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sábado, 25 de abril de 2015

Solos

        http://4.bp.blogspot.comg

 Como todos los días, Nacho es el primero en llegar. Pide la primera de las tres cervezas con limón que caerán esta tarde y –al igual que siempre- sienta su corpachón a la vera de la mesa desde donde mejor se ve la tele. Sus cincuenta años y la invalidez permanente por esquizofrenia dejan mucho tiempo y gran parte de él, lo derrocha esperando. Es un tipo poco hablador; prefiere observar y sonreír mientras escucha las diatribas que se cruzan entre José y Daniel. Sus dos amigos no le requieren al diálogo: le conocen bien y a lo sumo, le preguntarán algo que con un monosílabo como respuesta, va que se las pela. Ellos saben que es difícil rebuscar en sus pensamientos; los tiene bien escondidos en el último estofado de lentejas que hizo su mujer antes de abandonarle. Tal vez un mínimo gesto, un ademán, una pasajera mueca podría indicarnos el camino hacia su interior… pero no: dos escuetas palabras sirven para informarte que has errado, que su mente va por derroteros esquivos dejándote la impronta de que algo sabe -y lo calla-.

viernes, 3 de octubre de 2014

Gata



La casualidad me hizo llegar una gata negra como la nada, a ratos salvaje y siempre arisca. Vino y se quedó; se quedó como si fuera la tía viuda del pueblo que con la excusa de cuidar a los niños, se convierte en un mueble más de la casa; se quedó en silencio,  merodeando por ahí cual protagonista de una mala película de terror, apareciendo entre las sombras justo antes de desaparecer de nuevo y dejando tras sí una intensa sensación de ser observado siempre; porque sus ojos… esos sempiternos agujeros negros bien pudieran ser los sumideros de un mundo que alguien le encargó fiscalizar.

miércoles, 6 de agosto de 2014

Juanón y las setas (Continuación 3)



     Nadie podría adivinar si fue la incomodidad de soportar su peso, el cansancio vencido o el “sentirse mojado” lo que hizo que Juanón dejara entrar luz a sus miopes ojillos. Alargando la mano sobre la mesilla, intentó hacerse con las gafas que descansaban en ella... y lo consiguió, no sin antes pasar su rechoncha mano por la grasa que quedaba en el plato de la cena, plato que antes contuvo el filete empanado que ahora Pollo degustaba bajo el somier. Ya incorporado sobre la cama y con los pies en el suelo, intentó recuperar la consciencia meditando sobre la nada. Su mente intentaba encontrar donde sujetarse en el mundo que sucede al sueño y al fin pudo lograrlo cuando comprobó como Pollo lamía su mano pringada intentado extraer la sustancia que el filete no había podido darle. Como el que no tiene prisa, apartó la mano de la boca del perro y oliéndosela continuó lamiendo él los restos de grasa que hacían brillar su dedos.
       -¡Pollo, cabrón! Como siempre, todo para ti. ¿No?
A medida que su cuerpo reaccionaba al nuevo día, recaló en la húmeda mancha que adornaba su pijama hacia la entrepierna.

viernes, 1 de agosto de 2014

"Juanón y las setas" Continuación 2

    

http://www.taringa.net/posts/imagenes/6893644/Los-10-perros-mas-feos-del-mundo.html

(continuación)
    Era Pollo, el perro de Juanón. Al menos con uno de sus ojos miraba a su dormido dueño con fijeza y no hubiera sido necesario ser un entendido en psicología perruna para saber que en algún recóndito lugar de su cerebro, tramaba venganza. Con una mezcla de decisión e indiferencia se giró, levantó una de sus patitas traseras y vació su cargada vejiga sobre su humano compañero. Cuando hubo terminado y con la misma tranquilidad que meara, se subió a la mesilla, hízose con los restos del filete y con una agilidad impropia de semejante animal, saltó al suelo desapareciendo bajo la cama; todo ello mientras el orín resultante del desahogo, humeaba ostensiblemente desde la manta.

miércoles, 23 de julio de 2014

Juanón y las setas (fragmentillo)

     
http://www.dormirbien.info/destacadas/duermes-bien-descubre-si-tus-habitos-de-sueno-son-saludables/


