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viernes, 3 de octubre de 2014

Gata



La casualidad me hizo llegar una gata negra como la nada, a ratos salvaje y siempre arisca. Vino y se quedó; se quedó como si fuera la tía viuda del pueblo que con la excusa de cuidar a los niños, se convierte en un mueble más de la casa; se quedó en silencio,  merodeando por ahí cual protagonista de una mala película de terror, apareciendo entre las sombras justo antes de desaparecer de nuevo y dejando tras sí una intensa sensación de ser observado siempre; porque sus ojos… esos sempiternos agujeros negros bien pudieran ser los sumideros de un mundo que alguien le encargó fiscalizar.

sábado, 23 de agosto de 2014

Carta con poco -o ningún- interés II (Mi hermana)

            
http://www.risasinmas.com/posiblemente-el-cenicero-de-coche-mas-sucio-del-mundo/


     El mundo es cruel y amable al mismo tiempo, querido amigo; está lleno de contradicciones e incongruencias; y si no, explícame porqué nada es igual para nadie, los puntos de vista dispares no rodean y sin embargo, por mucho que creamos tener una idea original, nos equivocamos; esa idea ya la tuvieron muchos antes que tú, o lo que es lo mismo, no eres nada del otro mundo. Triste ¿no?
            Después de dejar a mi gata mascullando métodos y estrategias para asesinarme y a la vecina maldiciendo la hora en que salió a regar las macetas, salí a la calle con la intención de ir al trabajo para producir y pagar pensiones, corruptelas y pitanzas. En ella me espera el Reanult Clio de mi hermana. La muy bruja me lo ha cambiado por el mío con la peregrina excusa de que “¿Cómo quieres que vaya de boda con esta mierda? Andaaa… préstame el tuyo; prometo echarle gasolina y no arañarlo…” Tiene unos doscientos años de antigüedad –el Clío, no mi hermana- ; tanto es así que me asalta la sospecha de que en su capó no son caballos los que tiran, sino bueyes, y si tenemos en cuenta el olor, no creo equivocarme.

viernes, 22 de agosto de 2014

Juanón y las setas (continuación 4)

http://www.recetasdecocinadesergio.com/category/recetas-de-la-huerta/recetas-de-setas-boletus-niscalos/page/2

Gustaba Juanón de recoger setas. Para su insigne humanidad era como abstraerse de este cochino mundo, como escaparse hacia las alturas sin perder de vista el suelo, abominar de interferencias. Solía salir sin premeditación. Se le ocurría y ya está. De buena mañana, sin aviso ni proclama, se ponía los calcetines gordos y al campo. Finales de noviembre es buena época. Todo húmedo, madera muerta, todo al fresco... Lo justo. A estas alturas, las setas están en plena reyerta creativa. A Juanón, esto de escudriñar el suelo buscándolas era como mordisquear un pan de piñones. Encontrar una grande, oronda, con el sombrerete entero y protector le proporcionaba la misma sensación que tropezarse con un piñón dulce y agradable dentro del bollo. Ya reconocía alguna; aunque nunca con la suficiente seguridad como para comérsela sin más. Tenía un conocido, que no amigo, el Pacorro, que se las sabía de carrerilla y de un vistazo -A lo sumo un breve olisqueo- las catalogaba rápido. La verdad es que Juanón se maravillaba: Nunca le había visto salir a por ellas. -¿Como coño sabría tanto?- pensaba. Algunas veces, cuando el Pacorro no estaba en el bar o no podía someterlas a su “visto bueno”, se armaba de valor y se las comía; no sin antes encomendarse al demonio y con cierto hormigueo en la boca del estómago. Era de suponer que su ojo clínico no debía de ser del todo malo, ya que, a pesar de algún grano intempestivo, continuaba vivito y coleando.

lunes, 11 de noviembre de 2013

La huída 3



Analizando, concluí que la situación de trágica transformose en cómica. Mi caída del árbol había sido al tiempo arma y accidente. Todavía escuchaba en lontananza los quejicosos sonidos del monstruo a alejarse, cuando recalé en que el amanecer  tomaba posesión del lugar y mi necesidad de volver a casa se me planteó como acuciante. La espalda me dolía, pero pensar que la del huido estaría destrozada,  aliviaba mi conciencia sobremanera, así es que, con los renovados bríos del vencedor, me dispuse a ello.
Intentaba no pringarme demasiado con el barro que se ocultaba bajo la hierba y mientras ocupaba toda mi atención en ello, observé como, a lo lejos, el bicho se había recuperado y aparecía tras una loma corriendo desmelenado. Evidentemente rehecho, volvía a la carga contra mi persona. De golpe se hundieron moral de victoria y posibilidades de futuro… ¡Muerto soy! –pensé- y caído en una desazón repentina, dejé que mis pies se hundieran, me agaché en cuclillas y, pasándome los brazos alrededor de la cabeza, deje que el mundo hiciera de mí su real gana.
No pasó mucho tiempo desde mi decisión hasta el desenlace, ya que, no bien me había hecho del todo a la idea de que mi fin era cosa de poco, cuando noté un intenso cosquilleo en la oreja. Alzando el rostro, comprobé como la lengua del demonio intentaba minar mi temor y atraerme hacia sí. Desconfiado, busqué su mirada amarilla. El principio y el fin de aquella incomprensible actitud debían estar allí. Toda la furia pasada, todo ese odio contenido había desaparecido y como si hubiera perdido esa pesada carga durante la carrera, luchaba por deshacer las trabas que mi desconfianza le ponía, lamiéndome la mejilla..
-¡Joder, que arisco eres! – De un recio empujón, Pepa me apartó de su vera. Me sorprendí con las sabanas firmemente sujetas con ambas manos manteniéndolas justo por debajo de los ojos; unos ojos abiertos al límite de lo posible y que pedían explicaciones sobre lo ocurrido. – ¡Es la última vez que tomo la iniciativa! – A la vista de la situación, con Pepa cubriendo su desnudez entre aspavientos y soltando sapos por la boca, no quedó otra: había metido la pata; sin intención, pero la había metido.


                        Luis F.de Castro

jueves, 17 de octubre de 2013

La silla vacía

   
     Queridos súbditos: Hete aquí que una de mis "lideresas" -¡menudo palabro!-, requiriome para la redacción a vuelapluma de un sentimiento. El susodicho sentimiento versa sobre la inspiración provocada por una imagen fotográfica que ella proporcionó y que incluyo a continuación de este párrafo. Tamaña empresa convenciome y como uno es de naturaleza servicial y hacendosa, púsose manos a la obra. El resultado del desmán no es otro que el que os ofrezco. Espero que no os deprima en exceso.
     ¡Ah! la antescitada lideresa atiende a sus admiradores por el apelativo de 12:45 pm. Original: ¡a que sí!




                           La silla vacía.

    De fastos y boato, de derroche y desperdicio, de estafa y usura, de cretina necedad la atmósfera me rodea.
    Sumida en guerras donde siempre gana mi lobo estepario, no encuentro la superficie en este mar de fango; la línea a partir de la cual regalarme una bocanada de aire respirable.
    Las sienes me atormentan palpitando al son de la catástrofe; millones de puños oprimen un cerebro desquiciado siempre a punto de resquebrajarse en su infinita fragilidad. Es la ciega necesidad de terminar, dar fin una vez se acabó el plazo. No caben prórrogas, y sin embargo... poner fecha a la propia muerte despierta las ganas de vivir. Algún yo interno intenta alargar la medida del tiempo, hacer que el reloj se ralentice hasta detenerse, porque, sin querer, acabas de crear una meta de transgresión.
     Quieres, necesitas desobedecerte.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Solos



Como todos los días, Nacho es el primero en llegar. Pide la primera de las tres cervezas con limón que caerán esta tarde y –al igual que siempre- sienta su corpachón a la vera de la mesa desde donde mejor se ve la tele. Sus cincuenta años y la invalidez permanente por esquizofrenia dejan mucho tiempo y gran parte de él, lo derrocha esperando. Es un tipo poco hablador; prefiere observar y sonreír mientras escucha las diatribas que se cruzan entre José y Daniel. Sus dos amigos no le requieren al diálogo: le conocen bien y a lo sumo, le preguntarán algo que con un monosílabo como respuesta, va que se las pela. Ellos saben que es difícil rebuscar en sus pensamientos; los tiene bien escondidos en el último estofado de lentejas que hizo su mujer antes de abandonarle. Tal vez un mínimo gesto, un ademán, una pasajera mueca podría indicarnos el camino hacia su interior… pero no: dos escuetas palabras sirven para informarte que has errado, que su mente va por derroteros esquivos dejándote la impronta de que algo sabe -y lo calla-.
José y Daniel entran juntos en el bar. Ya traen el debate en bandolera y, con ellos, el mortecino establecimiento que dormitaba al soniquete del telediario, recobra algo de la vida que alguna vez tubo. Saludan a Nacho dándole la mano; primero uno y después el otro y cada uno le dedica una tonta frasecilla de las de rigor. Ellos no piden de beber; no hace falta: sus gustos son de las pocas cosas que el viejo barman recuerda por encima de sus muchos años y a pesar de ello, tardan buen rato en ver como dos carajillos y unas pocas aceitunas se arrastran renqueantes hasta la mesa. Poco después, las mismas fichas de dominó de toda la vida, vienen a animar momentáneamente el tedio
Ambos se conocen tanto como conocen a Nacho y en sus tertulias de partida flota un ambiente de complicidad, de íntimo y mutuo perdón. José es impulsivo, inteligente y algo mentiroso y Daniel diabético, crítico y calculador, pero entre todos, se soportan. El conglomerado es perfecto para pasar una tarde caliente y segura haciendo sonar las fichas sobre la mesa. Una mesa donde el regusto de sosiego no se pierde ni cuando José suelta alguna de sus baladronadas que, a ciencia cierta, no habrá por donde coger. Nada importa: hablarán de ella igual, porque Daniel tiene respuestas para todo y Nacho, con sus silenciosas sonrisas, también.
Mucho le pasan por alto a un José que si no fuera por estas horas de la tarde, no tendría ante quien presumir de salud. Hace tiempo que no trabaja porque –según dice- nadie quiere su edad ¿Quién habría de quererla teniendo a su disposición jóvenes moldeables y duraderos?... y los otros asienten, aunque piensan que otras cosas tiene peor que la añada.
Daniel, el pobre, bastante tiene consigo mismo, sus achaques y el más asqueroso de los caracteres. Qué seria de él sin alguien no se lo reprochara a menudo. Lo que no saben sus compañeros es que les deja ganar; no vaya a ser que le dejen por aburrimiento.
Entre sorbos y sentencias, dimes y diretes y arres y sos, pasa la tarde y cuando Nacho levanta el brazo para saber que se debe, faltan exactamente cinco minutos para que los tres vuelvan a encontrarse con la nocturna soledad.
                                                                        
