No puedo contra mi razón y por más que escarbo en ella, no
consigo sacar otra cosa que tierra para sepultar la monarquía. Por doquier
aparecen contradicciones a la ética democrática que muestran que ser acreedor a
derechos exclusivos por razón de nacimiento, no deja de ser una injustificable
herencia del pasado y que, si bien en otra época pudiera haber tenido
justificación; hoy carece de ella. Esa parafernalia llena de brillos y oropeles,
tan anacrónicos en estos días de minimalismo y eficacia, no deja de ser como
un extraño e inútil grano en el culo de nuestra civilizada y democrática
sociedad: pero -como en otras muchas cosas-,
no es lo que parece.