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miércoles, 16 de julio de 2014

Pepito el dubitativo

                                                                      Dibujo de Gianni Peg


Ya desde niño, a Pepito le podía la responsabilidad; cualquier decisión, por nimia que fuera, le pesaba cual losa de granito y víctima de este sentimiento, las decisiones que de él dependían se acumulaban a su alrededor como moscas sobre la mierda y aquellas que no admitían dilación se resolvían por suertes de azar.
Lo que empezó como pecado venial, devino en mortal de necesidad, hasta el punto que Pepito, que a pesar de su patológica e irracional indecisión, de tonto no tenía un pelo, aprendió como desviar su responsabilidad hacia otros, transformando así el pecado en virtud y el problema en ventaja. 
No tardó en llegar el punto en que sus únicas decisiones –y ya era algo- se resumían en concretar quien las tomaría por él y, por ende, se arrogaría con las negativas consecuencias de ser equivocada y como, si de acierto se tratara, volver las miradas hacia su persona para hacerse con loas y prebendas..
Pero ete aquí que con su indecisa y preclara inteligencia, diose cuenta de que poco a poco, con el tiempo, su universo se había ido poblando de individuos con la misma pazguata  pretensión y que ante esa abundancia de personalidades insignificantes resultaba muy difícil –cada día más- sacar la suya por entre ellos, porque, como si de una irrefrenable y virulenta infección se tratase, el mundo se había convertido en un inmenso pantanal de situaciones por decidir.
Tiempo llegó en que la gente moría antes de tomar una medida y claro, adelantado en esas lides como estaba, Pepito, por fin, tomo la iniciativa y decidió ocupar ese puesto vacante: Se convirtió como por arte de magia en el tipo que todo lo decidía.

A partir de ese momento nadie pudo objetarle nada, porque hasta para hacerle ver sus equivocaciones era necesaria una iniciativa que salvo en él, se había extinguido y que, para colmo, siquiera consideraban necesaria, por lo que Pepito, el dubitativo, dejó de serlo en beneficio irrefutable de todos sus conciudadanos.

Luis de Castro

lunes, 11 de noviembre de 2013

La huída 3



Analizando, concluí que la situación de trágica transformose en cómica. Mi caída del árbol había sido al tiempo arma y accidente. Todavía escuchaba en lontananza los quejicosos sonidos del monstruo a alejarse, cuando recalé en que el amanecer  tomaba posesión del lugar y mi necesidad de volver a casa se me planteó como acuciante. La espalda me dolía, pero pensar que la del huido estaría destrozada,  aliviaba mi conciencia sobremanera, así es que, con los renovados bríos del vencedor, me dispuse a ello.
Intentaba no pringarme demasiado con el barro que se ocultaba bajo la hierba y mientras ocupaba toda mi atención en ello, observé como, a lo lejos, el bicho se había recuperado y aparecía tras una loma corriendo desmelenado. Evidentemente rehecho, volvía a la carga contra mi persona. De golpe se hundieron moral de victoria y posibilidades de futuro… ¡Muerto soy! –pensé- y caído en una desazón repentina, dejé que mis pies se hundieran, me agaché en cuclillas y, pasándome los brazos alrededor de la cabeza, deje que el mundo hiciera de mí su real gana.
No pasó mucho tiempo desde mi decisión hasta el desenlace, ya que, no bien me había hecho del todo a la idea de que mi fin era cosa de poco, cuando noté un intenso cosquilleo en la oreja. Alzando el rostro, comprobé como la lengua del demonio intentaba minar mi temor y atraerme hacia sí. Desconfiado, busqué su mirada amarilla. El principio y el fin de aquella incomprensible actitud debían estar allí. Toda la furia pasada, todo ese odio contenido había desaparecido y como si hubiera perdido esa pesada carga durante la carrera, luchaba por deshacer las trabas que mi desconfianza le ponía, lamiéndome la mejilla..
-¡Joder, que arisco eres! – De un recio empujón, Pepa me apartó de su vera. Me sorprendí con las sabanas firmemente sujetas con ambas manos manteniéndolas justo por debajo de los ojos; unos ojos abiertos al límite de lo posible y que pedían explicaciones sobre lo ocurrido. – ¡Es la última vez que tomo la iniciativa! – A la vista de la situación, con Pepa cubriendo su desnudez entre aspavientos y soltando sapos por la boca, no quedó otra: había metido la pata; sin intención, pero la había metido.