     A veces, la soberbia disloca nuestra percepción de las cosas, la trastoca dándonos a entender que vemos lo que no vemos y oímos lo que nunca se dijo; hace que denigremos sin razón y vilipendiemos al honorable. Ese, seguramente, podría ser el caso que se diera si, al entrar en esa casa -la del portón-, opináramos directamente sobre su habitante o poseedor. Pues se equivocan: darían plenamente en el clavo. Al primer paso encontrarían una estancia grande, con paredes pintadas de algún color indefinido y llena por doquier de desconches y piteras. Una chimenea con el hogar negro de humo y frío de desuso. Pocos muebles; viejos y desvencijados; cuatro enseres mal contados y distribuidos al azar. Restos de comida en una mesa que, en su día, debió ser de madera, y hoy... quien sabe. Una penumbra vieja, como de cueva, penumbra que, sospecho, no desaparecería tras conectar la mugrienta bombilla que pendía del techo de agrietada escayola. Un aroma a humedad rancia atacaba nuestro olfato que, sin posibilidad de defensa, se rendía a la fatal evidencia con prontitud. Al fondo, una puerta de esa madera que -por hueca y barata- no pesa, daba paso a algo que debía servir de dormitorio; grande también, podríamos decir que muy grande si tenemos en cuenta que se encontraba exclusivamente amueblado con una enorme y antigua cama de alto cabecero latonado, una mesilla, un armario ropero al que habían abandonado las puertas y un palanganero con espejo.

jueves, 17 de julio de 2014

El tumor


Queridos colocotrocos; No sé si pensaréis como yo, pero que  la sociedad en la que vivimos siente aversión a las ideas nuevas, es para mí un hecho. Todo lo que vaya en la dirección de revolver tópicos y sacar a la masa de su zona de confort, da grima. No estoy hablando de un nuevo smartphone o de una ventajosa cuenta vivienda, sino de ideas que afecten al ideario político/religioso/económico que nos organiza. Tocar eso es como "mentar a la bicha"



Intentaba transmitir seguridad, pero en su interior, todo eran incertidumbres. Sabía de sobras que hay cosas que no están en los libros, cosas nimias en apariencia y vitales en verdad y que, de no ser tenidas en cuenta, llevarán el resultado al ignoto territorio del azar.
El tumor se había extendido imparable y pedía a gritos la intervención liberadora. La carne se pudría vertiginosamente y la vida de su dueño pendía de su decisión.
Por fin, resuelto, enarboló el bisturí y entre las sombras de la anestesia atacó la raíz del mal. Cercenó sin mesura,  cortó, escindió todo lo que parecía anormal y insano y al cabo concluyó que con ello, el problema estaría resuelto.
Al poco, comprobó cuan equivocado estaba. La fiebre no remitía, el dolor continuaba presente y su establecido conocimiento sufrió un rapapolvo más, uno más de tantos.
Pero el paciente, contra todo pronostico, no terminaba por morir. Tal parecía soportar los rigores del tumor que ya era más él que él mismo.
Y nuestro cirujano, transido de contradicciones, notó cruzar su pensamiento por una idea perturbadora: ¿No será una evolución y no una enfermedad? ¿No será esa masa, aparentemente informe y agresiva, un nuevo renacer vivificado?
… y dejó pasar el tiempo observando lo suficiente como para comprobar lo cierto de sus suposición. Nuevos cuerpo y alma surgieron de las profundidades del dolor, mas serena y sabia y nuestro hombre concluyó que éramos los culpables de frenar una evolución imparable y necesaria.
Más nada pudo hacer para transmitir su descubrimiento que, por revolucionario y absurdo se denigró hasta hacerlo desaparecer.
Y el mundo siguió extirpando tumores  con la más tranquila de las conciencias




Luis de Castro

miércoles, 16 de julio de 2014

Pepito el dubitativo

                                                                      Dibujo de Gianni Peg


Ya desde niño, a Pepito le podía la responsabilidad; cualquier decisión, por nimia que fuera, le pesaba cual losa de granito y víctima de este sentimiento, las decisiones que de él dependían se acumulaban a su alrededor como moscas sobre la mierda y aquellas que no admitían dilación se resolvían por suertes de azar.
Lo que empezó como pecado venial, devino en mortal de necesidad, hasta el punto que Pepito, que a pesar de su patológica e irracional indecisión, de tonto no tenía un pelo, aprendió como desviar su responsabilidad hacia otros, transformando así el pecado en virtud y el problema en ventaja. 
No tardó en llegar el punto en que sus únicas decisiones –y ya era algo- se resumían en concretar quien las tomaría por él y, por ende, se arrogaría con las negativas consecuencias de ser equivocada y como, si de acierto se tratara, volver las miradas hacia su persona para hacerse con loas y prebendas..
Pero ete aquí que con su indecisa y preclara inteligencia, diose cuenta de que poco a poco, con el tiempo, su universo se había ido poblando de individuos con la misma pazguata  pretensión y que ante esa abundancia de personalidades insignificantes resultaba muy difícil –cada día más- sacar la suya por entre ellos, porque, como si de una irrefrenable y virulenta infección se tratase, el mundo se había convertido en un inmenso pantanal de situaciones por decidir.
Tiempo llegó en que la gente moría antes de tomar una medida y claro, adelantado en esas lides como estaba, Pepito, por fin, tomo la iniciativa y decidió ocupar ese puesto vacante: Se convirtió como por arte de magia en el tipo que todo lo decidía.