                                                                            Luis F. de Castro

lunes, 19 de agosto de 2013

Carta desde lo alto.(Cuento)

Estimados colocotrocos, queridos súbditos: Hoy os dejos una letanía... o algo así. No tengo el cuerpo para serpentinas y, aunque una de las obligaciones de cargos como el mío es no dejar traslucir los sentimientos; ¡no me da la real gana! De cualquier forma, espero que os guste; y si no, no me lo tengáis en cuenta.


Querida Ana:

 Esta mañana fuiste muy dura con madre. Le gritaste demasiado por una tontería. Siempre le levantas la voz por estupideces. Si te estaba planchando unas bragas, no es por que haya perdido la razón, sino que sus ganas de agradarte hacen que vuele su buen juicio. Algún día deberías probar el placer que reporta comprenderla y excusarla de sus desvaríos y no recrearte en la obsesiva necesidad que tienes de demostrar tu poder sobre ella. Ya tiene bastante con los golpes que le propina padre que son, al fin y al cabo, los que la han idiotizado. Así es que no rices el rizo y cómete tus frustraciones, pedazo de mema. Cada una de sus canas se las habéis sacado padre y tú a sangre y fuego del corazón, y aún sigues pasándole factura por lo que no hizo...

domingo, 11 de agosto de 2013

Crónicas ganimedianas -011- ¡Quien dijo miedo!




Ganímedes, 2 de junio de 2.808

    Como un reloj, AGFO se personó en las dependencias de los polizotes de Kara Van Chel. Su jefecillo, el ínclito CLON, no puso demasiadas objeciones a la licencia en la mina cuando le relató el motivo. -Espero que tu actitud cambie y deje de darnos problemas... -le dijo- en cualquier caso, se te descontará del sueldo el tiempo que faltes al trabajo. -Escarmentado, AGFO calló. Una nueva bronca es lo último que necesita.
    La polizotería es un edificio deprimente, como todos aquellos donde ir es obligatorio, y está lleno de plasmones. A primera vista no aparece ni un humano. -Mal empezamos. -piensa AGFO- al que, como sabemos ya, este tipo de personal le disgusta enormemente. A continuación de la sala de recepción se extiende un pasillo que parece no tener fin; no tiene ningún tipo de abalorio o adorno que le de algo de vida por lo que, sobre su color verde desvaído, destaca sobremanera el azul de los plasmones que deambulan por allí como si en ello les fuera la vida. AGFO espera firme y quieto a que alguno de los artefactos le atienda. No espera mucho hasta ver como una mancha de color blanco se le aproxima desde el fondo del infinito pasillo. Es una joven, alta y estupenda. La larga y lisa melena rubia se mece al compás que marcan sus caderas y la gorepiel le sienta tan bien como los mejillones a la paella. Cuando llega a su altura, comprueba que le supera en altura.

jueves, 8 de agosto de 2013

Crónicas ganimedianas -010- Donde dije digo, digo Diego.



Ganímedes, 1 de junio de 2.808


    Sinceramente, AGFO no cree que nadie se tragara que había ido a por tabaco; poco le importa en tanto no puedan demostrar lo de su cobarde estampida. Los polizotes incidieron en que la última lectura del menvisor le colocaba en el enjambre P-2, pero nuestro individuo lo refutó con la consabida y cumplidamente reclamada malfunción del aparatejo; de hecho, esa misma mañana, lo que no había conseguido en días, cumpliose en minutos y ahora, bajo la piel de su parietal izquierdo se enseñorea uno japanés de últimísima gama... y gratis.

miércoles, 24 de julio de 2013

Crónicas ganimedianas -004- AGFO recibe “malas” noticias.


Ganímedes, 26 de mayo de 2.808


     AGFO llega tarde del trabajo. Los capullos de la mina, a pesar de haber retirado la reclamación vocal, pagar los desperfectos y la tasa, no han cumplido sus promesas y le están fastidiando bien. Hoy le han encargado el control de la espaciera que sube el mineral de la superficie a la órbita de trasferencia y entre el frío que se pasa abajo, el calor que se pasa arriba y el compañero que le han asignado, ha sido el acabose. ¡Menudo pazguato! Se llama ANTO y como le dé otro día como el de hoy, le carboniza la yugular: toda la jornada cantando el ¡Oh Susana, no llores más por mí!... Ese no es castigo para humanos.

domingo, 21 de julio de 2013

Crónicas ganimedianas -003- AGFO se arrepiente un poco.



Ganímedes, 24 de mayo de 2.808

     AGFO espera sentado ante la mesa de su encargado. El duro susiento le incomoda y no deja de moverse; y es que la compañía está dispuesta a dar por el culo en todas las circunstancias, y el susiento es una manera más. Está claro que el asunto del menvisor va a traer cola, pero nuestro ciudadano ya está curtido en estas lides: de hecho, el estar aquí, en Ganímedes, en la mina de hielo de EXAM S.G., no deja de ser un castigo por ser un tipo problemático. Lo cierto y verdad es que es cierto y verdad. AGFO se pasa la vida intentado comprender, y eso está mal visto: Intentando comprender por qué le han mandado a esta luna de mierda, por qué su sueldo tiene que gastarlo obligatoriamente en los estonomatos de la compañía, por qué no le asignan ya una binaria, y así, una cosa detrás de otra, ha llevado a que, por mucho que se esmeren en las clonificaciones, su humor no mejore.

jueves, 18 de julio de 2013

Crónicas ganimedianas -002- AGFO la lia parda




Ganímedes, 23 de mayo de 2.808 (por la tarde)

         El tráfico es abundante a estas horas. Las espacieras pululan sin orden aparente por entre los apartamentos de Kara Van Chel. AGFO lleva tanto enfado encima que no le extrañaría que su espaciera se parara por exceso de peso antes de llegar a su destino. Va molesto pensando que otra vez -y es la tercera-, le van a comprobar el menvisor... y es que le toca las pelotas que le manipulen ahí. Eso sí, esta vez se lo ponen nuevo ¡Vaya si se lo ponen nuevo! -su humor se ensombrece mientras la espaciera entra en el estonomato con el blups, blups de siempre-

miércoles, 17 de julio de 2013

Crónicas ganimedianas -001-AGFO se enfada.

Estimados colocotrocos. Aquí os hago partícipes de las andanzas y aventurillas de mi excelso amigo AGFO.  
Vive y trabaja en Ganímedes que, como deberíais saber, está muy lejos, y el pobre tiene unos problemas "que pa qué contar".  Cierto es que problemas tenemos todos, pero este, vuestro Rey, os puede asegurar que los suyos son especiales.
Como mi mayor pretensión es haceros pensar pensando -que ya va siendo hora- os iré mostrando sus misivas para que meditéis al respecto y, si es posible, os divirtáis.






Ganímedes, 23 de mayo de 2.808

    Sobre su asiento en suspensión, AGFO observa atentamente su menvisor.  Lo ha adquirido recientemente y no consigue ajustarlo con la finura suficiente como para hacer desaparecer esas ligeras interferencias que, con seguridad y en contra de la opinión del plasmón que se lo vendió, se  generan en la zona de la nuca. La visión mental es tan perfecta como siempre en los Sonymen -que buenos son estos japaneses-,  pero cuando menos lo espera, la puñetera vibración le desconcentra, pierde el hilo y, lo que ha pagado por el cacharro se le hace una inmensidad. Desde el último ajuste de edad, algo no cuadra  a la perfección en su menspacio, y aunque le juraron que todos los aparatos se adaptan a esos ligeros desórdenes, no ha resultado verdad y se ha terminado reflejando  en el gobierno de todos los utensilios de manejo mental. Lo que le pasa al menvisor no es nada comparado con los problemas que tiene con el domo, o la espaciera. Lo cierto es que unos por otros, ninguna solución tiene.

miércoles, 10 de julio de 2013

Alfonsito delicado

     
Queridos Colocotrocos: Hoy me he hartado de insípida moralina, y como es tan indigesta, la regurgito. La historia de Alfonsito es la de un tipo que, a pesar de su extremada juventud, se da cuenta que ser diferente -aunque sea para bien- sólo trae desgracias y que la mejor manera de sobrevivir es pasar desapercibido haciendo ver que ni eres quien eres, ni sabes lo que sabes. Evidentemente, en nuestro reino eso no ocurre. Aquí analizamos al individuo, y primando su libertad, se le educa en el fomento de sus habilidades con vistas al mayor beneficio individual y social... ¡como debe ser! 




