miércoles, 11 de septiembre de 2013

Crónicas ganimedianas -016- Yo solo sé que no sé nada.



Ganímedes, 10 de junio de 2.808

    No le queda otra a nuestro hombre que cazar al vuelo la pierna díscola que golpea el dichoso sensor. Cuando por fin lo consigue, la descuajada figura de Goda se detiene en extraña postura y anómala quietud; a Agfo este silencio se le antoja como el que precede al desastre y con expresión anhelante, busca desesperado cualquier indicio que le anuncie un esperanzador ataque cardíaco o un colapso de los de imposible recuperación... pero no. Goda abre los ojillos y apartando como puede el descolocado pelucón que casi le cubre la cara por completo, se le ocurre preguntar: -¿Ha pasado algo? -Será estúpida, piensa Agfo-, pues claro que ha pasado, que casi nos atomizas contra un anillo. Tan desenfrenada ha sido la actividad que la porción de patatas que les regalaron con el pase aparece estratégicamente repartido por todos y cada uno de los asépticos rincones de la espaciera.


    Cuando tras dos horas de silencioso paseo, el vehículo atraca en el espaciopuerto, ambos tiene que sufrir las cómplices risitas que se lanzan entre sí los empleados y, lo que es peor: hasta los plasmones parecen jactarse de la extraña pareja. Esto, a Agfo le solivianta sobremanera.
    -¿Pasa algo? -Sacando pecho y como si le embistiera con él, se encara con uno de ellos que parece estar más sonriente que lo que tienen programado.
    -Nada, señor, que tenga usted un buen ciclo. -y dejándole allí, con todas las ganas de pelea del universo y el cuello lleno de venas como morcillas, el plasmón se retira con levitada suavidad. 
      -¡Será hijo p... !
    -Vamos, cariño, que esta gente tiene cosas que hacer. -Goda tira de su brazo con evidente disgusto. No se ha colocado bien el pelucón rosa y un tiznajo de carmín se le extiende por la mejilla, además, una de las patatas fritas ha escogido su pecho izquierdo para alojarse por dentro de la gorepiel.
    De camino a Kara Van Chel, el silencio se adueña de nuevo de la pareja. Agfo tiene conciencia de estar ante un extraordinario record: nunca antes, Goda se mantuvo tanto tiempo callada. La situación es anómala, antinatura la calificaría el hombre que por más que se devana los sesos no sabe en qué desembocará. De pronto, Goda rompe a llorar. Su llanto, que en un principio es como retraído y quejumbroso, se va expandiendo para terminar siendo escandaloso, decorazonador, sazonado de gritos desgarradores que asuntan tanto a Agfo que capaz sería de saltar fuera de la espaciera. Con la boca enormemente abierta, Goda parece intentar comunicarse a berridos con los habitantes de la lejana Tierra y nuestro hombre se arrincona a un lado pensando en librarse de la muerte si a la mujer le diera por reventar.
    -¡Pero que te pasa! ¿A que viene esto? -Pregunta sin esperar respuesta. Llevado por un “nadie sabe qué” se arrima a la mujer y le pasa un brazo por encima de los hombros como artificioso ademán. No es que le embargue la pena, sino que tiene la necesidad de callar al monstruo, por lo que hace de tripas corazón. -Venga, dime que te pasa... seguro que no es nada, venga. -Poco a poco la intensidad del llanto disminuye y Goda gira la cara para mirarle. Entre los chorretones que caen en cascada de sus ojillos, el carmín escapista y el pelucón travieso, conforman un cuadro que a Agfo recuerda los de Picasso, el antiguo pintor terráqueo.
     -A mi nadie me quiere y yo me voy a morir... -Lo suelta como una letanía mil veces recitada, al tiempo que el llanto brota de nuevo con renovada potencia y con el agravante de proximidad. Agfo, que está a punto de desfallecer y arrojarse -ahora sí- al espacio exterior, quema sus últimos cartuchos...
     -Que sí, que si ¿Cómo no te va a querer nadie, mujer? Venga no llores más. -Agfo comete la temeraria imprudencia de pasarle la mano por el pelucón a modo de caricia. La plañidera abandona de golpe la llantina y le atraviesa con la mirada...
    -Y tú me quieres... ¡Dime que me quieres, dímelo! -Goda se ha abalanzado sobre nuestro descuidado protagonista y lo acorrala contra la barrera iónica de la espaciera -¡Dímelo, por Dior, dímelo! ¡Por que si no me quieres me desconecto, me suicido, me eutanasio...! ¡Que me lo digas! -Agfo es víctima del pánico. Ahora en su cabeza, sólo le ronda el “porqué tiene que pasarme esto a mí”. Con los ojos desorbitados, no tiene donde esconderse o escapar. Tan encima tiene a la mujer que la patata que se alojara en su pecho, casi no se nota, de espachurrada que está.
    -¡Que sí, que yo te quiero! ¡No te iba a querer, mujer...! -Se le escapa sin querer y el rostro de Goda cambia junto a sus violentos estertores. Una sonrisa de felicidad aflora tan de golpe que los dientes deslumbran el impoluto interior de la espaciera.
-¡Qué feliz me haces, cariño, qué feliz! -Goda le mira intensamente durante unos segundos que a AGFO le parecen milenios, tras los cuales se acomoda de nuevo en el susiento. Con cierta precipitación, se arregla la indumentaria por encima y con una arrebolada expresión, le dispara:
-¡Hagamos de nuevo el amor, hagámoslo!
(Continuará...)


Luis F. de Castro.

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