A partir de ese momento nadie pudo objetarle nada, porque hasta para hacerle ver sus equivocaciones era necesaria una iniciativa que salvo en él, se había extinguido y que, para colmo, siquiera consideraban necesaria, por lo que Pepito, el dubitativo, dejó de serlo en beneficio irrefutable de todos sus conciudadanos.

Luis de Castro

lunes, 4 de noviembre de 2013

La huída



Corriendo como un poseso, me subí al único árbol que había en el prado. A dos metros sobre el suelo, creime fuera de peligro, pero cuan equivocado estaba. Al mirar hacia abajo, mis ojos se centraron en los suyos que inyectados en sangre, gritaban a los cuatro vientos las ganas que tenía de echarme el guante y hacerme suyo. Daba saltos que le llevaban a poco centímetros de mis pies y a cada uno de ellos arañaba la resquebrajada corteza haciendo que multitud de trocitos le cayeran encima como si de una molesta ducha se tratase.
Me rozó un pie y sin pensarlo, mi cuerpo trepó algo más con la esperanza de acercarme a Dios y alejarme de la bestia.
Algunos segundos después y abrazado a una de las grandes ramas como si quisiera hacer el amor con ella, caí en que me había desollado las palmas de las manos y las rodillas contra la áspera corteza del chopo -con la excitación y la angustia del momento siquiera había sentido dolor-, pero ahora… ¡joder como escocía!
Una mirada más al motivo de mi situación y sus blancos y amenazantes colmillos  me hicieron llegar claramente que no tenía  ninguna intención de abandonar su empeño, por lo que algo dentro de mí, dispuso mi cuerpo a pasar mucho tiempo allí; incluso toda la noche; quizás mi mala suerte no fuera otra cosa que un acicate para hacerme reflexionar, una manera más de obligarme a analizar todo lo que hice mal el día que así acababa…

Luis F. de Castro

lunes, 9 de septiembre de 2013

Solos



Como todos los días, Nacho es el primero en llegar. Pide la primera de las tres cervezas con limón que caerán esta tarde y –al igual que siempre- sienta su corpachón a la vera de la mesa desde donde mejor se ve la tele. Sus cincuenta años y la invalidez permanente por esquizofrenia dejan mucho tiempo y gran parte de él, lo derrocha esperando. Es un tipo poco hablador; prefiere observar y sonreír mientras escucha las diatribas que se cruzan entre José y Daniel. Sus dos amigos no le requieren al diálogo: le conocen bien y a lo sumo, le preguntarán algo que con un monosílabo como respuesta, va que se las pela. Ellos saben que es difícil rebuscar en sus pensamientos; los tiene bien escondidos en el último estofado de lentejas que hizo su mujer antes de abandonarle. Tal vez un mínimo gesto, un ademán, una pasajera mueca podría indicarnos el camino hacia su interior… pero no: dos escuetas palabras sirven para informarte que has errado, que su mente va por derroteros esquivos dejándote la impronta de que algo sabe -y lo calla-.
José y Daniel entran juntos en el bar. Ya traen el debate en bandolera y, con ellos, el mortecino establecimiento que dormitaba al soniquete del telediario, recobra algo de la vida que alguna vez tubo. Saludan a Nacho dándole la mano; primero uno y después el otro y cada uno le dedica una tonta frasecilla de las de rigor. Ellos no piden de beber; no hace falta: sus gustos son de las pocas cosas que el viejo barman recuerda por encima de sus muchos años y a pesar de ello, tardan buen rato en ver como dos carajillos y unas pocas aceitunas se arrastran renqueantes hasta la mesa. Poco después, las mismas fichas de dominó de toda la vida, vienen a animar momentáneamente el tedio
Ambos se conocen tanto como conocen a Nacho y en sus tertulias de partida flota un ambiente de complicidad, de íntimo y mutuo perdón. José es impulsivo, inteligente y algo mentiroso y Daniel diabético, crítico y calculador, pero entre todos, se soportan. El conglomerado es perfecto para pasar una tarde caliente y segura haciendo sonar las fichas sobre la mesa. Una mesa donde el regusto de sosiego no se pierde ni cuando José suelta alguna de sus baladronadas que, a ciencia cierta, no habrá por donde coger. Nada importa: hablarán de ella igual, porque Daniel tiene respuestas para todo y Nacho, con sus silenciosas sonrisas, también.
Mucho le pasan por alto a un José que si no fuera por estas horas de la tarde, no tendría ante quien presumir de salud. Hace tiempo que no trabaja porque –según dice- nadie quiere su edad ¿Quién habría de quererla teniendo a su disposición jóvenes moldeables y duraderos?... y los otros asienten, aunque piensan que otras cosas tiene peor que la añada.
Daniel, el pobre, bastante tiene consigo mismo, sus achaques y el más asqueroso de los caracteres. Qué seria de él sin alguien no se lo reprochara a menudo. Lo que no saben sus compañeros es que les deja ganar; no vaya a ser que le dejen por aburrimiento.
Entre sorbos y sentencias, dimes y diretes y arres y sos, pasa la tarde y cuando Nacho levanta el brazo para saber que se debe, faltan exactamente cinco minutos para que los tres vuelvan a encontrarse con la nocturna soledad.
                                                                        
