martes, 24 de diciembre de 2013

Sobre el ánimo y el desánimo.



         Hoy, con ser el día que comparte la Nochebuena con mañana, no deja de ser otra jornada más. Ocurra lo que ocurra, pase lo que pase, un día tras otro, nuestros aconteceres sólo son parte de una dinámica universal de la que, queramos o no, formamos parte. El mundo gira, las cosas caen, la vida nace y muere a un tiempo, pero sólo nosotros, los que conformamos este nutrido grupo de aldeanos, somos depositarios de un gran tesoro: los sentimientos. Carne pensante y doliente para unos, monótona y fugaz para otros, pero viva y libre al fin; porque en nuestra mano está la elección; hacer de la pena, alegría, del tedio, pasión, y de la muerte, horizonte. Sentir el tiempo pasar sobre nosotros y sentirlo como si de una suave brisa se tratase que trayéndose viandas, se llevase al olvido lo doloroso del pasado.
       Hace unos días murió Arturo, hoy Antonio; ambos eran esposos, padres y abuelos, y ambos de la misma amplia y, para mí, querida familia. Los dos sufrieron más de lo que debían, pero se fueron con la tranquila parsimonia del que nada deja que temer a su espalda; ambos dejaron su amable y bondadosa impronta en todo lo que alguna vez los rodeó. Hoy quedan dos casillas vacías en el registro de la buena gente que ha sido, dos casillas que volverán a ocuparse, como siempre ha ocurrido y seguirá ocurriendo; pero que en su familia y en aquellos que los conocimos dejarán la remembranza de dos personas que dejaron mucho más de lo que se han llevado.
      Si por un momento supiéramos como enlazar, si hubiera alguna forma de intercambiar y compartir sentimientos y sensaciones sin contaminarlos con la distancia y el egoísmo, me gustaría que fuera este. Abrir la espita y dejar pasar la pena de la despedida y la alegría del renacimiento, elevar nuestro espíritu sobre el miedo y el desánimo cubriéndolos con un manto de expectante bienvenida.
        … Porque, como decía la canción, hoy puede ser un gran día; el día en el que Arturo y Antonio caminan juntos contándose chistes y fumándose ese cigarrillo que ya no podrá hacerles daño; lo hacen por el prado donde la hierba nunca se agosta y el aire siempre es fresco, donde el dolor no existe y no hace frío; sonríen satisfechos porque saben del amor y la bondad que dejan tras sí.
     
A la memoria de dos grandes tipos: Antonio y Arturo.



Luis F. de Castro.

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