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sábado, 27 de diciembre de 2014

El viejo tacaño.

       
       Uno, con los años, se hace escueto.
    Cada vez cuesta más mover el cuerpo y a cuenta de ello, reduce sus necesidades en razón a la posibilidad de conseguirlas.
     El tiempo te convence que pasó la hora del gallardo pavoneo, de aparentar aquello que no somos obligándote a ocultar lo que sí. Como resultado, poco a poco te sumes en una dinámica de escaqueo vital, de pasividad contemplativa y expectante que -extrañamente-, en nada tiene que ver con la vagancia o la holgazanería. Es, sencillamente, una búsqueda de la eficacia primordial, la huida de la indiscreta opulencia y el derroche. Llega el momento de preguntarse cuanto papel higiénico es necesario para eso que todos hacemos, o si para beber un sorbo necesita uno el vaso lleno hasta el borde.
     Lo mismo que nos abandona la memoria y nos aborda la torpeza, nos inunda una necesidad perentoria de ahorrar la vida y sus cosas con la ufana pretensión de usarlas en momentos más determinantes. Como si eso fuera posible... ¡pazguatos!
       Llegado el momento, nunca encuentras lo guardado.

Luis F. de Castro

domingo, 12 de enero de 2014

Disquisiciones sobre la sociedad feliz.

http://www.abc.es/Media/201201/25/kaaba--644x362.jpg

El cerco a al independencia de la mente está montado. Las empalizadas son fuertes y mantendrán al díscolo en su sitio. La propia naturaleza de una masa mediocre e impresionable hará el resto. No hay escapatoria ya que el sistema no está manejado por mano humana, sino bajo la tutela de una nube a la que hemos dotado de vida propia y ya no nos necesita sino para alimentar su poder. ¿Puede acaso una abeja sublevarse al mandato del enjambre?, ¿puede un planeta decidir a qué estrella rotar?
Es la felicidad un estado del ánimo que no puede aplicarse a una sociedad; únicamente al individuo y que invariablemente se aleja de él a medida que tiene conciencia de sí mismo y de su papel en el mundo. Las religiones no dejan de ser un fallido método de defensa contra la infelicidad social, un compromiso en el que se aceptan premisas falsas e irreales en pos de un beneficio común. El –de momento- insalvable hándicap se encuentra en que llegan a una humanidad inmadura para aceptar un contrato tan complejo. Invariablemente recurre a la violencia extrema para conseguir que “los otros” sean tan felices como “los unos”, con lo que entran en una dinámica inútil por la imposibilidad de soluciones.

De momento y mientras “el nimbo” soluciona ese problema, una opción es recluirse en el capullo a esperar tiempos mejores. 

                                  Luis F. de Castro