                                                                            Luis F. de Castro

lunes, 24 de junio de 2013

Cagabicho

Qué desgraciado individuo este. Gracias a los hados, en Colocotroco las bebidas alcohólicas, no provocan adicción. Aquí, el camino hacia la borrachera se para de golpe en "el puntito" y, creedme,  de ahí no pasa aunque te bebas el Nilo. ¡Bendito reino!


                                                                                                                  Dibujo: F de C


                                                           CAGABICHO                       


                        Cuando el calor obligaba a desahogar el cuello de la camisa y derretía en gotas de sudor la piel del cráneo; cuando las tardes invitaban a siesta y la cegadora luz de un estío inclemente se desplegaba por todos los rincones; por allá, calle abajo, iba Cagabicho. De un lado para otro, cuan ancha fuera la calle, caramboleaba su cuerpo sin rumbo definido, dejado de la mano de la gravedad y de los vapores de un mal vino y sólo contenido por dos filas de casas blancas y dormidas, como infranqueable frontera. Perenne figura aquella que el tiempo no ha logrado envejecer ni un ápice; constante en el devenir de los años, su quebrado perfil no ha dejado de dar tumbos por la vida de unos ciudadanos tan lejanos y expectantes como si de habitantes de otro mundo se tratara y que, a pesar de creer saberlo todo, poco más que esa aguardentosa voz que se pierde calle abajo, conocían.

                        Ya bajo de puro menguado, escueto, nervudo, lleno de tendones y callos hasta en los más recónditos y oscuros rincones del pensamiento, nunca se conoció familia que le acogiese ni amigos que lo tratasen. Nunca mezclose con gente conocida ni trabose en perorata con paisano alguno: más bien, las suyas, lo eran con el sol y la luna, con el viento y el frío o con el alma de algún muerto, que para el caso,  mayor entendimiento le mostraban que el resto de los que en el pueblo han sido. Y es que Cagabicho no nació; su niñez debió escribirse en la corriente y se perdió río abajo, su juventud tuvo que ser pasada por alto con la aviesa intención de presentarse ante todos como es, como ha sido siempre: un intemporal icono de la más lúgubre de las historias. A Cagabicho nadie lo vio nunca sereno, ni derecho, ni cara a cara, nadie le preguntó quien era o como estaba y siempre se dio por supuesto que su vida no era más que el espejo del más ancestral de los pecados: la insidia.

                        Su rostro colgaba de un extraño y ralo matojo de pelo, primero en una amplia frente, luego, ojos hundidos, negros, profundos, casi sin pupila; siempre a medio cerrar, y una nariz respingona de cuyos agujeros sobresalían fuertes y negros pelos a modo de mala hierba. La boca, grande y blanda, era capaz de cerrar sus labios hasta límites insospechados, sin que los dientes, que brillaban por su ausencia, sirvieran de cortapisa. De cuello para abajo, casi todo su cuerpo era una incógnita. Sólo el volumen de una vieja chaqueta gris de finas y casi invisibles rayas verticales y unos anchísimos pantalones que gracias a una cuerda y a duras penas, se  mantenían  en su sitio, hacían presuponer que dentro había algún tipo de vida animada.

