La casualidad me hizo llegar una
gata negra como la nada, a ratos salvaje y siempre arisca. Vino y se quedó; se
quedó como si fuera la tía viuda del pueblo que con la excusa de cuidar a los
niños, se convierte en un mueble más de la casa; se quedó en silencio, merodeando por ahí cual protagonista de una
mala película de terror, apareciendo entre las sombras justo antes de
desaparecer de nuevo y dejando tras sí una intensa sensación de ser observado
siempre; porque sus ojos… esos sempiternos agujeros negros bien pudieran ser
los sumideros de un mundo que alguien le encargó fiscalizar.
Mostrando entradas con la etiqueta narración. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta narración. Mostrar todas las entradas
viernes, 3 de octubre de 2014
viernes, 26 de septiembre de 2014
En la trasera de mi calle
En la trasera de mi calle, hay otra en la que, desde hacía
tiempo, un bazar chino ponía a
disposición del barrio una infinidad de mercaderías. Era un híbrido entre
cueva y centro comercial. De la primera
tenía la penumbra, el silencio y el olor a humedad y del segundo la oferta y el
servicio, con lo que ninguna objeción se le podía poner a su tranquila existencia.
Siempre estaba ahí para lo que fuera menester; una barra de pan a deshora, unas
pilas para el consolador, un florero o una libreta; ninguna necesidad salía de
allí sin ser convenientemente atendida y así, desapercibido e imprescindible,
pasaban los días para el chino del barrio. Pero hete aquí que un día el chino
apareció cerrado. Tan silencioso se fue como había llegado y las necesidades
extemporáneas de los vecinos se buscaron otro chino un poco más allá.
lunes, 22 de septiembre de 2014
Ayer, en el médico
Ayer, 200 años y 134
días después de la única guerra que deberíamos haber perdido y motivado por un
asunto de pólipos, tuve a bien pasar por la consulta del especialista en
digestivo. Llegado al lugar a la hora
indicada, me topé con una ventanilla
que, a la par que cerrada, se encontraba orlada hasta límites
insospechados de carteles informativos. Eran dispares en formas, tamaños y
colores: unos nuevos y otros ajados, unos escrupulosamente escritos y otros
burdamente garabateados, unos firmados
con “gracias” y otros con “la dirección” pero todos, todos, ordenando cosas o
imponiendo condiciones para ser atendidos.
Enfrascado en su lectura cual recita salmos del antiguo
testamento, no caí en la cuenta del tiempo y mi enano interior y yo nos sumergimos
en una disputa justiciera sobre lo soberbio y pedante de sus contenidos: Que si
quieres ser atendido, con la tarjeta sanitaria en la boca, que “ojito” con
levantar la voz, que si la hora de la cita es de mentirijillas, que si debíamos
permanecer sentados, que si los móviles apagados… y un sinfín de memeces más a
cual más imperiosa y restrictiva. En esto que me vi levantándome con ímpetu justiciero
y –digno y orgulloso- arrancar uno tras otros todos los “papelajos”, me vi
increpando al personal sobre su descarada falta de eficiencia, me contemple
dándoles lecciones sobre la adecuada atención al público, me sentí querido por
los sufridos administrados y aplaudido por ellos, me vi… ¡hay como me vi!
-
Señor, que no tengo todo el día,
me da sus papeles o prefiere seguir rezando…
-
¡Oh! Si, si, perdone; es que me
distraje con estas amables indicaciones. Tenga, tenga.
Luis
F. de Castro.
sábado, 23 de agosto de 2014
Carta con poco -o ningún- interés II (Mi hermana)
http://www.risasinmas.com/posiblemente-el-cenicero-de-coche-mas-sucio-del-mundo/
El mundo es cruel y
amable al mismo tiempo, querido amigo; está lleno de contradicciones e
incongruencias; y si no, explícame porqué nada es igual para nadie, los puntos
de vista dispares no rodean y sin embargo, por mucho que creamos tener una idea
original, nos equivocamos; esa idea ya la tuvieron muchos antes que tú, o lo
que es lo mismo, no eres nada del otro mundo. Triste ¿no?