ALFONSITO DELICADO


     Alfonsito era un niño delicado,  frágil;  con propiedad podríamos calificarlo de quebradizo; al menos eso le pareció a la matrona el día de su nacimiento cuando le vio salir de allí dentro tan pequeñín, tan brillante y tan blanquito.

     Y las expectativas se fueron cumpliendo. Alfonsito se doblaba con nada, cada poco había que llevarle al hospital porque algo en su cuerpo había tomado una de esas posturas que tanto nos asustan. Era raro el día que su cuerpecillo no se adornaba con algún ostentoso vendaje, o se vencía bajo el peso de alguna pesada escayola. Una pierna, un dedito, una clavícula, cualquiera de sus ligeros huesecillos  podía venirse abajo en el momento menos indicado. Era tan flojo que hasta la voz se le quebraba cuando, llevado de algún arrebato, intentaba levantar el tono.

     Al principio, sus desgracias le hicieron ser objeto de lástima, pero como todo en este mundo, la abundancia de estas, hizo que la gente que le rodeaba perdiera su interés por él y la lástima se convirtió -en los mejores casos- en burla. Los niños del colegio, que en un principio le invitaban a sus juegos, poco a poco fueron dándole de lado porque siempre se los fastidiaba. Uno tras otro, todos los días lo mismo: el juego se acababa rápidamente cuando Alfonsito se rompía o doblaba algo, así que, lo que tenía que llegar, llegó, y el chiquillo quedó relegado a un olvidado rincón del patio donde pasaba los recreos leyendo libros.

     Un día que, como siempre solo y escayolado de un brazo, leía bajo el olmo del patio, un pollito de gorrión que vivía en uno de los nidos de sus ramas, cayó ante él. ¡Que mala suerte! Aterrizó al otro lado de la verja y Alfonsito, estremecido, veía como el chiquitín, piaba desconsolado fuera de su alcance. Llevado por la desesperación, metió su bracito escayolado entre los barrotes e intentó con todas sus fuerzas acceder a él para ponerlo a salvo. Exasperado, manoteaba con nerviosismo sin alcanzarlo, y cuando la resignación ya se hacía hueco en su corazón, la escayola comenzó a resquebrajarse. Al poco, y ante sus extrañados ojos, su brazo quedó libre, pero… como si de goma estuviera hecho, se doblaba y retorcía sin control. Alfonsito, que en un primer momento se le pasó por la cabeza salir corriendo para pedir ayuda, cayó en la cuenta que ningún dolor le atenazaba y que podía mover el brazo en cualquier dirección… y hasta estirarlo de una manera nada natural. Con los ojos como platos y el corazón a punto de salírsele del pecho, cogió sin dificultad al desconsolado animal y alargando el brazo uno, dos y hasta  tres metros lo depositó en el nido. Poco después, el brazo volvió a su normal disposición sin que nada ni nadie pudieran creer lo que había hecho momentos antes.

     Alfonsito no cabía en sí de alegría. Allí, en aquel apartado rincón del patio, oculto a las miradas de todos, empezó a disfrutar de sus recién adquiridas destrezas. ¡Parecía de goma! Pero no de una goma blandengue y delicada, sino fuerte y recia; sus piernas, sus brazos, su cuerpo, se doblaban, se estiraban, se encogían y agrandaban a su voluntad. Comprobó como, sin ninguna dificultad, podía subirse al olmo y a la techumbre del colegio, como, desde allí, observar a los niños jugando al fútbol, como introducirse por las rejillas de la puerta de la terraza y entrar en el edificio sin abrir la puerta. Estuvo un buen rato recorriendo, alocado, todo aquellos lugares a los que, como niño normal, nunca tuvo acceso y comprobando que sus habilidades no tenían límite… entró en las cocinas del cole y descubrió la bazofia que les daban de comer; desde la ventana del despacho, comprobó como, su madre que, además de viuda,  era un poco disipada, se ocupaba de intimar con el director del colegio y así, ahorrarse las cuotas de su educación; oyó como los compañeros hacían chanza y burla de su disposición a la dolencia y poco a poco, su alegría se fue apagando. Pesó en utilizar su destreza para la venganza, y disfrutar de ella desde lo alto, hacerles desgraciados de por vida, pero, de vuelta al banco desde donde se iniciara su increíble experiencia, cayó en la cuenta que continuar leyendo y actuar como si nada hubiera pasado, era la opción acertada.

     Miró a lo alto y comprobó que con su alocado piar, el polluelo le daba la razón.



                                                                                                        Aldade




                                                                                        

jueves, 27 de junio de 2013

Foroso blues

Queridos conciudadanos de Colocotroco: Hoy os traigo una historieta. Pensé en incluirla por entregas; dos o tres, para más señas, pero llegué a la conclusión que el mal trago, de una vez, mejor se pasa. Es divertida y alegre, como todas las mías. Espero que os guste.





                                   FOROSO BLUES



Foroso miraba ávidamente con el ojo que la vida le perdonó. Lo hacía con prisa, con desespero, como intentando no ahogarse respirando claridad. El mísero agujero dejó de arrojar luz a la vez que la palada de tierra resonó, estruendosa contra la tapa de madera del cajón. Quiso rehacer el escueto lucernario hurgando con el índice, pero sólo consiguió que un pedazo de aquella vieja y húmeda tierra cegara el único ojo que alguna vez le sirvió de algo. Ya sólo veía las oscuras sombras de la ceguera. Poco a poco, los golpetazos de la tierra cayendo sobre el improvisado ataúd se alejaban de su oído y, al rato, se quedó solo con sus jadeos, el batir de sus sienes y una desesperación que convertía en yeso la saliva que tragaba. Gritó, golpeó la tapa con toda la furia que su pánico podía desplegar; primero con los puños, luego con la frente, después con ambos. Ni un mísero rayo de luz  acompañaba ya su desesperación. Todo era negro a su alrededor. No sabía si quería morir o matarse… no sabía nada. Todo su cuerpo era miedo, su carne era miedo, su mente también lo era; hasta la escasa atmósfera que le rodeaba estaba hecha de febril e irracional miedo…

Cuando su cuerpo agotó la energía que alimentaba la orgía del pánico, su mente se adentró en las sendas del “por qué  yo”  y lágrimas antinaturales fueron vertidas por su solitario ojo y aquel alma deambuló por un universo de pena y autocompasión.

Tiempo hacía ya que sólo oía los sonidos provocados por él mismo; su respiración acelerada, los latidos de un corazón en abierta estampida y unos pensamientos que le gritaban al oído centraban ya toda su encarcelada existencia. Con lentitud, su yo consciente su fue abriendo paso entre tanta irracionalidad;  algo dentro de sí, le decía que todo era inútil ya, que la vida y la muerte iban camino de juntarse dentro de esa masa de carne y hueso doliente que habitaba el exiguo cajón de madera de pino.  Nada podía ya contra la recalcitrante realidad de los hechos consumados. Y, por fin, tras un indeterminado y eterno puñado de minutos,  pensó en dejarse morir.  Sobre él cayeron de golpe las imágenes de una vida desarrapada y licenciosa que hoy, ahora, hubiera vivido de otra forma.
  
Es tan relativa la importancia de las cosas. Qué es tu muerte para el que ni te conoce ni tiene constancia de tu existencia. ¡A la mierda el efecto mariposa!  En ese momento, allí, quieto y espantado, necesitaba descargar de sí la responsabilidad de ser el único al que le importaba su propia muerte. ¿Y el dolor? Que hacía con el dolor. Cayó en la cuenta que, en realidad, no le dolía nada. Sentía que algunas uñas se habían separado de la carne, que la tierra en el ojo le arañaba con denodada crueldad, que el orín escocía con saña la carne de entre sus muslos… Pero nada era eso comparado con la sensación de encontrarse en una caja, solo, a oscuras, a dos metros bajo tierra y sin posibilidades volver atrás… Ese dolor lo tapaba todo.


De niño -recordó con detalle-, sufría cuando tras marcar gol en los partidos de fútbol del patio, los demás chavales se le echaban encima para celebrarlo. Lo dejaban allí, en el fondo de la montonera, asfixiándose, enterrado, inmóvil entre ruidosa carne infantil. Esa inmovilidad lo enfurecía hasta el punto de intentar deshacerse de ella propinando golpes al azar de una manera descontrolada e irracional. Que curioso, exactamente igual…

La cabeza ardía y los pies se helaban en ese cofre de muerte.

¡Cuánto hubiera dado por tener el mismo seso que aquellas lagartijas que enterraban vivas dentro de un tubo de ensayo! Eran lagartijas… Sus desesperados intentos para liberarse no eran más que una danza con que acompañar las risotadas de la muchachada… Y ahora era él el mísero bicho y los otrora gamberros infantiles son ahora sus alegres enterradores. Se los imaginaba sonrientes, gastando bromas a su cuenta como quien nada tiene que reprocharse.  Así eran los hermanos Gabarrón; Juan y Ezequiel. Juan era un poco tonto; zangolotino mayormente. Su desusada fuerza junto a la estrechez de mollera significaban la herramienta ideal para su hermano Ezequiel. Inteligente, sucio y chisgarabís; nada de fiar. Siempre supo que no debía jugarse los cuartos con ellos, pero la vida da vueltas que a todos pilla desprevenidos –cuanto más a Foroso- que nunca fue un dechado de previsión y mesura. Lo que nació un día como bueno, en nada puede torcerse y, con más razón, si Juan y Ezequiel tenían algo que ver en ello.