                        El suyo era un cuerpo para el trasiego de vino y de historias, que ciertas o no, contaba al viento de la noche, y al perro de la esquina, historias que hablaban de un héroe de la guerra civil sin cuyo concurso, la victoria final hubiera sido una quimera y de la que, como pago, solo recibió un bayonetazo en la nalga, que hablaban de un íntimo amigo y asesor imprescindible de “don Francisco Franco Bahamonde, Caudillo de España por la Gracia de Dios”, que hablaban de amoríos y desengaños con hembras de bandera, pero… ¿dónde está la verdad en el reino de la embriaguez permanente? lo único realmente grabado sobre la piedra era que existía malviviendo amancebado con los vapores del alcohol; lo demás, “mentiras de un borrachazo degenerado”.

                        Deambulando a lo largo y ancho del pueblo, nada se escapaba a su etílico interés: el cubo de basura, la pareja de enamorados, los chicos que corrían a la salida del colegio, cualquier cosa ocupaba su tiempo entre trago y trago. Todo era digno de comentarse desde la atalaya. Arrastrando las palabras cuerpo a tierra, iba desparramándolas con la cadencia de una radio en la lejanía, dejando improntas de su lengua de trapo allá donde ni el eco sabe como actuar y llenando todo el espacio de su imponente presencia. Aparecía como el sol de cada mañana y usando esa verborrea monocorde a modo de pregonero, anunciaba su presencia con la suficiente antelación para que niños y mayores ocuparan sus cómodos asientos en el teatro de a vida.

                        El mercado, la plaza de España, el puente romano, eran mudos escenarios de sus bamboleos y correrías; cualquier sitio era bueno para consumir la botella de vino y la lata de sardinas con la que algunos pagaban su tranquilidad o la de su negocio, y es que Cagabicho vivía de su cuerpo, chantajeando con su presencia incómoda y ruidosa a los mesoneros que, con tal de no tenerlo ante su negocio, eran capaces de pagar su presencia ante el del vecino. Con su botín, el haragán buscaba refugio donde hacerle los honores a la pitanza. Así casi todos contentos. Después del ágape, una infame colilla de las del suelo, hacía las veces de puro habano, y así, viendo las volutas de humo escapar hacia lo alto, nadie podría decir que una cena en el mejor restaurante de la capital le hubiera sentado mejor. Quién osaría molestarle en aquel momento sin el temor a estar interrumpiendo algo importante… Pasado el tiempo y reposada la comida, recogía cuidadosamente sus bártulos y buscaba algún rincón donde orinar: la rueda de un coche, un oscuro portal o el río podían convertirse en letrinas improvisadas. Con el descaro del que no tiene nada que perder y mucho que provocar, cualquier sitio era bueno para él y malo para el resto.

                        Su fama, idealizada, había adquirido una tonalidad pedagógica y moralizante:  Cuando una situación necesitaba de un ejemplo negativo.- ¡Ahí estaba Cagabicho!. Si el niño no comía... ¡Qué llamo a Cagabicho!. Si la borrachera era grande... ¡Cómo la de Cagabicho!. Si se definía a alguien despectivamente... ¡Igual qué Cagabicho!. Alguien  hubiera extraído rentabilidad del popular despojo si no llega a ser que un día, sin saber muy bien por qué, se cayó en la cuenta  que nuestro hombre ya no estaba. Como charla de bar o mentidero de modistillas, surgió el tema de su vacío y todos ponían su grano de arena en las especulaciones que siguieron, pero, poco a poco, sólo el recuerdo de su titubeante deambular por el pueblo quedó como cierto. -Se lo han llevado al psiquiátrico... que ya era hora. -Se habrá caído al río y so lo llevó la corriente...

                        A partir de ese día, el personaje que vagabundeaba por las calles y las plazas, pasó a deambular por los corazones y la memoria de los habitantes del pueblo, bebiendo y orinando en la mala conciencia de unos y contando historias en la limpia conciencia de otros, sin que su pedigüeña boca sirviera, nunca más, para calmar los hipócritas remordimientos de algún conciudadano.


                        El mito se había consumado.

                                                                                             Aldade