En la trasera de mi calle, hay otra en la que, desde hacía
tiempo, un bazar chino ponía a
disposición del barrio una infinidad de mercaderías. Era un híbrido entre
cueva y centro comercial. De la primera
tenía la penumbra, el silencio y el olor a humedad y del segundo la oferta y el
servicio, con lo que ninguna objeción se le podía poner a su tranquila existencia.
Siempre estaba ahí para lo que fuera menester; una barra de pan a deshora, unas
pilas para el consolador, un florero o una libreta; ninguna necesidad salía de
allí sin ser convenientemente atendida y así, desapercibido e imprescindible,
pasaban los días para el chino del barrio. Pero hete aquí que un día el chino
apareció cerrado. Tan silencioso se fue como había llegado y las necesidades
extemporáneas de los vecinos se buscaron otro chino un poco más allá.