Foroso, en su ciega imaginación, los veía sonriendo en el bar de Paco, con los codos apoyados en la barra mirándose de soslayo entre trago y trago. Continuamente se enviaban muecas de contenida jactancia. Paco y el resto de la escasa clientela presuponían que algo malo traían entre manos, pero –como siempre-, nadie se atrevería a levantar la voz para preguntarles nada. Ellos –Juan y Ezequiel- lo sabían y eso alentaba su pretenciosa connivencia.

Estos pensamientos estaban consiguiendo que más lágrimas –esta vez de rabia- saltaran del ojo sano y resbalaran por su sien recalando en la reseca madera de la caja. Los músculos que unían sus mandíbulas se tensaban a punto del colapso.  En su alocada fantasía se imaginó a sí mismo sujetando a Ezequiel por la nuca con una de sus manos mientras con la otra le estrujaba el vaso de orujo contra su mellada boca. Podía sentir como el vidrio rompía sus dientes antes de quebrarse. Podía sentir como el afilado cristal cortaba  la carne y cercenaba las venas dentro de esa cloaca hedionda. Podía ver como, tras aflojar la presión, el truhán inclinaba la cara hacia abajo y dejaba caer al sucio suelo cuajarones de sangre mezclados con carne y dientes.

El aire se hacía pesado dentro del cajón.

¿Por qué no habría prestado oídos a su madre? Vieja, sorda, medio paralítica y siempre malhumorada, no dejó ni un solo día de advertirle que dejara esos tejemanejes, que se apañara con el poco dinero que los jornales en la viña llevaban a su casa. Ni los regalos que con las ganancias del trapicheo le hacía, conseguían de ella una opinión benevolente, siquiera podía comprar un triste y mísero silencio… ¿Cuantas veces se los tiró a la cara?

.- ¡No hagas caso a la vieja! Le decía Ezequiel mientras le daba toquecitos en el pecho como para remarcar su sentencia… Ahora, en su desesperada mente, lo veía tosiendo y escupiendo sangre. Salía a trompicones del bar. Su hermano lo sostenía de un brazo para evitar que diera con sus huesos encima del reguero de sangre que iba desperdiciando. Horrorizado, Juan miraba a un lado y a otro intentando encontrar respuestas. Sin demasiados miramientos le soltó dejando caer el peso de su hermano sobre el pavimento. Este, de rodillas, parecía recobrar el resuello y solo un hilillo de sangre le unía al suelo. Demudado, levantó poco a poco la cara. Desfigurada de rojo y carne, dejaba traslucir odio y miedo a la vez.

.- ¡Maldito cabrón! Pensó Foroso y, en su resuelta ensoñación le clavó las rodillas en la espalda haciendo que toda la fisonomía de Ezequiel tomara contacto con su sucia sangre y, asiéndole del pelo, comenzó a machacar su cara contra el empedrado; primero lentamente y, después, con la cruel saña de una rabia no contenida.

En su encierro, Foroso no sabía si tenía los ojos abiertos o cerrados. ¡Daba igual! Esporádicamente, algún punto de luz brillante surgía en su oscuro campo de visión -sería la tensión arterial-. Según Ezequiel, algún día la sal acabaría con él. ¿Y qué sacamos de  esta puta vida sin sal en la comida? –se defendía Foroso. ¡Total, de algo hay que palmarla! ¿No?...

Lo que daría por un poco de agua; agua como la dejada por el corto aguacero y que corría pegada al bordillo calle abajo. La sangre de Ezequiel se la imaginaba mezclándose con ella, juntando fuerzas en su viaje hacia las cloacas; sirviendo a las ratas para calmar su sed. La cara del botarate aparecía ya como una masa de carne a medio picar; a estas alturas, tantos y tan fuertes golpes, no podían destrozarla más… Pero el cerdo aún se movía y Foroso se imaginó, a horcajadas como estaba sobre su espalda, metiéndole ambos dedos pulgares por la base del cráneo, apretar hasta el hartazgo y sentir romperse cosas ahí dentro. Como si de un baile se tratara, Ezequiel desplegó una de sus coreografías más originales. El cuerpo del desgraciado se llenó de temblores agónicos y estertores que a Foroso –dentro de la caja donde estaba- le hicieron sonreír de gusto.

…Y Juan; ¿dónde estaba?

Con la excitación del macabro sueño que acababa de terminar, Foroso lo había perdido de vista. ¡Pobre estúpido! Aunque, si cabe, era el peor de los tres. Fuerte como un buey y con la malsana inconsciencia del que ni tiene ni tendrá nunca remordimientos. Siempre dejaba las decisiones en poder de su hermano para, después, convertirse en la feroz, cruel y satisfecha mano ejecutora. Recordó Foroso el día que fueron a cobrar un trapicheo a una casucha de las afueras. El infeliz con el que iban a saldar cuentas se deshizo en súplicas suplicando más tiempo para pagar mientras, al fondo de la estancia, una chica que sostenía en brazos a un niño de dos o tres años, temblaba fuera de sí. Juan, a una leve indicación de su hermano,  se les acercó con lentitud y una sonrisa tierna entre los labios. Con el dedo índice acarició la suave mejilla del crío a la vez que le dirigía palabras amables y cariñosas. Cualquier zote habría supuesto que aquella parafernalia no presagiaba nada bueno. Con suavidad, con esmero, casi con precisión quirúrgica, extrajo al niño de los brazos de la chica que, como si no tuviera otra salida, lo cedió temerosa. Juan, entre palabras de esas que sólo si se dicen a un niño tienen sentido, comenzó a juguetear con una de las blancas manitas del bebé. Se pasaba los dedos por la boca resoplando y haciendo gestos. El niño no dejaba de lloriquear. Ezequiel se divertía con la escena. Pasaron unos segundos y el incierto desenlace se sustanció: Juan, con un gesto instantáneo, intemporal, descargó una brutal dentellada sobre el dedo pulgar del niño. El dedo no se desprendió al momento, Juan tuvo que pegar tres o cuatro fuertes tirones para que el recalcitrante trozo de carne se desprendiera. Cuando fue así, con la pieza entre los dientes y una mueca de hiena ensangrentada, entregó amablemente el niño a la chica que desencajada, mezcló sus gritos con la sangre y el llanto del vástago. ¡Cuánto se rieron a cuenta de aquello!

No sentía el cuerpo; ninguna parte le molestaba por separado. El dolor se había convertido en un todo unido a él. Foroso ya no intentaba moverse; toda su energía se estaba derrochando en pensamientos y ensueños que a fuerza de ser deseados, parecían más reales que la vida misma. Ni los dedos descarnados, ni el ojo, ni la frente quebrada, ni las rodillas en carne viva le molestaban ya. El aire, terriblemente enrarecido, y el calor se habían convertido en el indispensable maná que daba fuerzas a una mente desequilibrada.
 
-¡Ah! Ahí esta Juan. Inmóvil, miraba lo que quedaba de su hermano desde el otro lado de la calle. Una mano caía muerta a un costado y la otra se apoyaba en el borde de un metálico y entreabierto contenedor de basura. La boca receptiva y los ojos captando todo lo que el mundo quería enseñarle. Foroso se imaginó acercándose a él, acercándose hasta casi tocar cara con cara, oler su aliento alcohólico y desbocado, sentir su miedo… Asió la pesada tapa del contenedor y con toda la fuerza de su desesperada fantasía,  lo cerró sobre la mano. Juan no cambió de expresión, solo la dirección de su mirada. Con lentitud, casi con teatral parsimonia, contrajo el brazo comprobando sin inmutarse que media palma de su mano izquierda, incluido cuatro dedos, solo se mantenía unida al resto por jirones ensangrentados de naturaleza indefinida. Levantó el destrozo y colocándolo a escasa distancia de su rostro, lo observó embobado durante unos segundos. Los ojos se le salían de sus cuencas. Sin tomarse siquiera un leve descanso, la imaginación de Foroso sacó una pequeña navaja del bolsillo del pantalón y así, cara a cara como se encontraba, se la clavó hasta la empuñadura en la mejilla. Al entrar, la hoja tocó hueso y se partió, quedándose, a pesar de ello, firmemente hundida en la carne. Juan, absorto, sangraba abundantemente por la boca. Y tras unos pocos segundos, giró sus miserias e inició una lenta huída hacia ningún sitio.   

En su claustrofóbico encierro, Foroso esperaba el fin elaborando fantásticas venganzas, ensoñaciones que ponían macabro epílogo a una existencia soez de cabo a rabo. Su mente retorcía los deseos hasta que estos olían a realidad. En los escasos instantes que su percepción se dejaba de fantasiosas ensoñaciones, maldecía su ser, su vida y todo lo que en ella pasó.

-Esos hijos de puta seguirán de fiesta -pensó-.

Sintió un pinchazo en la cuenca vacía. Desde hacía rato no sentía nada y esto le sacó de su fantástico y violento capítulo. ¿Por qué tiene que dar por culo algo que no existe? Si algo le había destrozado la vida, seguro que fue lo del ojo. El trabajo en la agencia de transportes, aunque ocasional, empezaba a dar sus frutos y habían prometido hacerle fijo. “Si te portas bien…”-decían-. Se  había jurado amor eterno con Carlota y tenían  planes… Pero esa puta manifestación. Se fue a la capital como le pidió el sindicato. Había que protestar; no recordaba bien por qué, pero había que protestar… Y así lo hizo hasta que un pelotazo de goma dejó su futuro a oscuras. A partir de ese día en la agencia no hubo trabajo para un tuerto y Carlota se fue del pueblo buscando alguien con más ojo para ganarse la vida. Desechado de todo, se refugió en casa de su madre que, aunque nunca fue muy acogedora para con él, en esa ocasión levantó la mano.  Poco tiempo pasó antes de que el dinero se acabara y la escasamente generosa hospitalidad materna pasó a ser un constante ir y venir de reproches e insultos. Su vida  estaba más vacía de expectativas que la cuenca de su ojo. Sus iniciales búsquedas de trabajo se convirtieron con el tiempo en un motivo para salir de casa y deambular sin destino; ausencia de rumbo que, indefectiblemente, finalizaba en el bar de Paco. Hasta que llegó el maldito día que el mesonero le presentó a los hermanos Gabarrón. Estaban bebiendo y riendo en la barra –como siempre- pero, si bien, nunca habían reparado mutuamente, ahora, con el aumento de visitas al establecimiento por parte de Foroso, fue cuestión de tiempo.

