcurrido desde aquellos primeros pasos con los Gabarrón; tres, cuatro años, ¡Que más da! Lo cierto es que no tardó en conocer todos los entresijos del negocio. Controlaba todo con las únicas herramientas de su cerebro y su falta de escrúpulos: Igual o mejor que Ezequiel y Juan… Todo fue bien mientras los dos hijos de puta se embolsaron la mejor parte…

Sus pensamientos se mezclaban con el ruido que el propio Foroso hacía intentando respirar. Notaba la cara ardiente y, por más que desencajara la boca, el aire que entraba no era mejor. Sus pulmones suplicaban, mendigaban algo útil con que ser llenados… La cabeza se le iba…

-¿Donde estará Juan? –Pensó-

 Lo buscó con la mente, escudriñó los alrededores del pueblo, en el río, en las eras… ¡Allí, allí estaba! A lo lejos, Juan se afanaba inclinado sobre el suelo. Desde su posición, Foroso no veía con claridad en qué se ocupaba. ¡Da igual! El espacio se contraía entre los dos.

Los pulmones le reventaban de dolor y un mareo intenso le hacía dar vueltas dentro de la oscura y mortal caja. Un sonido sordo y repetido se mezclaba con sus agónicas inspiraciones.

Escasos metros separaban a Foroso con su fantasiosa y ciega venganza de un Juan que se afanaba manipulando algo en el suelo…

¡Aire! Un cierto frescor de oxígeno renovado invadió sus pulmones. ¡Sí! Los sordos golpes que llevaba oyendo desde hacia unos cuantos segundos no los propinaba su mente, venían de fuera y eran cada vez más fuertes. Pequeñas porciones de tierra volvieron a caerle en el ojo bueno… -¡Me van a sacar de aquí!- pensó.

Foroso, eufórico, comenzó a gritar desesperadamente. Quería decirle a sus salvadores que seguía vivo, que se dieran prisa, que no podía aguantar más. La luz acertó a entrar de nuevo por el escueto agujero agrandando las ya enormes esperanzas de Foroso. Con un golpe seco, el filo de una pala se abrió paso entre las tablas que conformaban la tapa del cajón y sus salvadores empezaron a apalancar desde fuera. Unos dedos fuertes y ásperos entraron por la grieta recién abierta y tiraron de la tabla  hasta que esta, con un fuerte crujido, saltó. Un deslumbrante chorro de luz cegó su ojo. -Gracias, gracias-,  -balbuceaba Foroso a sus desconocidos bienhechores-. Poco a poco su ojo pareció distinguir algo…

-¿Juan?

Sí, era Juan. El gigante apartó la tabla con la única mano indemne que le quedaba, cogió la pala y por el ancho hueco recién abierto en la tapa empezó a descargar golpes con su afilado borde. El primero de ellos seccionó la mano derecha de Foroso por la muñeca y, antes de que el segundo partiera su cabeza en dos, pudo observar como la navaja clavada en su mejilla no le impedía reír como un poseso.



                                               FIN




                                                                                 Aldade