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sábado, 25 de abril de 2015

Solos

        http://4.bp.blogspot.comg

 Como todos los días, Nacho es el primero en llegar. Pide la primera de las tres cervezas con limón que caerán esta tarde y –al igual que siempre- sienta su corpachón a la vera de la mesa desde donde mejor se ve la tele. Sus cincuenta años y la invalidez permanente por esquizofrenia dejan mucho tiempo y gran parte de él, lo derrocha esperando. Es un tipo poco hablador; prefiere observar y sonreír mientras escucha las diatribas que se cruzan entre José y Daniel. Sus dos amigos no le requieren al diálogo: le conocen bien y a lo sumo, le preguntarán algo que con un monosílabo como respuesta, va que se las pela. Ellos saben que es difícil rebuscar en sus pensamientos; los tiene bien escondidos en el último estofado de lentejas que hizo su mujer antes de abandonarle. Tal vez un mínimo gesto, un ademán, una pasajera mueca podría indicarnos el camino hacia su interior… pero no: dos escuetas palabras sirven para informarte que has errado, que su mente va por derroteros esquivos dejándote la impronta de que algo sabe -y lo calla-.

viernes, 2 de enero de 2015

Prisionero de si



http://pecorosama.blogspot.com.es/



 Desventurado aquel que persiguiendo pequeños sueños de perfección se queda día tras día en el camino.
Desgraciado el que -como quien busca una excusa- descarga en el todos su frustrada visión del funcionar del mundo.
Pena ver como un batallón de hormigas en su cabeza le roban el descanso sometiéndole a la tortura de una vigilia permanente... y como se desespera al observar que ese al que creen fuerte es el más débil de todos.
Como hacer ver que necesita descansar; relajar esa vorágine de entelequias y unirse a un mundo más sencillo y liviano.
Cómo le gustaría sonreír sin sombras, hablar sin miedo y desterrar la culpa.



Luis F. de Castro

viernes, 17 de enero de 2014

El Puerco (fragmento)



http://www.fotocommunity.es/pc/pc/display/31581041



Si no fuera que el hombre es capaz de causar daño sin motivo, para qué querríamos la conciencia. Tanta maldad gratuita, tanto dolor impregnándolo todo que hasta las piedras parecen llorar. El aire huele a muerte en este páramo inhóspito y su fuerza arrastró el color de la primavera, el canto de los pájaros y el aroma de las flores y sólo dejó sensación de vacío y sanguinolentas manchas por doquier.
Livia aparta de un manotazo uno de los jirones de cinta que el viento ha perdonado. “Policía, no pasar” reza. Traspasa la puerta y se detiene a observar. La penumbra no acierta a aliviarle. No piensa, sólo siente un enorme boquete en el estómago por el que se le está escapando el alma; sus ojos no dan a basto, no son capaces de engullir toda la angustia, el dolor y la desesperación que vivieron los que ya no están allí y ahora siente en sí misma. Asiendo por el respaldo una silla volcada, la incorpora y se deja caer como carne muerta en ella. Pierde la mirada sobre la superficie de la mesa que tiene ante sí y, como si de una ventana abierta a su memoria se tratara, ve interminables campos donde el trigo se pliega al albur de la brisa.
...
                                              


                                               Luis F. de Castro