A partir de ese momento, Foroso encontró interlocutores que prestaran oídos a sus desgracias.

Cada vez, el aire dentro del cajón era más y más irrespirable. Seguramente habría alguna mísera filtración a través de la tierra que tenía como fin último prolongar su agónico final.

Los Gabarrón tocaban todos los palos en los que el esfuerzo fuera mínimo y los rendimientos máximos. Putas, drogas, extorsión; nada era suficientemente malo si era suficientemente rentable. En un principio le resultó… digamos,  chocante. “Trabajitos” como dar la primera paliza que a priori podrían resultar complicados, resultaron después gratificantes;  romper controladamente algún hueso, violar alguna tía, se le dieron a conocer poco a poco como la sal y la pimienta de un negocio realmente boyante. Foroso no conseguía recordar exactamente cuanto tiempo había transcurrido desde aquellos primeros pasos con los Gabarrón; tres, cuatro años, ¡Que más da! Lo cierto es que no tardó en conocer todos los entresijos del negocio. Controlaba todo con las únicas herramientas de su cerebro y su falta de escrúpulos: Igual o mejor que Ezequiel y Juan… Todo fue bien mientras los dos hijos de puta se embolsaron la mejor parte…

Sus pensamientos se mezclaban con el ruido que el propio Foroso hacía intentando respirar. Notaba la cara ardiente y, por más que desencajara la boca, el aire que entraba no era mejor. Sus pulmones suplicaban, mendigaban algo útil con que ser llenados… La cabeza se le iba…

-¿Donde estará Juan? –Pensó-

 Lo buscó con la mente, escudriñó los alrededores del pueblo, en el río, en las eras… ¡Allí, allí estaba! A lo lejos, Juan se afanaba inclinado sobre el suelo. Desde su posición, Foroso no veía con claridad en qué se ocupaba. ¡Da igual! El espacio se contraía entre los dos.

Los pulmones le reventaban de dolor y un mareo intenso le hacía dar vueltas dentro de la oscura y mortal caja. Un sonido sordo y repetido se mezclaba con sus agónicas inspiraciones.

Escasos metros separaban a Foroso con su fantasiosa y ciega venganza de un Juan que se afanaba manipulando algo en el suelo…

¡Aire! Un cierto frescor de oxígeno renovado invadió sus pulmones. ¡Sí! Los sordos golpes que llevaba oyendo desde hacia unos cuantos segundos no los propinaba su mente, venían de fuera y eran cada vez más fuertes. Pequeñas porciones de tierra volvieron a caerle en el ojo bueno… -¡Me van a sacar de aquí!- pensó.

Foroso, eufórico, comenzó a gritar desesperadamente. Quería decirle a sus salvadores que seguía vivo, que se dieran prisa, que no podía aguantar más. La luz acertó a entrar de nuevo por el escueto agujero agrandando las ya enormes esperanzas de Foroso. Con un golpe seco, el filo de una pala se abrió paso entre las tablas que conformaban la tapa del cajón y sus salvadores empezaron a apalancar desde fuera. Unos dedos fuertes y ásperos entraron por la grieta recién abierta y tiraron de la tabla  hasta que esta, con un fuerte crujido, saltó. Un deslumbrante chorro de luz cegó su ojo. -Gracias, gracias-,  -balbuceaba Foroso a sus desconocidos bienhechores-. Poco a poco su ojo pareció distinguir algo…

-¿Juan?

Sí, era Juan. El gigante apartó la tabla con la única mano indemne que le quedaba, cogió la pala y por el ancho hueco recién abierto en la tapa empezó a descargar golpes con su afilado borde. El primero de ellos seccionó la mano derecha de Foroso por la muñeca y, antes de que el segundo partiera su cabeza en dos, pudo observar como la navaja clavada en su mejilla no le impedía reír como un poseso.



                                               FIN




                                                                                 Aldade

viernes, 14 de junio de 2013

El perro que miraba fijo a la pared.

     Estimadísimos colocotrocos: En este desierto reino en el que vuestro Rey clama al  cielo sus historias de solitario contador, no son imprescindibles las opiniones, pero si apreciadas.
     La historia que os presento, como la mayoría de mis aportaciones al fantasioso devenir de la holganza, no es muy alegre que digamos, pero, como dádiva que os ofrezco, deja un poso de esperanza que al optimista alegrará y al pesimista dejará impávido.





EL PERRO QUE MIRABA FIJO A LA PARED
  

…Y un día alguien oyó gemidos en el contenedor de basuras. Y rebuscó entre la mierda. Como quien abre la ventana a un limpio amanecer de primavera lo descubrió. Estaba dentro de una de las hediondas bolsas de plástico; allí, como la única pieza móvil de un estático y maloliente puzzle, estaba  Un rayo húmedo unió sus miradas y una lazada invisible anudó sus destinos para los restos. Ambos tuvieron conciencia de ello. Aupándose sobre la punta de sus pies y sobreponiéndose al borde del contenedor, el hombre tendió los brazos para asir con firme delicadeza la inquieta figura del cachorro. Pataleando, arañando el aire, el pequeño animal intentaba hacer desparecer cuanto antes el espacio que le separaba de su alegre benefactor. Obviando el nauseabundo olor y la mugre, este, lo apretó suavemente contra su pecho rociándolo en segundos con más cariño del que había dado a sus semejantes durante toda la vida. El azaroso manojo de nervios le lamió la barbilla, el mentón y le arañó el cuello como meloso pago a los servicios recién prestados.

Cuando llegó a casa buscó algo donde poner a vivir el premio que traía de la calle. Con obligada provisionalidad, pero con infinita delicadeza, lo acomodó en el cesto de la ropa sucia. Allí, y sin retirar las prendas que contenía, lo dejó mientras buscaba un cacharro donde poner agua. El tiempo que duró la búsqueda fue interminable y el perrillo no dejó de llorar ni por un solo instante; arañaba el interior del cesto intentando escalar el muro de mimbre que le rodeaba… impaciente… desesperado ante la idea de perder a su salvador. Pero sus infundados temores se desvanecieron cuando una mano caliente y amigable lo izó en el aire sujetándolo por el vientre y lo posó sobre el suelo frente a una bacinilla con agua. El hombre miraba hipnotizado el cuadro mientras el pequeño animal saciaba ruidosamente su sed. Ávido, lanzaba lengüetazos al contenido del recipiente salpicando y salpicándose sin pudor. Cuando, poco a poco, la acuciante necesidad fue a menos, los chapoteos disminuyeron de frecuencia, permitiéndose lanzar miradas hacia arriba buscando a su, ya seguro dueño y salvador.

En un principio, según goteaba el tiempo, hombre y cachorro trabaron sus almas, enhebraron sus vidas dándose significado el uno al otro. Contentos y seguros de si, se paseaban mutuamente con el orgullo del que tiene algo que enseñar. El parque se dejaba ocupar como propicio escaparate donde enseñorear dignidades ante la envidia ajena. Ambos gozaban: El hombre, ante tantas muestras de lealtad y cariño y el animal, henchido de atenciones y alimento. Era novedad para una mente previsible por su propia simpleza. El tipo se maravillaba por el poder recién descubierto, por ese “no sé qué” que mantenía al animal sujeto a sus faldones cuán desatado cordón al humilde zapato. Charlaba a diestro y siniestro con orgullosa prestancia mientras el animal olisqueaba las traseras de los otros perros del lugar. Arremolinados en alegre algarabía, hombres y perros requerían nuevas sobre el feliz ayuntamiento hasta que un día, víctima el amo de cierto agobio, alejó al can de su exitosa reunión social con un brusco tirón de correa dando, con cierto desdén, por concluida la reunión. El perrillo, herido en su sencillez, no comprendía tamaño desprecio al divertimento y a la felicidad. Gemía sorprendido mientras se retrasaba a su jefe intentando retomar lo abandonado. Tirón tras tirón y reproche tras reproche llegaron al hogar. Una vez allí, los otrora mimos y halagos se fueron trasformando en brusquedades y desaires cada vez que la hiperactividad del ya-no-tan-cachorro provocaba el más nimio de los trabajos o incomodidades.

Ubicado en un pequeño patio, al fondo, con tres paredes blancas y una puerta a la negrura del pasillo, poco espacio y mucho tiempo tenía para desarrollar su naturaleza. Mucho tiempo para no comprender porqué su amo, otrora feliz y dadivoso, ahora sólo mostraba enfado y fastidio; por qué, ese pasillo que había tras la puerta, nada más que tristeza y temor traían. Su mundo, sin prisa pero sin pausa, se fue convirtiendo en una eterna espera… La comida, el paseo, la compañía de su dueño… Llegó un momento que la espera tampoco le traía nada bueno. La puerta sólo escupía miedo y ninguna de las prebendas añoradas: Comida, la justa y de mala gana; paseo, el necesario para que sus necesidades sólo ensuciaran la calle y no la casa propia… y de compañía, nada, si no era para recriminar todo lo recriminable. Bendita ignorancia la que le hizo pensar que si no miraba esa infausta puerta, dejarían de cebarse en él desmanes e  infortunios; que dándole la espalda a la fuente de todos sus males, retomaría la senda de la felicidad; así es que decidió mirar sólo a la pared. En un principio su vista escapaba del blanco tedio lanzando furtivas miradas de reojo al centro sus temores -la puerta- pero como quiera que la mala vida siguiera saliendo por ella igual que antes, redobló su voluntad y, días después, siquiera se permitía parpadear. Así, sentado sobre sus cuartos traseros pasaba las horas. Comía y dormía de cara a la pared; hasta cuando el hombre lo sacaba del cubículo, el animal lo hacía con la cabeza gacha y la mirada perdida en el suelo, y todo por no pasar el trance de mirar cara a cara a su enemiga: la puerta.  Una vez en la calle, volvían los tirones, patadas e improperios; más tazas del mismo caldo.

