martes, 13 de agosto de 2013

Crónicas ganimedianas -012- Todo lo que puede empeorar, empeora.



Ganímedes, 2 de junio de 2.808 (Un poco más tarde)

          Desde que entró en la polizotería, a AGFO no han dejado de sucederle cosas extrañas: primero la aparición de ese querubín de mujer, después la noticia de que su binaria pudiera ser un asesina en serie y, por último, que el cuerpo de polizotes precise de él para desenmascarar a la huesuda... ¿qué más le puede pasar hoy? La inspectora espera su respuesta cruzando y descruzando las piernas sin solución de continuidad y a AGFO, el movimiento se le antoja hipnótico. A cada uno de ellos, la ajustada gorepiel le marca unos pliegues en la entrepierna que le están obligando a sudar profusamente.
         -Y digo yo -se atreve a preguntar nuestro hombre- Si ya sospechaban desde hace tiempo, ¿por qué me la adjudican como binaria ahora? -AGFO, mientras lo dice, hace verdaderos esfuerzos por arrancar su mirada de determinadas partes de la mujer y mantenerla en sus ojos.
         -Me permito recordarle, señor AGFO, que no es así el asunto. -FITA, la inspectora, se acomoda más, si cabe y expulsa una bocanada de humo como quien sopla velas de cumpleaños- Es a ella a quien le fue adjudicado usted como binario ¿me entiende?, y además, fue ella la que eligió irse a vivir a su apartamento... -se toma su tiempo de nuevo haciendo ondear su larguísima melena- Es por eso por lo que pensamos que le eligió como siguiente víctima. -AGFO traga saliva y el sudor de su frente toma camino del bigote.
           -¿Y qué se supone que debo hacer, dejar que me asesine todo?
          -¡No, hombre no! Con que se deje llevar y nos mantenga informados, vale. Aún así... -La inspectora le regala otro ostentoso desplazamiento de piernas y AGFO opta por abandonar su vista al espectáculo- aun así, digo, su binaria ha solicitado los servicios de una peluconera a domicilio y yo, aprovechando que ejercí en tiempos ese oficio, me presentaré como tal todos los días, con lo que me tendrá de apoyo; por cierto… le va a salir por un pico…
         Cuando sale de la polizotería, AGFO se comprueba invadido por sensaciones contradictorias: la agradable incomodidad por la presencia de esa pedazo de mujer y el miedo por la posibilidad de tener en casa una destripabinarios de la peor calaña. Quien le iba a decir que las especulaciones, habladurías y cotilleos que llegaban a sus oídos sobre su otrora suegra y hoy binaria, no sólo eran verdad, sino que, además, se quedaban cortas.
Durante el corto camino de regreso, algo líquido se remueve en su interior y suena.
Llegado a casa, no bien ha recogido la espaciera, GODA le sorprende por la espalda con un “¡Ay mi chico que me lo voy a comer!” y le echa mano al “paquete” con ansia desmedida haciendo retomar a AGFO la senda del sudor frio.
-Ahora mismo, mi amorcito va a almorzar y luego una siesta reparadora. –Al tiempo, GODA se restriega contra él pasándole los brazos alrededor del cuello. AGFO sospecha que salir corriendo no parece una opción acertada, pero su más ancestral instinto le obliga a resistirse tirando en dirección contraria. Su expresión es de terror contenido y algo tiene que percibir la mujer, porque le suelta poco a poco. –Sí, venga, repón fuerzas, que la mina es dura y desgasta… -Le ha dejado marcado el carrillo con una mezcla de maquillaje y pintalabios. Cuando consigue zafarse, se refugia en el sanidario y, con más prisa de la que quisiera se sienta en el quetecagas con el tiempo justo para no hacérselo encima. AGFO, ante la naturaleza de lo que sale de su interior, piensa que se está deshaciendo por dentro y eso que se escapa no es más que un batido de órganos internos. No menos de media hora tarda en decidirse a salir y lo hace lívido cual calamar desollado. La considerable descarga le ha dejado exhausto y su cara refleja el estado de ánimo. En su interior, no se explica el notable número de cambios metabólicos que el miedo ha obrado. Allí sólo y abandonado por todos se siente desamparado ante ese monstruo lascivo y coqueto que –y ahora está seguro- se lo va a merendar sin guarnición ni nada. El hombre, derrotado, se deja caer en el susiento a tiempo para comprobar cómo GODA, con ese meneo que tienen las cursis al caminar, se dirige hacia él con dos capsulitas en la mano. -¡Ahora sí que llegó mi hora! –piensa AGFO más cerca de la resignación que de otro sitio.
-¡Que mala cara tienes, cariñín! –El rostro de GODA cuando dice esto es de sincera preocupación -Tómate esto y verás cómo te lleva al cielo… -AGFO da un respingo y a la carrera se mete de nuevo en el sanidario.
                  (Continuará...)


                                                                                                      Aldade.

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