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Como todos los días, Nacho es el primero en llegar. Pide la primera
de las tres cervezas con limón que caerán esta tarde y –al igual
que siempre- sienta su corpachón a la vera de la mesa desde donde
mejor se ve la tele. Sus cincuenta años y la invalidez permanente
por esquizofrenia dejan mucho tiempo y gran parte de él, lo derrocha
esperando. Es un tipo poco hablador; prefiere observar y sonreír
mientras escucha las diatribas que se cruzan entre José y Daniel.
Sus dos amigos no le requieren al diálogo: le conocen bien y a lo
sumo, le preguntarán algo que con un monosílabo como respuesta, va
que se las pela. Ellos saben que es difícil rebuscar en sus
pensamientos; los tiene bien escondidos en el último estofado de
lentejas que hizo su mujer antes de abandonarle. Tal vez un mínimo
gesto, un ademán, una pasajera mueca podría indicarnos el camino
hacia su interior… pero no: dos escuetas palabras sirven para
informarte que has errado, que su mente va por derroteros esquivos
dejándote la impronta de que algo sabe -y lo calla-.