En estas estábamos cuando vino el hombre a preguntarse por tan rara actitud. Lo que de nuevas fue extrañeza, de maduras se convirtió en punzante y malsana curiosidad.
-No se está horas y horas mirando a la pared sin una razón, y por muy irracional que sea el bicho,  alguna habrá –Pensó-

En momentos de delirio inquisitorial, dejaba su caliente sofá para, con un arranque de interesada afabilidad, preguntarle al perro. Sabía a pies juntillas que cualquier contestación era imposible, pero el corazón tiene caminos que la razón desconoce y en “premio” a su silencio le regalaba con algún manotazo que otro, a lo que el animal reaccionaba reafirmándose en su postura contemplativa. No admitía que aquel insensato fuera el mismo que le había sacado de la basura, no podía admitir  que semejante trasformación existiera en los humanos. El hombre, en su soberbia, se resistía a pensar que aquel maldito perro pudiera sumirle en semejante incertidumbre y haciendo acopio de  toda la desquicia que era capaz, volvía a la carga… Y patada a patada regresaba poco a poco a una provisional cordura, antesala de otros desatinos.
-¡En qué estaría yo pensando cuando te saqué de la mierda! Rezaba de vuelta al sofá.

         Y así pasaban los días: Penando como si no hubiera más remedio. La blanca pared, por oposición a la maldita puerta, se fue convirtiendo en el fin más que en el medio, en la meta que buscaba jornada a jornada como cotidianidad alternativa. Cualquiera que observara la escena desde fuera, tendría serias dificultades para discernir si su mirada terminaba en la encalada superficie o iba más allá, hacia  alguna luz que diera cuerda a su monótona existencia. Cualquier ser consciente hubiera pensado en la diferencia existente entre el camino de la vida y el camino hacia la muerte,  pero en el animal se traducía en una pena infinita, maciza, perversa; llena de frustración ante lo desconocido e inexplicable.

         Quieran los hados que un día, mientras el hombre paseaba su miseria colgada del collar, el animal observó con sorpresa un contenedor de basura desusadamente familiar… ¡Sí! Es aquel del que le sacaron para dar con sus huesos en este mundo. Allí estaba, con su tapa anaranjada y sus ruedas negras, allí estático y misterioso. Entre tirón y tirón, la visión de aquel objeto no hacía más que querer sacarle los ojos, su estómago desapareció dejándole un hueco incómodo. Al doblar la esquina, su mente rumió y rumió, la perturbadora imagen tensó sus músculos y redobló su pena hasta hacerle gemir de forma escandalosa, lastimera. En esas estaba cuando, en uno de los tirones, la correa se soltó del collar sin que el humano se diera percato de ello. Como rama que se traga el remolino, algo dentro de sus instintos dio la energía suficiente a sus patas para que volviera sobre sus pasos en frenética carrera. Desdoblando la esquina y aprovechando el impulso de su veloz carrera encaramose de un salto dentro del contenedor que le vio nacer.


Ni tan negro ni tan frío como lo recordaba, sólo quiso que alejarse del desapacible amo que el azar le dio y acurrucándose entre la mierda esperó que no le encontraran y que otro sueño viniera pronto.



                                                                     Aldade

martes, 4 de junio de 2013

Cosas de la vida (Segunda parte)


COSAS DE LA VIDA (Segunda parte)






Estimados Colocotrocos: Espero que esta locura de historia, no sea circunstancia agravante y me echéis más pestes de las que yo pudiera echarme; pero, si bien es verdad, que lo escrito, escrito está; no me vendría mal que me dijerais que os parece. Tened seguro que aquel que diga que no le gustó, tendrá mi más sincero desprecio... -es broma, o no, depende del día-. 