Después de dejar a mi
gata mascullando métodos y estrategias para asesinarme y a la vecina
maldiciendo la hora en que salió a regar las macetas, salí a la calle con la
intención de ir al trabajo para producir y pagar pensiones, corruptelas y
pitanzas. En ella me espera el Reanult Clio de mi hermana. La muy bruja me lo
ha cambiado por el mío con la peregrina excusa de que “¿Cómo quieres que vaya
de boda con esta mierda? Andaaa… préstame el tuyo; prometo echarle gasolina y
no arañarlo…” Tiene unos doscientos años de antigüedad –el Clío, no mi hermana-
; tanto es así que me asalta la sospecha de que en su capó no son caballos los
que tiran, sino bueyes, y si tenemos en cuenta el olor, no creo equivocarme.
viernes, 22 de agosto de 2014
Juanón y las setas (continuación 4)
http://www.recetasdecocinadesergio.com/category/recetas-de-la-huerta/recetas-de-setas-boletus-niscalos/page/2
Gustaba
Juanón de recoger setas. Para su insigne humanidad era como
abstraerse de este cochino mundo, como escaparse hacia las alturas
sin perder de vista el suelo, abominar de interferencias. Solía
salir sin premeditación. Se le ocurría y ya está. De buena mañana,
sin aviso ni proclama, se ponía los calcetines gordos y al campo.
Finales de noviembre es buena época. Todo húmedo, madera muerta,
todo al fresco... Lo justo. A estas alturas, las setas están en
plena reyerta creativa. A Juanón, esto de escudriñar el suelo
buscándolas era como mordisquear un pan de piñones. Encontrar una
grande, oronda, con el sombrerete entero y protector le proporcionaba
la misma sensación que tropezarse con un piñón dulce y agradable
dentro del bollo. Ya reconocía alguna; aunque nunca con la
suficiente seguridad como para comérsela sin más. Tenía un
conocido, que no amigo, el Pacorro, que se las sabía de carrerilla y
de un vistazo -A lo sumo un breve olisqueo- las catalogaba rápido.
La verdad es que Juanón se maravillaba: Nunca le había visto salir
a por ellas. -¿Como coño sabría tanto?- pensaba. Algunas veces,
cuando el Pacorro no estaba en el bar o no podía someterlas a su
“visto bueno”, se armaba de valor y se las comía; no sin antes
encomendarse al demonio y con cierto hormigueo en la boca del
estómago. Era de suponer que su ojo clínico no debía de ser del
todo malo, ya que, a pesar de algún grano intempestivo, continuaba
vivito y coleando.
miércoles, 23 de julio de 2014
Juanón y las setas (fragmentillo)
http://www.dormirbien.info/destacadas/duermes-bien-descubre-si-tus-habitos-de-sueno-son-saludables/
A
veces, la soberbia disloca nuestra percepción de las cosas, la
trastoca dándonos a entender que vemos lo que no vemos y oímos lo
que nunca se dijo; hace que denigremos sin razón y vilipendiemos al
honorable. Ese, seguramente, podría ser el caso que se diera si, al
entrar en esa casa -la del portón-, opináramos directamente sobre
su habitante o poseedor. Pues se equivocan: darían plenamente en el
clavo. Al primer paso encontrarían una estancia grande, con paredes
pintadas de algún color indefinido y llena por doquier de desconches
y piteras. Una chimenea con el hogar negro de humo y frío de desuso.
Pocos muebles; viejos y desvencijados; cuatro enseres mal contados y
distribuidos al azar. Restos de comida en una mesa que, en su día,
debió ser de madera, y hoy... quien sabe. Una penumbra vieja, como
de cueva, penumbra que, sospecho, no desaparecería tras conectar la
mugrienta bombilla que pendía del techo de agrietada escayola. Un
aroma a humedad rancia atacaba nuestro olfato que, sin posibilidad de
defensa, se rendía a la fatal evidencia con prontitud. Al fondo, una
puerta de esa madera que -por hueca y barata- no pesa, daba paso a
algo que debía servir de dormitorio; grande también, podríamos
decir que muy grande si tenemos en cuenta que se encontraba
exclusivamente amueblado con una enorme y antigua cama de alto
cabecero latonado, una mesilla, un armario ropero al que habían
abandonado las puertas y un palanganero con espejo.
