Son la vanidad, la petulancia y la
altanería atributos básicos del dictador; lo son desde la creencia propia de su
superior capacidad y la necesidad de guiar un rebaño que carece de ella.
En el mejor de los casos y en un principio,
el dictador se deja llevar por un sentido paternalista que indefectiblemente
degenera en jactancia, presunción y engreimiento; circunstancias estas que conllevan a una patológica aversión al
disidente y por ende a su hostigamiento y eliminación.