                        Luis F.de Castro

miércoles, 6 de noviembre de 2013

La huída 2


Dos horas se cumplían - más o menos-, desde que me encaramé al olmo huyendo de la bestia. Las manos me dolían, al igual que las desolladas rodillas. Las nalgas sobre las que me apoyaba habían perdido cualquier atisbo de sensibilidad. Allá abajo, se adivinaban más que verse, los ojos del demonio; esos ojos a los que la intensa oscuridad no parecían distraer de su objetivo: yo. La noche lo arropaba todo desde hacía tiempo, y en su negrura, intenté hacerme fuerte con un latigazo de rebeldía.  Como quien cree ser el “no-va-más” de la revolución meé desde las alturas y meé apuntando al negro  bulto con la vana intención de humillarlo, de someter esa sólida y persistente idea que llenaba su cabeza. No podía consentir que me merendase todo entero… y algo tuvo que llegarle porque la brisa me devolvió, además de su suave susurro, el sonido de una rabia contenida y no muy distante.  Tras unos minutos de inclementes gruñidos y desabridos  aspavientos, la opaca escena se fue calmando hasta el silencio total y,  a pesar de ello, nunca cruzó mi cabeza la idea de bajar de mi otero; al menos hasta tener las cosas claras y como la noche tornaba a fresca y la espera a tedio, decidí acomodarme en lo posible y echar un sueño que presumía ser tan necesario como liviano. Las ramas no eran precisamente un tálamo de lujo, pero no tardé mucho en encontrar postura, y así, con la esperanza de que eso que me esperaba abajo  desgastara su odio con el relente, hice esfuerzos por olvidarme de ello… de momento.
Algún pesimista dijo una vez que aquello que puede empeorar, empeorará y, aunque no soy de esa opinión, algo de razón debía tener el susodicho por que a la hora de despertarme, no lo hice al uso; sino de golpe y con gran susto. De hecho, lo hice en el aire, justo antes de caer de espaldas sobre la bestia. Todos sabemos que nada hay más egoísta que un ser doliente, si acaso otro ser más doliente y en ese momento, pienso que el más egoísta de los dos era el monstruo que, a la vista de cómo corría y aullaba, en el sorpresivo encuentro tuvo todas las de perder. Mientras corría despavorido, miraba hacia atrás intentando buscar explicación a tamaño y doloroso desasosiego y mientras, se alejaba más y más intentando que el dolor del golpe no le alcanzase.


                        Luis F.de Castro

lunes, 4 de noviembre de 2013

La huída



Corriendo como un poseso, me subí al único árbol que había en el prado. A dos metros sobre el suelo, creime fuera de peligro, pero cuan equivocado estaba. Al mirar hacia abajo, mis ojos se centraron en los suyos que inyectados en sangre, gritaban a los cuatro vientos las ganas que tenía de echarme el guante y hacerme suyo. Daba saltos que le llevaban a poco centímetros de mis pies y a cada uno de ellos arañaba la resquebrajada corteza haciendo que multitud de trocitos le cayeran encima como si de una molesta ducha se tratase.
Me rozó un pie y sin pensarlo, mi cuerpo trepó algo más con la esperanza de acercarme a Dios y alejarme de la bestia.
Algunos segundos después y abrazado a una de las grandes ramas como si quisiera hacer el amor con ella, caí en que me había desollado las palmas de las manos y las rodillas contra la áspera corteza del chopo -con la excitación y la angustia del momento siquiera había sentido dolor-, pero ahora… ¡joder como escocía!
Una mirada más al motivo de mi situación y sus blancos y amenazantes colmillos  me hicieron llegar claramente que no tenía  ninguna intención de abandonar su empeño, por lo que algo dentro de mí, dispuso mi cuerpo a pasar mucho tiempo allí; incluso toda la noche; quizás mi mala suerte no fuera otra cosa que un acicate para hacerme reflexionar, una manera más de obligarme a analizar todo lo que hice mal el día que así acababa…

Luis F. de Castro

jueves, 17 de octubre de 2013

La silla vacía

   
     Queridos súbditos: Hete aquí que una de mis "lideresas" -¡menudo palabro!-, requiriome para la redacción a vuelapluma de un sentimiento. El susodicho sentimiento versa sobre la inspiración provocada por una imagen fotográfica que ella proporcionó y que incluyo a continuación de este párrafo. Tamaña empresa convenciome y como uno es de naturaleza servicial y hacendosa, púsose manos a la obra. El resultado del desmán no es otro que el que os ofrezco. Espero que no os deprima en exceso.
     ¡Ah! la antescitada lideresa atiende a sus admiradores por el apelativo de 12:45 pm. Original: ¡a que sí!




                           La silla vacía.

    De fastos y boato, de derroche y desperdicio, de estafa y usura, de cretina necedad la atmósfera me rodea.
    Sumida en guerras donde siempre gana mi lobo estepario, no encuentro la superficie en este mar de fango; la línea a partir de la cual regalarme una bocanada de aire respirable.
    Las sienes me atormentan palpitando al son de la catástrofe; millones de puños oprimen un cerebro desquiciado siempre a punto de resquebrajarse en su infinita fragilidad. Es la ciega necesidad de terminar, dar fin una vez se acabó el plazo. No caben prórrogas, y sin embargo... poner fecha a la propia muerte despierta las ganas de vivir. Algún yo interno intenta alargar la medida del tiempo, hacer que el reloj se ralentice hasta detenerse, porque, sin querer, acabas de crear una meta de transgresión.
     Quieres, necesitas desobedecerte.