viernes, 11 de julio de 2014
Las Cosas de Teobaldo (otro fragmento)
http://culturacolectiva.com/el-camino-hacia-el-orgasmo-femenino
Cornelia se estremece. Los hombros, la espalda, los costados; después los muslos, las pantorrillas y la planta de los pies; nada se escapa al firme y deslizante masaje de los expertos dedos de Imelda. La tersa y prieta carne de sus nalgas ceden a la presión adaptándose a ella y ahora, Cornelia abre ligeramente las piernas. Su sexo, brillante y lampiño se ofrece a la manipulación, a la caricia y la criada, que conoce bien su trabajo, sabe lo que se le pide. Con lentitud, con exasperante lentitud, desde lo alto, deja caer unas gotas más de frío aceite sobre una vulva palpitante y deseosa para, instantes después pasear la yemas de sus dedos por cada uno de los pliegues, de los recovecos de ese coño impaciente. Sonidos indefinibles escapan de la garganta de Cornelia. Con fuerza la pequeña filipina, introduce los dedos anular y corazón hasta el fondo del húmedo escondite y, a la vez, con el pulgar masajea la extremadamente suave y delicada piel que rodea el ano, haciendo que se contraiga y dilate a un ritmo creciente. Se inicia así un contenido baile que como música sólo necesita de murmullos y jadeos y cuya coreografía nadie estudió nunca. Imelda, con la palma de su mano libre en la curva lumbar, mantiene pegada a Cornelia a la camilla, protegiéndola así de su propia danza, mientras que con la otra chapotea en el sagrado charco de su dueña, y lo que en un primer momento fue cadencioso y rítmico, se va acelerando para convertirse instantes después, en un precipitado descenso escalinatas abajo en busca del único final posible. Cornelia gime y se desespera, traga saliva; su cara, con los ojos cerrados, vuela de un lado a otro de la estancia esperando llegar al fuego. Con una mano se ha agarrando desesperadamente al borde de la camilla y con la otra sujeta los muslos de Imelda en pos inconsciente de carne cálida que le acompañe. Hunde sus precipitados dedos entre las piernas de la criada intentando resguardarse del vértigo, mientras esta se afana dejando ver una sonrisa de satisfacción en el rostro. Cuando los estertores llegan, abre ojos y boca, y además de encontrar el aire y la luz que buscan, descubren al malencarado que, desde la puerta del baño, justo detrás de Imelda, observa impávido la escena... y eso eleva su excitación haciendo que el orgasmo sea más intenso aún.
viernes, 17 de enero de 2014
El Puerco (fragmento)
http://www.fotocommunity.es/pc/pc/display/31581041
Si no fuera que el hombre es capaz de causar daño sin
motivo, para qué querríamos la conciencia. Tanta maldad gratuita, tanto dolor
impregnándolo todo que hasta las piedras parecen llorar. El aire huele a muerte
en este páramo inhóspito y su fuerza arrastró el color de la primavera, el
canto de los pájaros y el aroma de las flores y sólo dejó sensación de vacío y
sanguinolentas manchas por doquier.
Livia aparta de un manotazo uno de los jirones de cinta que
el viento ha perdonado. “Policía, no pasar” reza. Traspasa la puerta y se
detiene a observar. La penumbra no acierta a aliviarle. No piensa, sólo siente
un enorme boquete en el estómago por el que se le está escapando el alma; sus
ojos no dan a basto, no son capaces de engullir toda la angustia, el dolor y la
desesperación que vivieron los que ya no están allí y ahora siente en sí misma.
Asiendo por el respaldo una silla volcada, la incorpora y se deja caer como
carne muerta en ella. Pierde la mirada sobre la superficie de la mesa que tiene
ante sí y, como si de una ventana abierta a su memoria se tratara, ve
interminables campos donde el trigo se pliega al albur de la brisa.
...
Luis
F. de Castro
jueves, 9 de enero de 2014
Follón a las finas hierbas
Estimados colocotrocos:
Hoy, de camino al trabajo, he observado un acontecer de esos que de
estar yo en otra tesitura filosófica, me hubiera pasado inadvertido;
pero este aquí que me ha sorprendido en uno de esos días en que las
flores te huelen a estiércol y el estiércol a muerto, por lo que el
resultado inicial de la racionalización del suceso, al menos en un
principio, fue absolutamente negativo. Posteriormente y con la
perspectiva que da la mente fría y el estómago satisfecho, las
conclusiones parecen haber retomado la senda de la moderación.
La cosa, más o menos
sucede así: Un tipo a bordo de un vehículo de los de postín,
adelanta de manera sorpresiva a otro -más modesto él-, al que
obliga a frenar de manera brusca. Dentro de lo que es un atasco
mañanero, los vehículos se detienen y reanudan la marcha de manera
más o menos periódica y mira tú, que en una de esas paradas, ambos
coinciden uno al lado del otro. Lo que sucede a continuación en un
cruce de insultos a mandíbula batiente y ventanilla bajada; ¡vamos!,
uno de esos intercambios verbales que avergonzarían a un
sinvergüenza. Quieran las circunstancias que la parada se
prolongaba, por lo que los contendientes salen de sus coches cual
fieras rabiosas y entre ademanes, muecas y actitudes a cual más soez
y barrio-bajera, se escapa una mano... y después otra, y otra... y
de ahí a la primera patada no pasa ni un suspiro, por lo que
transcurrido veinte segundos de intercambio de pareceres, el catálogo
de mamporros es ya soberbio. En estas estamos, cuando la masa de
vehículos reinicia la marcha. Ambos contendientes, como si de una
coreografía se tratase, paran en seco de “zurcirse la badana”,
ocupan de nuevo sus respectivos puestos de conductor y desaparecen
cada uno camino de sus quehaceres y circunstancias... y digo yo:
“Tanta tontá pa qué”
Desde luego los
designios de comportamiento humano son inescrutables y, teniendo en
cuenta el suceso, debo, en parte, dar la razón a un conocido que a
la mínima espeta aquello de “que hay más tontos que botellines”.