Desta, que ha permanecido todo el tiempo junto a los chiquillos comprueba que uno de ellos, el mayor, hijo de Lina, ha vivido la escena con nerviosismo. No dejó ni un momento de tocarse los órganos sexuales y eso sólo quiere decir una cosa: que no va a pasar mucho tiempo en el grupo; pronto habrá que echarle.
Las siguientes jornadas transcurren con la rutina de la supervivencia. Desta y Dora encontraron un camino nuevo al río menos arriesgado que el que usaron los dos primeros días, pero más largo. En vez de ir directos, rodea el cañaveral y les lleva a una despejada playa de arena gruesa en la que se puede beber sin miedo a que nadie se acerque sin ser visto. 
A los pocos días, en una salida para buscar comida, una serpiente picó a Resa en el muslo y desde ese momento, sólo una vez más bajó a beber al río; de eso hace ya tres días. Desta no para de lamerle la herida, pero el aspecto de la pierna es cada vez peor: sin tomar agua y con la escasa comida que le proporcionan sus compañeras, se debilita día a día. A todo esto hay que sumar el hecho de que el abrigo que ocupan está infectado de chinches y garrapatas y a ningún miembro del grupo se le escapa que ahí, no pueden estar mucho tiempo.
Resa pasa el día sentada y con la mirada fija en la línea negra del horizonte y eso intriga a Mila que, como pidiendo respuestas, se sienta de vez en cuando a su lado. Con el cuerpo, con la mirada, con todo, Resa pide a Mila que lleve al grupo allí: a la lejana línea negra de horizonte que siempre la atrajo tanto… y Mila sabe que obedecerá esta última orden.  Mila es, de hecho, la nueva jefa.  Desta está demasiado vieja para suceder a su hermana y es consciente de ello; si quiera hizo intentos de oponerse a Mila cuando esta comenzó a tomar decisiones.  Al quinto día, Resa empeora. La pierna está morada desde la cadera hasta la rodilla y no puede moverla, aunque lo peor es que, entre el sudor y el sufrimiento, se está dejando morir. Mila y Desta lo saben y no van a hacer nada por remediarlo.
Ese mismo día, al amanecer, el grupo de búsqueda de comida ha matado un toro y junto a las raíces, frutos y otras cosas que  tenían almacenadas, les permitirá mantenerse durante algunas jornadas más. La alegría por la comida supera con mucho al hecho de que Resa haya dejado de moverse y su color sea el de los blancos cantos del río; es más, diríase que aquel cuerpo muerto que va a pudrirse pegado a la pared del abrigo, no hubiera sido nunca nada para el grupo.
Cuando, al poco tiempo acaban con la carne del toro, Resa ya está en irremisible estado de descomposición y ni la cara, el pelo, los pechos…  da pistas sobre la fortaleza que un tiempo atrás, hospedaran.
Mila sabe que hacer y, con el mismo impulso de voluntad que un día usó la difunta Resa, pone en marcha al grupo. Las mujeres, los chicos, y los tíos que siempre las siguen, no necesitan que les concrete nada, no necesitan protocolos ni directrices, hacen lo que Mila cree que deben hacer y… ¡ya está!, sin dilaciones, sin justificarse en nada.
Mila, la nueva jefa, tiene claro el camino. La línea negra le espera allá, al fondo de todo lo que se ve. Nunca antes recuerda haber estado allí; si quiera lo suficientemente cerca como para que dejara de ser una línea negra en el horizonte, pero la atracción que ejercía sobre Resa es el único e intangible legado que esta le dejó y no tiene por más que aprovecharlo. A su básica inteligencia no se le escapa que el camino es largo y, como todo en este maldito mundo, difícil y desagradecido, pero… no tienen otra cosa que hacer.
Las nubes aparecen una buena mañana y Mila interpreta la señal: Buen momento para emprender el camino.  No han llegado aún al río que deben atravesar y la lluvia se les une al trayecto. Copiosa pero amable, la reciben con ilusión y algarabía. Los niños saltan sobre los charcos de la senda y las mujeres se frotan los cabellos y el resto del cuerpo ayudando al agua a desprender la suciedad que se les acumula encima. La piel recupera su color y el pelo negro aparece bajo el barro. El caminar se hace más dinámico y alegre y el habitual silencio se ocupa con una colección de gritos y murmullos poco frecuentes. Los chiquillos al centro, en vanguardia Dora y cerrando el grupo, Mila con el resto de las mujeres.
Cuando llegan al río, comprueban que el chubasco lo ha hecho crecer dificultando su vadeo y cada mujer  ataca aquel caldo violento y marrón con un chiquillo a horcajadas sobre sus hombros; todos menos el niño mayor que, aunque el agua le llega al cuello, se apaña sin ayuda.  Ese y los días siguientes atravesarán otros ríos, grandes y pequeños, zonas desérticas donde el suelo les abrasa los pies, cerrados bosques de pinos y encinas, barrancos… y la línea negra del horizonte sigue allí, impertérrita, como desafiando la voluntariosa misión de Mila y su grupo. A medida que avanzan cambia el paisaje, las plantas, los animales, todo; todo menos los palos que se mueven; esos están siempre ahí llamando ahora la atención de Mila como antes lo hacía de Desta. ¿Por qué no crecen?, ¿Porqué no se marchitan como las otras plantas?; son todos iguales, ni grandes ni pequeños, iguales… Mila no alcanza a comprender muchas cosas de las que rodean su mundo, pero eso ni le quita el sueño ni distrae su responsabilidad de mantener al grupo activo y entero. Mila –sólo hay que verla- no está para preguntarse sobre si su misión en ese mundo es tal o cual, tampoco para encontrar justificación a una vida tan dura e inhóspita, Mila está para lo que está, vivir y ayudar a vivir a su clan; nada más entra en sus pensamientos.
 Comen lo que la tierra les ofrece; poco y sin ninguna cadencia previsible; llevan varios días sin carne y los cardillos se han convertido en los protagonistas de una escasa dieta que complementan con insectos y caracoles.  Al amanecer, escucharon una gran agitación entre los matorrales a poca distancia de donde estaban pernoctando. Olía a hombre y a sangre. Cuando la perturbación había pasado, Dora y Desta salieron a explorar y al poco tiempo regresaron arrastrando por los tobillos el cuerpo de un tío muerto. Era pequeño y escuálido; tenía una pierna mucho más pequeña que la otra, un agujero en el cuello y otro mucho más grande en el estómago. Ese día comen bien. Dora ofrece a Mila el primer bocado: el pene y los testículos de la pieza, como debe ser y el resto de la carne llega hasta el último de los niños.
Al medio día, con el calor de protagonista y la somnolencia propia de los estómagos llenos, la escena es más relajada que de costumbre; -ni los niños se mueven- hasta que algo solivianta la paz del grupo. Uno de los chicos, el mayor, se ha ido acercando poco a poco a Mía que, tendida de lado en el suelo, duerme placidamente. Con el descaro que da la necesidad, comienza a frotar sus excitados órganos sexuales contra las nalgas de Mía;  esta, al sentirlo, da un respingo y, poniéndose de pie, agarra al chico de la cabellera zarandeándolo con una violencia inusitada; arañando su cara le lanza patadas que buscan sin decoro su entrepierna. Mila y el grupo observan la violenta escena con una cierto y contenido nerviosismo: algo les dice que no deben intervenir. Los niños se arremolinan alrededor de Dora que sin prestarles atención, permite que se refugien bajo sus brazos, entre sus pechos y junto a sus piernas; está rodeada de chiquillos asustados. Como queriendo dar por acabada la paliza, Mía le da un fuerte empujón alejándolo de ella; el chico cae sobre la tierra deslizándose por encima y se queda quieto, como muerto. Mía se ha quedado inmóvil, de pié, como esperando su reacción. Unos instantes pasan hasta que se levanta lentamente;  desolladas las rodillas, sucio y sudoroso, con rabia en el gesto; lanza una mirada a todo el grupo, uno por uno terminando en Mila, la jefa, y tras un sonoro bramido, gira sobre sus pies y corre veloz a perderse entre los matorrales… No volverán a verle más como a un chiquillo.
Ahora, cuando todo ha vuelto a calmarse, Mila piensa que cada vez son menos caminando hacia al línea negra. Desde que iniciaron el viaje las cosas han cambiado bastante: dos chicos han muerto, otro creció  y se fue, Resa, su madre y antigua jefa del grupo, se quedó sin vida en aquel abrigo de piedra, además, Desta, su tía, más que una ayuda es una carga y pronto llegará su hora. Su instinto le dice que deben acelerar el paso; que aunque Mía y Lina estén preñadas, no es suficiente y a esta velocidad de marcha, nadie llegará a ese lejano destino. Ante esta determinación, al grupo no le queda otro remedio que redoblar el esfuerzo aumentando el ritmo.
Durante las jornadas que siguen, el agotamiento hace mella entre algunos. Para Desta, seguirlos es una tortura evidente: el esfuerzo y la escasa o nula alimentación está convirtiendo en un saco de huesos a la otrora fuerte y dinámica mujer. Su estatus ha bajado tanto en el grupo que a la hora de repartir la comida, está –incluso- por detrás de los niños. A una de las chiquillas le ha sorprendido la menstruación y automáticamente dejó sus juegos con el resto de los críos y lo que en otro momento hubiera sido motivo de alegría, ahora es otro problema; los hombres la huelen y, hasta que la preñen, será un ir y venir de tíos peleándose.
Momentos antes del anochecer, a Mila le pareció ver la línea negra más ancha que de costumbre, como si el viaje que habían emprendido empezara a dar sus frutos; llevan mucho tiempo en marcha y desde hace bastantes días, el terreno por donde pasan es completamente nuevo para ella. Cuando al caer la noche, se detienen a descansar, observa con cierta curiosidad como si algunas estrellas se hubieran posado encima de la línea negra formado una procesión perfecta, como si una gran cantidad de luciérnagas estuvieran descansando en el horizonte. La sensación es extraña; hasta ese momento no se había dado cuenta.  Absorta como está, no advierte como Desta, su vieja tía, se interna en el monte. Otros miembros del grupo sí se dan cuenta, pero no hacen nada, todos dan por hecho lo que la vieja mujer pretende… y eso que busca, algo tiene que ver con la muerte. 
Poco antes de amanecer, emprenden nuevamente su viaje. Por la noche han oído a los lobos y  a ninguno de los del clan se les escapa que Desta les ha servido de sustento; ha preferido morir sin sufrir la agonía de su hermana Resa. A nadie entristece la falta de Desta, por que todos saben que la muerte no es más que una fase más de la vida y no son ellos nadie para decidir quien vive y quien muere, además, qué es la muerte para mentes tan ocupadas en el día a día; pensar en otra cosa sería un derroche inexcusable.
La mañana es fresca y algunos árboles de hoja caduca empiezan poco a poco a dejarlas caer al suelo. Mila sabe que si no alcanzan pronto la línea negra, deberán quedarse a pasar el invierno en alguna cueva y abandonar el viaje hasta la siguiente primavera. El frío es de esas cosas que vienen tan de poco en poco que no te das cuenta y, cando lo tienes encima es tarde y ha matado ya a tres o cuatro niños, así es que no deben descansar más de lo necesario; de hecho no se detienen a buscar comida, sólo se alimentan de la que encuentran en el propio camino. Con el agua lo tienen algo mejor; el terreno por el que llevan varios días discurriendo esta salteado por numerosos arroyos y eso, afortunadamente, no es un problema más. Se detienen a beber en uno de ellos cuando un olor reconocible despierta la atención de la jefa. Es humano, pero no de hombre, sino de mujer y prestando la debida atención hacia el lugar de su procedencia, se percata de que los matorrales esconden con dificultad a su dueña. Una cabeza joven se deja ver entre el ramaje; ojos expectantes se esconden asustado. Mila no percibe el olor de más individuos, así que baja su inicial nivel de alerta al no reconocerla como amenaza; a pesar de ello, lanza un grito para asustarla y la cabeza se oculta rápidamente. La operación se repite varias veces con el mismo resultado aunque, progresivamente,  los gritos y aspavientos de Mila son menos amenazadores y su perseguidora tarda, cada vez, más en ocultarse.
