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jueves, 25 de julio de 2013

Carta de un ciudadano temeroso

Queridos colocotrocos: Esta que os enseño la recibí ayer y, la verdad, tenga o no razón, no tiene desperdicio... ¡Pues si que está enfadado!




Carta de un ciudadano temeroso del Estado a ladronzuelos de poca monta, descuideros, esparcidores de basura, grafiteros, fittipaldis, escandalosos y sinceros a carta cabal.


     Como conciudadano vuestro que soy, comprendo que cada uno es dueño de sí y de sus excusas; y que la forma y manera en que nos desenvolvemos es producto de nuestra propia decisión y de una multitud de circunstancias. ¡Bien! También comprendo que el civismo es el resultado de una educación y que, por desgracia, no todos tienen acceso a un mínimo de ella. Llegados a este punto, y en el aspecto represor, me cuestiono la circunstancia por la cual a un servidor se le encoge el esfinter ante la posibilidad de que cualquiera le llame la atención sobre una nimiedad y, sin embargo a otros, parece motivarles. Aparte, me impresiona con la frescura y lozanía con que algunos vecinos establecen sus reales, pisando los de los demás.
     Se da la circunstancia de que transitamos por malos tiempos, y que la cosa de vivir no anda boyante; ni en asuntos de moral, ni en los de pecunio, con lo que como “a perro flaco, todo son pulgas”, nos quejamos hasta por respirar.
     Pienso, además, que mala mezcla es quejarse y dar motivos al tiempo, por que, de ahí al caos, nada y, las resultas del mismo, nunca fueron buenas para el pobre.
   Es por ello que este humilde poblador suplica que los ladronzuelos, en vez de robar, pidan; los descuideros, en vez de descuidar, se cuiden; que los grafiteros, en vez de ensuciar, pinten; que los fittipaldis, en vez de correr, se corran; los escandalosos, en vez de escandalizar, se escandalicen y los sinceros a carta cabal, se vayan a tomar por culo.


                   Este que os aprecia.

martes, 25 de junio de 2013

Carta de un español a los colocotrocos.

Esta misiva, queridos colocotrocos, encontrela bajo la puerta de mi palacio. Como quiera que va dirigida a vosotros, súbditos del reino, os la expongo a juicio.
Pobre pais, el de nuestros vecinos españoles. Temblando estoy de que nos invadan buscando el bienestar aquí omnipresente... aunque si traen tortilla de patatas, choricitos fritos y cerveza, podríamos hacerles un hueco.



Convivo, luego salgo perdiendo siempre.


Hace mucho, pero que mucho tiempo, alguien me dijo que por fecha de nacimiento me correspondía ser Libra y, por tanto, persona especialmente sensible a la injusticia, al desafuero y, en conclusión, a la arbitrariedad. Vaya por delante decir que no suelo dar pábulo a creencias de cariz esotérico y para un servidor de ustedes, el horóscopo lo es. Aceptemos como verdad que no sé si el hábito hizo al monje o el monje hizo al hábito, pero aquella lejana sentencia “se me quedó”; el caso es que por aquí y por allá, do quiera que vas, te rodean; es más: Tú mismo sueles sorprenderte, a veces, abusando maliciosamente de algún congénere para conseguir algún nimio beneficio, pero te disculpas: “Son pequeñas cosas que no van a ningún sitio”.

 Sales a la calle. El frío viento invernal no invita al paseo, más bien al trote; ¡Vamos! Que el día no es para andar esperando a que el paso de peatones se ponga en verde a juzgar por los que cruzan sin esperar su turno. Me sorprende sobremanera que son más las personas de edad avanzada las que se arriesgan. Debe ser que ya no quieren seguir cobrando la pensión… Y la vendedora del cupón tras extraer el último cigarrillo del paquete, arruga este y lo arroja al suelo un par de metros delante suya; será para que no le falte trabajo al barrendero. Sigues adelante y a tu espalda, un anónimo individuo extrae de sus pulmones algo que supongo es un escupitajo. El sonido que produce es indefinible y lo escucha todo el que esté en cien metros a la redonda. Entro en el Metro y mientras compro el billete, tres treintañeros –encorbatados ellos- se cuelan sin pagar entre risas y gorjeos. Ya dentro del vagón, una señora añosa se quejaba a otra señora más añosa aún de que “Esto ya no es lo que era”. Nadie se había levantado para dejarles asiento y cuando la novedad de la incidencia había pasado, le relacionaba los medicamentos que le había recetado Don Manuel para su familia  “…y es que es más bueno”.

Y así podríamos seguir “in saecula saeculorum” Nuestra cotidianidad está llena de estos momentos que, por abundantes, pasan desapercibidos; momentos que nuestra consciencia hace desaparecer al poco de haberlos vivido y no por ello, debemos echar en saco roto. Sus actores no son delincuentes, no son malhechores, somos nosotros mismos; son esos que cuando conjugan la oración en pasiva ponen el grito en el cielo, se rasgan las vestiduras, piden responsabilidades, les entra diarrea sin darse cuenta que a la vuelta de la esquina su perro contrae el abdomen y nos deja un recuerdo imborrable a todos; eso sí, él mirará de un lado a otro porque hoy, precisamente hoy, no tiene bolsa para recoger la boñiga.

Somos muchos, somos iguales en derechos y diferentes en formas de pensar, pero tenemos algo en común: el espacio donde vivimos y si no adecentamos nuestro sentido de respeto a las normas, mal vamos.

Los tiempos avanzan que es una barbaridad -decían nuestros abuelos-; pues hoy deberíamos cambiar lo de barbaridad por monstruosidad, aberración, absurdo o quien sabe qué. Teniendo en cuenta los que somos y los que seremos, la diferencia entre ricos y pobres, lo enfadados que están unos y otros y que –digan lo que digan- sigo pensando que EN EL MUNDO HAY MALOS DE VERDAD, o los poderes públicos  -es decir, esos que elegimos por que son más guapos y hablan mejor- empiezan a ejercer de una vez o… “a tomar por saco”

Se imaginan un planeta poblado de catorce mil millones de enfermos mentales especializados exclusivamente en sobrevivir…

Delirante.


                                               Carta a los colocotrocos.   25-12-2008