Poco después y con el discernimiento menos influenciado por las
incomodidades del embotellamiento matutino, me acude la idea de que
“menos mal”, porque si el comportamiento humano siguiera la
lógica matemática, sólo por aquello de la progresión geométrica,
esos dos se hubieran matado. Por lo que dicho queda: “Virgencita
que me quede como estaba”
Luis F. de Castro.
lunes, 11 de noviembre de 2013
La huída 3
Analizando,
concluí que la situación de trágica transformose en cómica. Mi caída del árbol
había sido al tiempo arma y accidente. Todavía escuchaba en lontananza los
quejicosos sonidos del monstruo a alejarse, cuando recalé en que el amanecer tomaba posesión del lugar y mi necesidad de
volver a casa se me planteó como acuciante. La espalda me dolía, pero pensar
que la del huido estaría destrozada, aliviaba mi conciencia sobremanera, así es
que, con los renovados bríos del vencedor, me dispuse a ello.
Intentaba
no pringarme demasiado con el barro que se ocultaba bajo la hierba y mientras
ocupaba toda mi atención en ello, observé como, a lo lejos, el bicho se había
recuperado y aparecía tras una loma corriendo desmelenado. Evidentemente rehecho,
volvía a la carga contra mi persona. De golpe se hundieron moral de victoria y
posibilidades de futuro… ¡Muerto soy! –pensé- y caído en una desazón repentina,
dejé que mis pies se hundieran, me agaché en cuclillas y, pasándome los brazos
alrededor de la cabeza, deje que el mundo hiciera de mí su real gana.
No pasó
mucho tiempo desde mi decisión hasta el desenlace, ya que, no bien me había
hecho del todo a la idea de que mi fin era cosa de poco, cuando noté un intenso
cosquilleo en la oreja. Alzando el rostro, comprobé como la lengua del demonio
intentaba minar mi temor y atraerme hacia sí. Desconfiado, busqué su mirada
amarilla. El principio y el fin de aquella incomprensible actitud debían estar
allí. Toda la furia pasada, todo ese odio contenido había desaparecido y como
si hubiera perdido esa pesada carga durante la carrera, luchaba por deshacer
las trabas que mi desconfianza le ponía, lamiéndome la mejilla..
-¡Joder,
que arisco eres! – De un recio empujón, Pepa me apartó de su vera. Me sorprendí
con las sabanas firmemente sujetas con ambas manos manteniéndolas justo por
debajo de los ojos; unos ojos abiertos al límite de lo posible y que pedían
explicaciones sobre lo ocurrido. – ¡Es la última vez que tomo la iniciativa! –
A la vista de la situación, con Pepa cubriendo su desnudez entre aspavientos y
soltando sapos por la boca, no quedó otra: había metido la pata; sin intención,
pero la había metido.
Luis F.de Castro
miércoles, 6 de noviembre de 2013
La huída 2
Dos
horas se cumplían - más o menos-, desde que me encaramé al olmo huyendo de la
bestia. Las manos me dolían, al igual que las desolladas rodillas. Las nalgas
sobre las que me apoyaba habían perdido cualquier atisbo de sensibilidad. Allá
abajo, se adivinaban más que verse, los ojos del demonio; esos ojos a los que
la intensa oscuridad no parecían distraer de su objetivo: yo. La noche lo
arropaba todo desde hacía tiempo, y en su negrura, intenté hacerme fuerte con
un latigazo de rebeldía. Como quien cree
ser el “no-va-más” de la revolución meé desde las alturas y meé apuntando al
negro bulto con la vana intención de
humillarlo, de someter esa sólida y persistente idea que llenaba su cabeza. No
podía consentir que me merendase todo entero… y algo tuvo que llegarle porque
la brisa me devolvió, además de su suave susurro, el sonido de una rabia
contenida y no muy distante. Tras unos
minutos de inclementes gruñidos y desabridos
aspavientos, la opaca escena se fue calmando hasta el silencio total
y, a pesar de ello, nunca cruzó mi
cabeza la idea de bajar de mi otero; al menos hasta tener las cosas claras y
como la noche tornaba a fresca y la espera a tedio, decidí acomodarme en lo
posible y echar un sueño que presumía ser tan necesario como liviano. Las ramas
no eran precisamente un tálamo de lujo, pero no tardé mucho en encontrar
postura, y así, con la esperanza de que eso que me esperaba abajo desgastara su odio con el relente, hice
esfuerzos por olvidarme de ello… de momento.
