Estimados súbditos: Colocotroco es una monarquía fagocrática y, como tal, lo que yo me guiso, yo me lo como. Ayer os dije que daba por terminada la serie de escritos psudofilosóficos sobre cosas y casos, pues bien... hoy os digo que sigo; y sigo por que la intempestiva voluntad de este vuestro pedazo de monarca, así lo quiere. ¡He dicho!
La humanidad se forjó a base de
soberanos guantazos, de patadas en la entrepierna colectiva y de sobredosis de doblar el lomo. No hace
falta llevar una contabilidad exhaustiva para asegurar que poco se ha
progresado cuando -en un “echar cuentas”-, se ha dado menos de lo recibido.
Incentivar la superación personal, los
valores de progreso, la preeminencia del esfuerzo y el principio básico del
trabajo es obligación de nuestros superiores, considerando como tales a padres,
maestros y responsables políticos. Si esa filosofía se sumerge en una atmósfera
de valores reconocidos universalmente como imprescindibles; léase justicia y
solidaridad, entre otros, tendremos una sociedad sana y evolucionada.
Tiempos raros estos que corren; tiempos
donde se confunde tecnología con desarrollo, solidaridad con limosna y progreso
con consumo. Una amalgama confusa y descontrolada se cierne sobre nuestras
cabezas y que se deja acompañar por un putrefacto viento que huele a dinero y
poder.
En un mundo tan complicado, los
pescadores de río revuelto hacen su agosto. Caen en sus redes peces cansados,
vencidos por el esfuerzo y desengañados de todo… hasta de la vida, y los que no,
merodean caóticamente alrededor de los envenenados cebos de lo políticamente correcto.
Lo llamativo es que los pescadores son,
a su vez, potenciales presas de otros, y esos de otros, y así hasta que
llegamos a La Nube, ese súper depredador que sombrea todo nuestro horizonte con
su volumen universal.
Revertir ese corrupto proceso es cosa
de todos y cada uno de nosotros. Disgregar La Nube solo es posible desde
dentro, desde sus entrañas, reconstruyendo nuestra libertad personal a base de
cultura y librepensamiento, de positivismo y trabajo, desterrando la holganza y
concienciándonos de lo indigno de pedir lo que podemos ganarnos y suplicar
aquello a lo que tenemos derecho.
Luis
F. de Castro.