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sábado, 27 de diciembre de 2014

El viejo tacaño.

       
       Uno, con los años, se hace escueto.
    Cada vez cuesta más mover el cuerpo y a cuenta de ello, reduce sus necesidades en razón a la posibilidad de conseguirlas.
     El tiempo te convence que pasó la hora del gallardo pavoneo, de aparentar aquello que no somos obligándote a ocultar lo que sí. Como resultado, poco a poco te sumes en una dinámica de escaqueo vital, de pasividad contemplativa y expectante que -extrañamente-, en nada tiene que ver con la vagancia o la holgazanería. Es, sencillamente, una búsqueda de la eficacia primordial, la huida de la indiscreta opulencia y el derroche. Llega el momento de preguntarse cuanto papel higiénico es necesario para eso que todos hacemos, o si para beber un sorbo necesita uno el vaso lleno hasta el borde.
     Lo mismo que nos abandona la memoria y nos aborda la torpeza, nos inunda una necesidad perentoria de ahorrar la vida y sus cosas con la ufana pretensión de usarlas en momentos más determinantes. Como si eso fuera posible... ¡pazguatos!
       Llegado el momento, nunca encuentras lo guardado.

Luis F. de Castro

lunes, 4 de agosto de 2014

Vete haciendo a la idea

     Dice un refrán “De los cuarenta para arriba,  no te mojes la barriga” y no es que tenga razón -que no la tiene-, pero avisa que algo está cambiando y  que llegando  determinada edad, esa en la que visitar hospitales y cementerios se convierte en cosa cotidiana, empieza a darnos en la nariz que “lo nuestro” no tiene marcha atrás, que no somos diferentes a los demás y el que seas tú el visitado es una sencilla cuestión de tiempo.  Llegas, al fin, a caer en la cuenta  que eres tan viejo como te ven los demás, y no tan joven como tú crees ser  y, o te resignas a ello o terminas  intentando recuperar la juventud perdida vía payasada. 

Luis F. de Castro