Pasado el sol de mediodía,  la hembra les sigue descaradamente, sin esconderse en absoluto. Denota un punto de temor evidente; temor que no es capaz de ocultar un cierto orgullo en la forma de caminar y un atisbo de altivez en el gesto. Alta y bien formada, deja ver que ha comido bien últimamente y la larga y enmarañada cabellera negra no da para cubrirle unos inflados pechos; ha parido hace poco y gritan a los cuatro vientos su necesidad de ser mamados. Tiene físico de líder y eso incomoda a Mila. Su recién ganada posición no ha cuajado lo suficiente aún como para sentirse segura de sí en ese aspecto.
A media tarde paran en un sombreado remanso del río y mujeres y niños se acomodan para descansar; todos menos Dora y Mía que se encargan de la vigilancia. La extraña se ha recostado en un árbol y entrecierra los ojos a pocos metros del grupo. Uno de los niños, el más pequeño, llevado por el descaro del que carecen los demás, se acerca a ella sin que es resto se de cuenta y con la aquiescencia de la mujer, comienza a mamar de uno de sus pechos. Al poco, otro de los chiquillos hace lo mismo y un tercero, reparando en que ya no hay pecho al que asirse prorrumpe en un sonoro llanto. Tanto las de guardia -para las que la escena hasta ese momento había pasado desapercibida-, como el resto, se sobresaltan y tras la sorpresa inicial se mantienen expectantes esperando que Mila, la jefa, tome alguna iniciativa. Esta salta sobre sus pies y alcanzando en pocos pasos el lugar de la escena, arranca abruptamente a los niños de su placentera ocupación. Asidos por la cabellera y arrastrados por el suelo son devueltos al grupo de chiquillos  que rompen a llorar solidariamente. Mila se vuelve y mira a la extraña buscando sus ojos; observa como sus pechos se agitan rezumando leche y sin cambiar de postura, le devuelve la mirada con un gesto que denota mitad enfado y mitad preocupación. Tras unos tensos segundos, los niños callan, Mila se sienta  de nuevo en el suelo y la extraña cierra los ojos.
Los palos que se mueven se han vuelto locos; para la jefa no cabe duda: Los palos tienen algo que ver con el grupo: Siempre que sucede algo en él, siempre que algo cambia el diario devenir de las cosas, los palos se agitan, se remueven, es como si el corazón de los integrantes del grupo también bombeara su sabia.
Esa noche salen a cazar. Mila, Lina y Dora forman el grupo de caza y esta última encuentra un rastro que no puede ser más que el de un grupo de venados. Saben de la dificultad que comporta su captura, pero necesitan carne. Son muchos los días a base de vegetales y la falta de grasa se nota descaradamente en la extrema delgadez de los niños. No pasa mucho tiempo hasta que Dora endurece sus facciones y dirige su sensible nariz hacia una zona del bosque de encinas que tienen delante. Las jaras ocultan algo. Si sigilosa era la marcha hasta ese momento, a partir de ahora sus pasos se vuelven imperceptibles. Con el aire en contra y la respiración contenida, sujetan con fuerza los sencillos palos que utilizan como arma y aguzan todos los sentidos. Dora que comanda el grupo se para y con un ligero movimiento de cabeza hace que sus compañeras se dirijan a derecha e izquierda buscando rodear una presa que aún no ven. No bien se han separado diez o doce pasos a cada lado, Dora salta hacia los matorrales dando un sonoro y desgarrador grito. Todo sucede en unos pocos segundos. Los componentes de un grupo de venados que pastaban tranquilamente en el silencio y la paz de la noche, se dispersan huyendo en todas las direcciones. Saltan, brinca, driblan y en nada, desaparecen. Las tres integrantes del grupo de caza confluyen jadeantes en un claro del bosque sin que ningún animal haya sido acorralado. Se miran agitadas y con cierto desconsuelo en sus ojos. Saben que no pueden permitirse derrochar energías en infructuosos ataques como ese; pero también saben que de nada servirá que continúen mucho tiempo mascullando de donde pudo provenir el error. De improviso, un sonoro agitar de matorrales les sobresalta a un lado. Como sopladas por el viento de la necesidad, corren desaforadas en esa dirección y tras apartar los matorrales que le impiden la visión comprueban que alguien les ha ganado esa partida.
La extraña, la mujer que les sigue, está a horcajadas sobre el costado de una cierva que patalea y se agita sin conseguir levantarse. Tiene fuertemente sujeta la cabeza del animal por una oreja y el hocico y mientras mira orgullosa una a una a las sorprendidas mujeres del grupo de caza, retuerce con un rápido movimiento el cuello de la asustada bestia. Inmediatamente la resistencia ceja y la extraña suelta su presa, se reincorpora y, de pié ante su trofeo, la ofrece con un gesto solemne al sorprendido grupo.
Como siempre que hay comida, el humor y el ánimo del clan mejoran ostensiblemente. La recién llegada ha hecho uso de la cierva cazada como quien pone su sello de autoridad. Al regresar al claro, las mujeres y niños la rodean alborozados tocándola, acariciándola y envolviendo su ego en un murmullo de admiración que lejos de agradar a Mila la hiere ostensiblemente. La jefa se mantiene al margen de la bulliciosa ceremonia de glorificación con la que el grupo recibe a la extraña, pero sus ojos no dejan de escudriñar cada uno de los detalles. Camina artificialmente erguida con la ruidosa cohorte girando a su alrededor; los hombros hacia delante, la cabellera, apelmazada de barro y grasa dejan ver entre sus mechones los músculos de una espalda en tensión, mientras tanto e inmediatamente detrás, Lina y Dora transportan con diligencia el despiece del trofeo.
Se está pavoneando.
Después de que el grupo saciara su hambre, todos sus integrantes se desparraman por el claro. Dormitan mientras digieren la carne que les ha proporcionado la extraña. Mila, como líder del clan, ostenta el derecho al hígado y al corazón de la pieza cobrada, pero en vez de consumirlos rápidamente como sería de esperar, sentada como está, los mantiene en el suelo junto a su pierna derecha. No puede despegar su mirada de la extraña que, con el estómago lleno, duerme plácidamente bajo la sombra de un majuelo con varios niños que la utilizan como improvisada almohada. Al poco y como con desgana, comienza a comerse el hígado. Mordisco tras mordisco la desazón inunda su pecho…
Al día siguiente, Mila inicia la marcha aún de noche; ha pasado gran parte de la misma en vela y eso le dio pié a observar la línea negra del horizonte con atención y. algo le pareció ver que se movía sobre ella. Cuando inicia el paso, todos se levantan de sus improvisados lugares de descanso y sin preguntarse por qué –como siempre- la siguen obedientemente, pero unos segundos después del que el último del clan se uniera a la comitiva, un grito se escucha a sus espaldas. Todos, con Mila a la cabeza, se vuelven y comprueban como la extraña les indica con imperiosos gestos que la sigan en dirección opuesta. Todos, incluidas las hermanas de Mila, miran hacia su jefa inquisitivamente y tras ciertas vacilaciones, algunos, vuelven sobre sus pasos en dirección a la extraña.  Como si del salto de una jineta estuviéramos hablando, Mila alcaza a la primera de las mujeres que se había dado la vuelta  y, den un fuerte tirón de la cabellera, la tira al suelo; mira a la extraña y le dirige un furioso y desgarrador grito. Durante unos segundos se palpa la quietud de las expectativas: El clan huele a sangre. Mila, sin perder los ojos de la extraña, vuelve lentamente su cuerpo y comienza a caminar muy lentamente en dirección a la línea negra. La extraña, resoplando y con el ceño fruncido, cede e inicia poco a poco y como si luchara contra un impedimento invisible, el mismo camino que la jefa… Los demás hacen lo mismo.
            Pronto, justo después de amanecer, comprueban que el día les va a castigar con  una buena dosis de calor. Ni una  nube se ve sobre la línea negra del horizonte, ni una ligera brisa sobre la copa de los árboles y la línea ya no es una línea. Parece como un oscuro pasillo que separa el cielo de la tierra; algo así como para que no se mezclen. La perspectiva no permite a Mila calcular la distancia, pero algo dentro de ella le dice que ya no queda tanto camino por recorrer. Cruzan un arroyo bastante caudaloso y sus aguas no son tan limpias como la de otros que han vadeado: huelen mal y su turbiedad impide ver el fondo, pero la gran cantidad de ranas les aporta una buena dosis de comida al grupo y diversión para los niños. Cuando se disponen a abandonar la franja de humedad que acompaña la corriente de agua aparece ante ellos un extenso páramo casi desprovisto de árboles y en el que el sol se enseñorea a conciencia. Mila, con todo el clan expectante a sus espaldas, otea y tras pocos segundos de análisis se sienta al frescor de una gran olivilla. Todos los demás la imitan.
            El sol grita desaforadamente haciendo sudar todo lo vivo y secando todo lo inanimado. La atmósfera es espesa, pesada, viscosa. Las chicharras compiten unas con otras por ser oídas hasta que alertadas por un sonido que no es el suyo, callan al unísono. Uno de los niños, tras un corto gemido se incorpora y vomita todo el grumoso contenido de su estómago sobre la pierna de la extraña. Lo que antes fue su cómoda almohada, es ahora un maloliente engrudo de carne de rana. Algunos abren los ojos con desgana para cerrarlos poco después con un evidente desinterés. La extraña, incorporándose ligeramente, posa la mano sobre el occipucio del chico como intentando apaciguar la acelerada respiración que le queda. Poco a poco, recupera el resuello y con lentitud e indolencia se recuesta de nuevo sin preocuparse de la hedionda plasta a medio digerir sobre la que descansa. La extraña hace lo mismo bajo la mirada de Mila que, con un ligero gesto de furia en la boca y serenidad en los ojos, sabe lo que debe hacer.  Las horas pasan escurriéndose lentamente por la inclinada pendiente vespertina; diríase que quieren emular al sudor que la tórrida tarde extrae de los cuerpos tendidos bajo la olivilla. Sólo las molestas moscas son capaces de provocar algo de movimiento entre los integrantes del clan. Pesadas, inasequibles al desaliento, se empecinan en obtener algún beneficio de la  sucia y ajada piel de los humanos. La reseca vomitona que regurgitara hace rato el chiquillo, las excita, las subleva llevando su orgía alimenticia a extremos dolorosos. La extraña, harta ya de espantar insectos, incorporándose, ase al niño de un brazo y, como si de un objeto se tratara, lo arrastra fuera del alcance del molesto enjambre. Con eficacia instintiva, se tiende colocando a la criatura en su regazo y retoman ambos la pesada siesta.
            …Un ronco grito saca al grupo del pesado sopor en el que estaban inmersos. Mila aparece estrangulando a la intrusa con su musculoso brazo izquierdo. El chiquillo que dormitaba en su regazo da un respingo y se aleja de su protectora buscando cobijo al lado de Dora. Mila sostiene a la intrusa por el cuello; esta patalea y se revuelve con inútil violencia. Su rostro se enrojece por momentos y sus ojos vagan caóticamente dentro de las órbitas. La jefa, con ademán soberbio, resiste sobrada los empellones que la intrusa da intentando liberarse y mirando a sus súbditos,  esgrime los dedos índice y corazón de su mano diestra para arrancar de un rápido movimiento el ojo derecho de su víctima. Una vez en la palma de su mano, lo arroja con violencia a un zarzal cercano. Eternos se hacen los segundos que la reina del clan mantiene presa de su brazo a la intrusa. Cuando esta aminora los ahogados gritos y sus movimientos son apagados por el cansancio, Mila la deja caer al suelo sollozante y ensangrentada. Se oculta la cara con las manos y entre sordos gemidos de dolor, varios hilillos de sangre resbalan entre sus dedos. Mila, jadeante, permanece quieta a la vera de la intrusa. Su mirada ha cambiado y se podría decir que un rayo de compasión atraviesa su real gesto. Poco a poco el brazo que otrora la asfixiara, pasa a acariciar la enmarañada melena de la intrusa. Así permanece hasta que, derrotada por lo vivido, esta deja de emitir ruidos y se rinde cabeza abajo sobre el muslo de Mila.

Sólo el zumbido de los palos que se mueven se eleva sobre un silencio tenso y expectante.


                                                              Aldade
                                (continuará...)