Nadie
podría adivinar si fue la incomodidad de soportar su peso, el
cansancio vencido o el “sentirse mojado” lo que hizo que Juanón
dejara entrar luz a sus miopes ojillos. Alargando la mano sobre la
mesilla, intentó hacerse con las gafas que descansaban en ella... y
lo consiguió, no sin antes pasar su rechoncha mano por la grasa que
quedaba en el plato de la cena, plato que antes contuvo el filete
empanado que ahora Pollo degustaba bajo el somier. Ya incorporado
sobre la cama y con los pies en el suelo, intentó recuperar la
consciencia meditando sobre la nada. Su mente intentaba encontrar
donde sujetarse en el mundo que sucede al sueño y al fin pudo
lograrlo cuando comprobó como Pollo lamía su mano pringada
intentado extraer la sustancia que el filete no había podido darle.
Como el que no tiene prisa, apartó la mano de la boca del perro y
oliéndosela continuó lamiendo él los restos de grasa que hacían
brillar su dedos.
-¡Pollo,
cabrón! Como siempre, todo para ti. ¿No?
A
medida que su cuerpo reaccionaba al nuevo día, recaló en la húmeda
mancha que adornaba su pijama hacia la entrepierna.