Algún
pesimista dijo una vez que aquello que puede empeorar, empeorará y, aunque no
soy de esa opinión, algo de razón debía tener el susodicho por que a la hora de
despertarme, no lo hice al uso; sino de golpe y con gran susto. De hecho, lo
hice en el aire, justo antes de caer de espaldas sobre la bestia. Todos sabemos
que nada hay más egoísta que un ser doliente, si acaso otro ser más doliente y
en ese momento, pienso que el más egoísta de los dos era el monstruo que, a la
vista de cómo corría y aullaba, en el sorpresivo encuentro tuvo todas las de
perder. Mientras corría despavorido, miraba hacia atrás intentando buscar
explicación a tamaño y doloroso desasosiego y mientras, se alejaba más y más
intentando que el dolor del golpe no le alcanzase.
Luis F.de Castro
lunes, 4 de noviembre de 2013
La huída
Corriendo como un poseso, me subí al único árbol que había
en el prado. A dos metros sobre el suelo, creime fuera de peligro, pero cuan
equivocado estaba. Al mirar hacia abajo, mis ojos se centraron en los suyos que
inyectados en sangre, gritaban a los cuatro vientos las ganas que tenía de
echarme el guante y hacerme suyo. Daba saltos que le llevaban a poco
centímetros de mis pies y a cada uno de ellos arañaba la resquebrajada corteza
haciendo que multitud de trocitos le cayeran encima como si de una molesta
ducha se tratase.
Me rozó un pie y sin pensarlo, mi cuerpo trepó algo más con
la esperanza de acercarme a Dios y alejarme de la bestia.
Algunos segundos después y abrazado a una de las grandes
ramas como si quisiera hacer el amor con ella, caí en que me había desollado
las palmas de las manos y las rodillas contra la áspera corteza del chopo -con
la excitación y la angustia del momento siquiera había sentido dolor-, pero
ahora… ¡joder como escocía!
Una mirada más al motivo de mi situación y sus blancos y
amenazantes colmillos me hicieron llegar
claramente que no tenía ninguna
intención de abandonar su empeño, por lo que algo dentro de mí, dispuso mi
cuerpo a pasar mucho tiempo allí; incluso toda la noche; quizás mi mala suerte
no fuera otra cosa que un acicate para hacerme reflexionar, una manera más de obligarme a analizar todo lo que hice mal el día que así acababa…
Luis F. de Castro
jueves, 17 de octubre de 2013
La silla vacía
Queridos súbditos: Hete aquí que una de mis "lideresas" -¡menudo palabro!-, requiriome para la redacción a vuelapluma de un sentimiento. El susodicho sentimiento versa sobre la inspiración provocada por una imagen fotográfica que ella proporcionó y que incluyo a continuación de este párrafo. Tamaña empresa convenciome y como uno es de naturaleza servicial y hacendosa, púsose manos a la obra. El resultado del desmán no es otro que el que os ofrezco. Espero que no os deprima en exceso.
¡Ah! la antescitada lideresa atiende a sus admiradores por el apelativo de 12:45 pm. Original: ¡a que sí!
La silla vacía.
¡Ah! la antescitada lideresa atiende a sus admiradores por el apelativo de 12:45 pm. Original: ¡a que sí!
La silla vacía.
De fastos y boato, de derroche y
desperdicio, de estafa y usura, de cretina necedad la atmósfera me
rodea.
Sumida en guerras donde siempre gana
mi lobo estepario, no encuentro la superficie en este mar de fango;
la línea a partir de la cual regalarme una bocanada de aire
respirable.
Las sienes me atormentan palpitando al
son de la catástrofe; millones de puños oprimen un cerebro
desquiciado siempre a punto de resquebrajarse en su infinita
fragilidad. Es la ciega necesidad de terminar, dar fin una vez se
acabó el plazo. No caben prórrogas, y sin embargo... poner fecha a
la propia muerte despierta las ganas de vivir. Algún yo interno
intenta alargar la medida del tiempo, hacer que el reloj se ralentice
hasta detenerse, porque, sin querer, acabas de crear una meta de
transgresión.
Quieres, necesitas desobedecerte.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)








